Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Estudiante se Divierte
Eduardo García Gaspar
23 julio 2010
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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El estudiante en cuestión, no había duda, consideraba un placer el acudir a fiestas y ocupar en ellas también el tiempo que debía dedicar al estudio. Un caso de muchos. Su gozo radicaba en la fiesta y la diversión, no en el estudio para el que mostraba seria aversión. Estudiar le representaba un pesar.

¿Podemos concluir que ese estudiante hace bien? No creo que nadie en su sano juicio se atreva a decirlo. Claramente hace mal. Sí, el estudiar es para él una aflicción y la diversión, una alegría. Pero aún así, hay algo dentro de nosotros que nos dice que es preferible el estudio que su descuido en aras de la diversión.

El caso es una de las muchas instancias cotidianas que nos pueden pasar inadvertidas como oportunidad de sacar alguna lección de ellas. Y es, sin embargo, un caso de gran valor para obtener buenas conclusiones de mero sentido común… que es lo que hago en lo que sigue.

Si nos definimos como criaturas cuya felicidad depende de los placeres y las satisfacciones que gocemos, no hay duda de que tendremos que aceptar que ese estudiante ha tomado una buena decisión y que la ignorancia que busca es admirable. Para un estudiante aplicado, en cambio, tendremos que aceptar la conclusión contraria: para él, la ignorancia es indeseable y el gusto se encuentra en el estudio.

No es una posición congruente la que admira al mismo tiempo y en el mismo nivel a la ignorancia de un estuudiante y al saber en el otro estudiante. Por mera intuición, sin que nadie nos lo diga, reconocemos que el saber es mejor y muy superior a la ignorancia. El problema radica en la definición que hemos hecho de nosotros mismos como seres cuya felicidad depende de los placeres.

Pero si cambiamos esa definición a una que nos haga criaturas cuya felicidad depende del cumplimiento de deberes, el problema se remedia. Reprobaremos al estudiante que no cumple con su labor de estudio y alabaremos al que sí estudia. Y esto es lo que me lleva al punto central de esta columna.

Creo que el placer no está reñido con el deber. No son cosas opuestas. Un ejemplo: es obvio que tenemos el deber de cuidar nuestra existencia y mantenernos vivos, lo que nos obliga entre otras cosas a comer. Comer es un deber, igual que beber. Pero no sólo son un deber. Es obvio que encontramos placer en el comer y beber, un placer que no es en nada reprobable.

Pero ese placer es la consecuencia del cumplimiento de un deber, el de comer y beber para vivir. El objetivo es vivir con salud y una consecuencia es el placer. Pero si cambiamos los planos y hacemos del placer de comer y beber el objetivo, las cosas cambian y mucho. El buscar sólo placer estomacal lleva a problemas como obesidad, por ejemplo, cuando le quitamos el componente del deber.

Igual con el beber. Naturalmente necesitamos líquidos para mantenernos con vida. E incluso, no cae nada mal tomar un tequila antes de comer. Son placeres, pero ese placer no puede ser la razón central y principal de nuestro beber. Cuando lo es, comienzan los excesos reprobables porque el deber pasa a segundo término.

Esto mismo aplica al sexo. Es obvio que para vivir, el ser humano debe realizar ciertas acciones que multiplican a los seres humanos. Y, lo mejor, es que esas acciones son placenteras, aunque el placer en sí mismo no constituya su razón de ser. El objetivo del sexo es procrear. Pero si el objetivo del sexo es sólo el placer, como en el resto de los casos, las cosas cambian y comienzan las malas consecuencias (como hijos fuera del matrimonio).

Creo que el punto es claro ya. Nuestra naturaleza humana nos impone deberes acordes con ella y cumplir con ellos produce placer. No hay oposición natural entre el deber y el placer, cuando lo que se busca es el deber. Pero cuando lo que se busca es sólo el placer, comienzan los excesos y se renuncia al deber.

Creo que la clave del caso del estudiante fiestero está en educarlo de manera que entienda que el cumplir deberes produce el placer de sentirse bien con su misma naturaleza. Que su felicidad se logra cumpliendo deberes. Y que si invierte el camino, descuidando deberes y buscando sólo placeres, terminará saciado de todo y satisfecho de nada.

Al final, me declaro en contra de la mentalidad que opone el deber al placer. Mi punto es que cumplir con deberes naturales humanos es causa de alegría, deleite y júbilo, mucho más profundos y duraderos que los de personas dedicadas a la búsqueda de placeres incongruentes con su naturaleza.

Post Scriptum

Esa mentalidad que considera que los deberes son contrarios al placer es ilógica y no tiene comprobación práctica. Establecería que todo cumplimiento de un deber, como el estudiar, sería un tormento sin satisfacción posible alguna y que, por tanto, el saber carece de sentido en sí mismo (y tampoco tendría una utilidad práctica). Esa mentalidad afirma que, por ejemplo, realizar un deber como un acto de caridad, sería indeseable y contrario a la felicidad personal. No tiene sentido.

Finalmente, el caso del estudiante, que es muy común, es un buen ejemplo de la cantidad de situaciones que se ven todos los días y que representan una oportunidad para profundizar en ellas siquiera un poco, yendo más allá de lo usual. Este caso permite ver dos componentes de nuestra conducta, el deber y el placer, y que pueden tenerse ambos simultáneamente. Cuando se retira el componente del deber y sólo queda el del placer, nuestra conducta comienza a tener problemas y efectps negativos. La clave está en una educación que ayude a descubrir el placer que se obtiene al cumplir con los deberes que impone nuestra naturaleza.


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