Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Absolutismo Democrático
Leonardo Girondella Mora
21 febrero 2011
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


El significado del absolutismo está muy asociado a la idea de un gobierno cuyo poder carece de límites —no es balanceado por medio de leyes, ni por medio de sistemas de poder dividido.

El absolutismo es un sistema de poder extremadamente concentrado en unos pocos, tal vez uno sólo, el que gobierna a una nación según su voluntad.

La imagen más tradicional que viene a la mente es la de un monarca que manda según sus antojos y deseos, los que ese día tenga.

Las ideas opuestas a la del absolutismo son las nociones de un estado de derecho, con leyes e instituciones que limitan el ejercicio del poder con la meta de evitar abusos. También la idea de una república resulta el contrario del absolutismo, ya que implanta sistemas de pesos y contrapesos al poder.

¿Es la democracia una idea contraria al absolutismo?

La respuesta estándar sería afirmativa, suponiendo que el voto ciudadano es un freno al poder del gobernante —la suposición es poco feliz: la democracia no es ya un freno al abuso del poder y tal vez sea en realidad un fomento a su exceso.

Debo señalar, primero, un desafortunado fenómeno actual —el de la distorsión de la idea original democrática, que fue la de hacer participar al ciudadano en la política de su país con la esperanza de que su participación fuese un impedimento formal al abuso del poder gubernamental.

Esa idea original ha sido trasformada en otra drásticamente distinta y contraria, la de la adoración del voto ciudadano, al que se llega a considerar la última y más sagrada voluntad política —un mandato que no tiene freno ni control, lo que la hace caer en el absolutismo, eso mismo que quería remediarse.

Mi tesis es directa —del absolutismo que acarrea las imágenes de una corte real en un palacio donde habita un rey que ordena lo que sea su voluntad a todos en su reino, se ha pasado a otra situación igual.

Ya no hay reyes, pero sí hay gobernantes que se escudan en lo que ellos creen es la voluntad popular para terminar haciendo su voluntad sin límites.

Eso es el absolutismo democrático —el regreso, bajo otra vestimenta, a sistemas de gobierno en los que el gobernante hace lo que su voluntad le dicta y lo hace sin límites ni frenos. No son ya monarcas absolutos que alegan una justificación religiosa para su mandato.

Son gobernantes y partidos políticos que alegan una justificación cuasi-religiosa, la voluntad popular —son ellos una especie de encarnación de la voz del pueblo a la que articulan e interpretan para implantar las medidas que ellos quieren.

Para propósitos prácticos, es lo mismo: al término de las cosas no es nada más allá que el mismo absolutismo anterior, pero ahora justificado de manera diferente con la democracia como fundamento. Si la mayoría los elige, eso basta para considerarse ungidos como gobernantes cuyo mandato no puede ser opuesto, no importa lo que ordenen.

Seré más claro.

La democracia ha sido utilizada para legitimar gobiernos absolutos con poderes ilimitados. En tiempos idos, un monarca era considerado como colocado en su puesto por voluntad divina, lo que lo hacía una figura sagrada. Atacarlo era un sacrilegio.

En estos tiempos, muchos gobernantes elegidos por medio de elecciones ciudadanas se han nombrado ellos mismos como colocados en sus puestos por otra voluntad divina, la del pueblo, lo que los hace otra figura sagrada también. Atacarlos es un sacrilegio también, pues significa ir contra la nación misma.

La causa de este regreso del absolutismo es una mala comprensión de la democracia —lo que le ha producido un daño tan severo que me atrevo a recomendar el reflexionar sobre la posibilidad de dejar de hablar de ella elogiosamente. No ha sido más que un instrumento, en demasiadas ocasiones, para crear gobiernos absolutistas.

Se haría un gran bien al colocar más atención en las ideas de república y estado de derecho —que por definición son nociones que limitan los poderes desmedidos.

Pero esto conlleva una gran tarea, la de un cambio en las opiniones públicas, demasiado acostumbradas a adorar a la democracia como un dogma incuestionable.

Mi exploración queda completa, habiendo dejado clara la existencia del absolutismo democrático que es un regreso disfrazado al absolutismo monárquico de antaño —un fenómeno que legitima falsamente regímenes de gobierno que son contrarios al bienestar de las naciones.

Addendum

En la revisión de la columna se me hizo la observación de la necesidad de dar ejemplos del absolutismo democrático —lo que me ha parecido razonable. Creo que hay equivalentes de Luis XIV que pueden citarse. Hay dos casos latinoamericanos fantásticos: Cuba y Venezuela. Argentina lo es también, igual que Ecuador y Nocaragua. México lo fue durante el reinado del PRI y tuvo una posibilidad de volver a serlo si López Obrador hubiera llegado a ser presidente.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Democracia y en ContraPeso.info: División del Poder.

Posiblemente la conversión de la democracia en una herramienta del absolutismo se deba a su mal entendimiento: la democracia no es otra cosa que un mecanismo muy imperfecto; no es un valor en sí mismo, es un instrumento. El valor a respetar es la libertad, no la democracia.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.




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