Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Triste Opinión Propia
Eduardo García Gaspar
10 agosto 2010
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


En raras ocasiones la televisión provee material que hace pensar en asuntos de consecuencias. Y en esas pocas oportunidades, da lástima que la televisión sólo pueda tratar el tema de manera superficial (el tiempo es corto y las imágenes superan al contenido). Una de esas ocasiones la presentó un capítulo de Dr. House.

Sólo apunto que la paciente tratada era la esposa en un matrimonio un tanto especial, lo suficiente como para llamar la atención de los protagonistas. Era un matrimonio “abierto”, es decir, uno en el que esposo y esposa tienen permiso mutuo de sostener relaciones sexuales con otros. Sin limitación alguna.

Cuando la esposa cae enferma está con uno de sus amantes, a quien pide que llame a su marido, que es a quien realmente ama. De hecho dice ella amarlo, lo mismo que a la hija. Le interesa su hogar, pero cree que su vida es más feliz con sexo por fuera de su casa. Y dice algo como: los affairs por fuera me dan el diez por ciento de felicidad personal que me falta, el noventa restante lo encuentro en mi familia.

El argumento trata un caso de una idea sobre la naturaleza humana, una definición de lo que somos y por eso, resulta realmente interesante. Es la idea de que el ser humano es un agrupamiento o colección de algo que podemos llamar pasiones, querencias, o arrebatos. Si eso somos, resulta lógico que la felicidad sea definida como el monto en el que esos delirios son satisfechos.

Es el caso del capítulo de House que menciono. La esposa se entiende a sí misma como un amasijo de apetitos que debe satisfacer. Toda su vida es dedicada a eso y si el matrimonio le provee con el noventa por ciento de su satisfacción, el problema es simple: buscar fuera del matrimonio el diez por ciento que falta con amantes que el marido autoriza porque también se entiende igual.

Viene ahora la pregunta obligada y plantear si en verdad somos los seres humanos una colección de arrebatos en busca de ser satisfechos sin otro principio que ése. La pregunta es obligada y una de las más importantes que nos podemos plantear. De su respuesta depende nuestra vida entera, lo que pensemos y hagamos.

Por mi parte, rechazo con fuerza esa concepción del ser humano, que tiene mucho de triste y patética. Estoy seguro de que existen fuertes razones filosóficas para rechazarla, pero sólo quiero poner atención en una. La que muestra esa amargura inherente en la baja opinión de sí mismo. Si me veo como esa colección de pasiones, poco me diferencio del resto de los animales. Realmente muy poco.

Mis únicas preocupaciones serían las satisfacciones inmediatas a toda costa: comer, beber, tener sexo, comprar, presumir, satisfacciones de corto plazo que poca grandeza pueden tener. Tendría que olvidarme de otros logros y de las luchas y esfuerzos para alcanzarlos. ¿Qué colección de pasiones puede entender la maravilla de una catedral gótica, o la grandeza de una pintura de Velázquez?

Porque si en efecto el ser humano es una acopio de pasiones por satisfacer, ¿qué otra cosa puede pedírsele a Cervantes o a Einstein que abandonen sus metas y hagan el bien sentándose en una mesa para una gran comilona o meterse en una cama tantas veces como quieran?

Es una posibilidad amarga, penosa. ¿Para qué leer esto si la felicidad está entre las sábanas o encima de manteles o dentro de vasos y copas?

Pero si dejamos de lado esa concepción desconsolada del ser humano, lo separamos de los animales y lo consideramos capaz de grandes logros, de avances, de luchas, sacrificios y esfuerzos, la tristeza se torna alegría. La que produce el sabernos capaces de grandes cosas y separarnos de la araña que jamás ha tejido una tela estilo clásico.

Por supuesto, muchas veces las pasiones nos perderán, cometeremos excesos, sucumbiremos a apetitos, pero al menos sabremos que somos capaces de mucho más que eso. Es otra manera de vernos: sí, los delirios y los placeres inmediatos nos llaman y en ellos caemos, pero no son nuestro fin. Estamos llamados y tenemos capacidades para cosas mejores.

No sé usted, pero ese matrimonio abierto en tal programa causaba tristeza. Ambos se veían a sí mismos como seres incapaces, débiles, esclavos de su biología. Es bueno saber que existe otra visión del ser humana, que piensa mejor de nosotros y lo que podemos hacer. Una visión alegre.

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