Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Pulga, un Buey
Eduardo García Gaspar
8 marzo 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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La historia comienza en el establo de una granja, de esto hace muchos años. Por la tarde, después de la jornada de trabajo, conversaban un buey y una pulga. Hablaban de muchas cosas. Pero sucedió que en un momento dado, la pulga se puso muy seria.

Vio con ojos penetrantes al buey y le espetó un duro comentario. Le dijo, “Eres tú una bestia grande, fuerte, poderosa y, sin embargo, te sometes al servicio y a las órdenes de los humanos, que son menos fuertes y más pequeños, a pesar de lo que te mantienen trabajando todo el día”. El buey miró con ojos inexpresivos a la pulga y no habló.

La pulga, que era de naturaleza inquieta, continuó, “En cambio, mírame a mí, un animal pequeño, sin fuerzas, pero que a pesar de eso, se alimenta sin piedad de la carne y la sangre de quienes a ti te tienen sometido”. Y acabando de decir esto, la pulga se cruzó de brazos, adoptando una pose que ilustraba la superioridad que ella sentía merecer.

El buey volvió a mirar a la pulga. Luego volteó los ojos al cielo y con una gran calma dijo, “Por mi parte, siendo un animal que valora la prudencia, no deseo parecer un animal desagradecido, al contrario. Si bien trabajo todo el día, mis amos me tratan con cuidado y no me falta alimento alguno. Tampoco falta al final de día que mis amos al meterme en el establo me den unos golpecitos en el lomo, con cariño”.

“¡Uy, santo cielo! —exclamó la pulga— “esos golpecitos que tú recibes con gratitud, son lo que yo más temo. Tú los recibes con agradecimiento, en cambio yo, si llegara a recibir uno sólo de ellos, sería suficiente como para destruirme”.

Esopo, de quien es la fábula, no escribe moraleja alguna al término de la historia (al menos en la edición que tengo). Cada uno de los lectores está en libertad de pensar en la lección que crea que la historia trata de ilustrar. Por mi parte, esos dos animales me recuerdan mucho los rasgos de dos personas a la que conocí.

Una de ellas era la pulga: vivaracha, incansable, siempre en movimiento y con la boca muy suelta. Era capaz de decir las mayores barbaridades si ello le permitía erigirse en una posición de superioridad con respecto al resto. Presumía de ingeniosa, en ese sentido oscuro que tanto se acerca a la inmoralidad y que no considera el daño que puede causar en terceros.

La otra era claramente el buey. Un tipo grande, de apariencia bonachona y una voz grave que pocas veces se escuchaba. Cuando hablaba lo hacía midiendo sus palabras. Sus decisiones eran prudentes y sabias. No era tan popular como la pulga, ni presumía de sus cualidades, que eran notables. Trataba a los demás con respeto y jamás buscaba compararse con otros. Se dedicaba a su trabajo con ahínco y concentración, lo opuesto a lo que la pulga hacía.

Los dos fueron amigos de mucho tiempo. Una amistad que era poco comprendida por quienes los conocían. Hace mucho que no los veo y sé de ellos por cosas que me cuentan otros. La pulga, me dijeron, abrió una empresa pero más tarde entró a la política. No me sorprendió la noticia. Es lo más congruente con su carácter cambiante y mudable, en el que se necesita hablar mucho sin medir consecuencias.

Por su parte, el buey realizó una carrera profesional que muchos calificaron de lenta y escasamente espectacular. Fue sin embargo, consistente y sólida. Se me dijo que ahora vive jubilado, haciendo lo que quiere y sin que le importe lo que los demás opinen. Siempre trabajó en el sector privado, y rehusó una oferta de trabajo en el gobierno.

Lo que Esopo hizo con esta historia me parece fenomenal. Nos proveyó con una posible tipología de las personas, que radica en la perspicacia de su historia. Y, más aún, nos abre la puerta a ejercicios mentales fascinantes: ¿Qué tanto de pulga o de buey tienen nuestros amigos, o nosotros mismos?

No creo que existan bueyes puros, ni pulgas puras entre nosotros, pero sí personalidades en las que algunos de sus rasgos sean predominantes. Por lo pronto, me da la impresión de que la pulga es una personalidad del gobernante: no sólo es inquieto y molesto, sino que habla demasiado y se alimenta de sangre de otros. Presume demasiado. Presume frente a los demás.

Anda por todas partes sintiéndose superior, sin considerar las consecuencias de sus acciones.  Si en el establo hubiera elecciones para presidente, la pulga recibiría más votos que el buey. Y, además, es terriblemente sensible a cualquier pequeño golpe que sufra, al que interpreta como una confabulación oscura en su contra.


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