Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Viaje al Centro del Poder
Eduardo García Gaspar
5 febrero 2010
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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La idea es fascinante y creo que tiene un ejemplo extraordinario, por claro, en los gobernantes y muchos intelectuales. Es como hacer un viaje al interior de las neuronas de estos personajes y averiguar por qué hacen lo que hacen y dicen lo que dicen. Pero comencemos por el principio.

Aunque todos los tenemos, son más propios de los científicos. Son marcos mentales, puntos de referencia, grandes puntos de referencia sobre los que entendemos lo que sucede. Son explicaciones que durante un tiempo plantean problemas y sus soluciones… y que desaparecen dando paso a otros marcos mentales que presentan otros problemas y sus soluciones.

El nombre con el que se conocen es el de paradigmas y, según el autor que concibió la idea, deben tener dos rasgos.

• Uno, el ser lo suficientemente novedosos como para atraer una cauda de seguidores que los adoptan como una forma de pensar distinta a otras posibles.

• Otro, el ser lo suficientemente flexibles como para dejar posibilidades de aplicación a sus seguidores.

Muy dentro de su mente, el gobernante y el intelectual han arraigado una idea neurálgica, ese paradigma, que es usado para dos cosas: comprender los problemas y proponer sus soluciones. Ese paradigma de gobernantes y muchos intelectuales es la idea de que la sociedad puede ser dividida en dos grandes grupos de personas, uno muy pequeño y el otro muy grande.

El grupo más reducido recibe varios nombres. Se le ha llamado la burguesía, los ricos, los grandes empresarios, capitalistas. Usted lo ha escuchado muchas veces. Son los que mandan, los que son fríos calculadores guiados por un egoísmo absoluto y concentran en ellos el poder.

El mayor de los grupos también tiene varios nombres en ese paradigma: proletariado, trabajadores, marginados. Son los que, se piensa, no tienen poder. Son débiles y sufren de los abusos que contra ellos cometen los del primer grupo.

La idea de clasificar en grupos distintos a las personas que forman una comunidad no es nueva. Platón la tiene en su propuesta de sociedad ideal. Pero en las ideas de Marx, la clasificación bipolar se volvió un paradigma en todo su sentido: sirve para interpretar todo lo que sucede, puede definir problemas y, más aún, sugiere soluciones.

Muy interesante es la raíz de las soluciones y que es la conclusión lógica. Si en una sociedad hay dos grupos y nada más que eso, uno de débiles mayoritarios y otro pequeño de poderosos, el paradigma se sustenta en la formación de un nuevo grupo que sea el protector de los débiles. Ese grupo nuevo es la clase política.

La clase política tiene un ícono en las películas de buenos contra malos, villanos contra víctimas. El malo que posee la hipoteca de la casa en la que vive la mujer que es la víctima y que, al final, es rescatada de las vías del tren por el héroe. Este héroe es la clase política.

El paradigma de villanos-víctimas-héroes tiene dos cualidades. Es en verdad fácil de entender. Un infante lo comprende sin dificultad. Y, además, es muy flexible para aplicar a casi cualquier caso, no sólo a grupos de ricos contra pobres, también a mujeres contra hombres, jóvenes contra adultos, norte contra sur, religión contra ciencia…

Claro que, del otro lado, el paradigma tiene problemas insolubles.

• Debe forzar a una realidad compleja y diversa a dos moldes predeterminados y nada más dos.

• Igualmente, presupone que todas las personas dentro de cada grupo son, si no idénticas, al menos muy iguales.

• Parte de la premisa de que sólo hay una solución a todo lo que sucede en una comunidad: el arbitraje de la clase política. No puede haber otra, según el paradigma.

• El otro problema es el de su consecuencia. Si usted se ha preguntado por qué es tan arduo conversar con alguien que usa este paradigma, eso se debe a que en muchos casos está tan enraizado, que es imposible deshacerse de él. Quitárselo de encima es, en realidad, cambiar las neuronas y eso es indeciblemente laborioso.

Los paradigmas se mantienen con terquedad, desaparecen con el fallecimiento de sus partidarios y duran generaciones. Claro que el problema con este paradigma de villanos-víctimas-héroes es que es el enseñado en muchas escuelas y universidades, las que terminan alargando la existencia de un modo de pensar que es simplista e irreal… y que encanta a los políticos.

Post Scriptum

La palabra paradigma fue colocada en el lenguaje popular tiempo después que la obra de Kuhn, T. S. (1970). The Structure of Scientific Revolutions. Univ. of Chicago Press, que data de los años 60 y ha sido abusada. Cualquier cambio suele llamarse paradigmático y eso anula la enorme dimensión de la que el autor hablaba. Un paradigma real es el de Newton y otro es el que le siguió, de Einstein.

En este caso, creo que es válido hablar de un paradigma político, el de la división de la comunidad en grupos homogéneos simples y estacionarios, a los que se asignan papeles predeterminados.

Un caso muy diáfano del paradigma es el de Sociedad Dividida, Otra Vez y en el que se mantiene la existencia de tres sectores: público, económico y social. Las palabras cambian, pero en su esencia son esa tríada de villanos-víctimas-héroes y que tiene la consecuencia más ambicionada por los gobernantes: proveerles de una excusa que apoyan muchos intelectuales para tener más y más poder.

Finalmente, resulta digno de mencionar que todas las variaciones de intervencionismo gubernamental están sustentadas en ese paradigma, desde el socialismo más extremo hasta el keynesianismo más ligero, incluyendo al intervencionismo moral.


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