Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tres Niños, un Pastel
Eduardo García Gaspar
22 abril 2010
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Eran tres niños, de unos seis años cada uno. Estaban dividiendo un pastel pequeño y fue curioso cómo lo resolvieron. Realmente tenían una idea muy clara de que cada uno debía recibir una parte igual. “Es justo”, dijo uno de ellos, usando una palabra que da la impresión de estar inscrita en nuestras mentes desde muy pequeños.

Partieron el pastelito ellos mismos y cada uno tomó su parte no sin un examen un tanto cómico del tamaño.

Escenas cotidianas como ésa nos presentan oportunidades de pensamiento. Por supuesto, un bebé no tiene esa idea de justicia en el reparto de un pastel, pero no tarda muchos años en desarrollar ideas que tienen que ver con el “deber ser” y con cosas que son mejores que otras. Ideas que, insisto, dan la fuerte impresión de tenerlas en nuestro interior.

Da toda la apariencia de que esas nociones están imbuidas en nosotros, o mejor dicho, estamos preparados para reconocerlas. Es como una especie de conciencia integrada a nosotros mismos y que está muy bien ilustrada en otra situación infantil: distinguir entre verdad y mentira.

El niño que pinta una pared y al ser interrogado por su padre dice que él no fue, es un caso fenomenal de esa idea que tenemos innata: distinguir entre cosas falsas y cosas verdaderas. Mi punto es simple. Quiero ir en contra de la moda intelectual que dice que la conciencia es un producto de las circunstancias del individuo, una de tantas aseveraciones sin sentido en nuestros tiempos.

No lo creo. Pienso que sí tenemos de manera innata una cierta habilidad para entender conceptos que establecen que algo debe o no ser. La cultura que nos rodea sin duda nos afecta e influye, pero antes dentro de nosotros tenemos esa capacidad de reconocer lo bueno y a lo malo. Solemos llamarle conciencia.

Quiero ir en contra de otra tendencia intelectual, la que dice que somos una casualidad sin sentido que se tiene dentro de un desarrollo natural que no tiene propósito. Pero si nuestra vida carece de sentido y no tiene propósito, no encuentro explicación a nuestra habilidad innata para reconocer cosas que deben ser y cosas que no deben ser.

Un tipo que realmente cree que la vida humana es un mero accidente sin sentido, por necesidad lógica debe concluir que nada vale la pena, nada. Si hay pobreza, que la haya. Si hay enfermedades, que las haya. Si hay genocidios, que los haya. Todo vale un comino, según él. Y, peor aún, si no hay sentido en la vida y tenemos conciencia, ella debe ser extirpada porque nos engaña.

Nos engaña porque nos hace creer, en su opinión, que lo que no tiene sentido en realidad sí lo tiene. El modo de pensar de este tipo es falaz porque está diciendo que la única idea que vale la pena es la de decir que nada vale la pena. Si la vida no tiene sentido y es un mero accidente, ni siquiera tiene sentido decir que la vida no lo tiene.

Los tres niños que partieron el pequeño pastel en partes iguales, con las manos y embarrándose hasta la cara, fueron entretenidos. Pero también ponen a cualquiera a pensar. Más sabían estos niños del sentido de la vida que el tipo que en su edad madura dice que somos un accidente biológico.

¿Cómo puede ser un accidente biológico alguien que reconoce que hay cosas mejores que otras, y que hay cosas que deben y que no deben hacerse? Un ser con conciencia no puede tener una vida sin propósito ni sentido. El sentido se lo da su conciencia, así sea en la situación de comprender el justo reparto de un pastel.

Porque esos niños tenían dentro de sí una idea de igualdad. Los tres merecían lo mismo y tuvieron la capacidad de comprenderlo. Intente usted dejar dos perros solos con un pastel esperando que ellos comprendan la idea de partirlo por la mitad. Creo sinceramente que somos criaturas muy especiales.

Esa habilidad para reconocer cosas que deben ser, no es natural y esencial, por lo que suprimirla es igual a negar parte de nuestra naturaleza. Suponga usted un golfista famoso que tiene affairs por fuera del matrimonio y los oculta. El mero hecho de ocultarlos habla de que entiende eso como un “no debe ser”. Igual que el niño que niega haber roto una ventana.

Mi creencia es que los esfuerzos por aplacar la conciencia son esfuerzos que van en contra de nuestra misma naturaleza, que nos niegan nuestra realidad. Creer que nuestra conciencia no tiene propósito o creer que lo que dice nuestra conciencia es una enfermedad, es quizá la más terrible amenaza que nos podemos hacer. Negarnos a nosotros mismos no es gratuito, tiene consecuencias.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


No hay comentarios en “Tres Niños, un Pastel”
  1. José Luís Samper Dijo:

    La teoría de la ideas de Platón, las ideas "innatas" de Descartes,etc. apuntan en esa dirección. Precisamente uno de los motores de la dinámica social es esa conciencia del "debe ser" que todos tenemos, aunque oscurecida por el pecado.





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