Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Al Final es Amistad
Eduardo García Gaspar
19 abril 2011
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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La historia comienza en una iglesia, un domingo. Misa en la noche. El templo está lleno de personas. La misa es dada por tres sacerdotes. Un franciscano, un dominico y un jesuita.

Durante el evangelio sucede lo poco probable. Se va la luz.

La iglesia queda sumida en una oscuridad total. Sin embargo, nadie se mueve. Nadie da signos de temor. Todo permanece tranquilo.

Unos segundos después, se oye la voz del franciscano, quien dice a los fieles: “bendito sea este momento que no está enseñando a vivir una vida más simple, más inocente e ingenua, menos compleja, menos dependiente de los adelantos modernos”.

Calla el franciscano y, segundos después, los fieles perciben la voz del dominico. Tose aclarando la garganta y dice: “es una enseñanza lo que nos ha sucedido hoy, en estos momentos, para ayudarnos a darnos cuenta de que no necesitamos la luz artificial, que lo que nos guía en realidad es la luz de Dios y que ella nunca desaparece”.

Calla el dominico y a él sigue un gran silencio. Los fieles esperan escuchar la voz del jesuita.

Nada, no sucede nada. Nada, no se escucha nada. El momento se vuelve penoso. La situación se percibe apurada. Parece como si todos esperaran la homilía del jesuita.

Nada. El silencio continúa. La oscuridad se mantiene.

Con gran sorpresa y alegría, regresa la luz al templo. Ya puede verse el altar iluminando. La gente puede ya leer sus misales. Pero en el altar sólo hay dos sacerdotes, el franciscano y el dominico.

No está el jesuita. Ha desaparecido. Se oye un murmullo que crece entre los fieles, que se dan cuenta poco a poco de su desaparición.

En eso, sin previo aviso, el jesuita aparece y camina hacia el altar a reunirse con los otros dos, quienes lo ven con extrañeza. “Quizá el hermano jesuita quiera decirnos dónde estuvo mientras nosotros permanecíamos aquí”, dice uno de los sacerdotes.

Responde el jesuita, “Disculpen hermanos, mi ausencia. Fui a la parte de atrás del altar, a cambiar los fusibles de la luz”.

La historia puede ser usada para ilustrar personalidades, en este caso de órdenes religiosas. Pero, igualmente, cambie usted los detalles de la historia y eso le ayudará a ilustrar las personalidades que quiera.

En la historia de los sacerdotes, cada uno de ellos reacciona de manera diferente y es tentador intentar suponer la superioridad de alguna de sus reacciones.

¿Cuál de ellas es mejor, hablar de la belleza de una vida simple, ver a Dios como la luz de nuestra vida, o cambiar los fusibles y reparar la falla? La pregunta tiene su fondo y es compleja.

Se llama inconmesurabilidad. La larga palabra significa en breve, imposibilidad de comparar. Y, por tanto, no hay manera de saber cuál es superior.

Si alguien alega que es superior hablar de Dios que cambiar fusibles, puede responderse que los fusibles fueron un medio muy eficaz para seguir hablando de Dios bajo mejores condiciones que las de la oscuridad. Cada reacción de cada sacerdote revela estilos, pero no superioridad.

En este caso, hay un sólo posible común denominador entre esas tres reacciones: Dios. Y, por lógica, puede presuponerse que cada uno de los tres consideró ese elemento en común.

Todo esto nos lleva a un tema que bien vale una segunda opinión, el de la espiritualidad y cómo es vivida por cada uno de nosotros.

En apariencia inmediata, en una veloz primera impresión, será casi irresistible concluir que la espiritualidad de cada uno de esos tres sacerdotes es superior a la de los fieles que oyen misa. Pero en el fondo, realmente no. Cada uno de esos fieles tiene una forma de espiritualidad que no puede ser comparada con la del resto.

Un joven aplicado en sus estudios, por ejemplo, puede estar siendo espiritual de una manera que no es comparable con la del resto. Igual que lo puede ser un matrimonio cuidando a sus hijos. O quien trabaja en la tienda de su propiedad.

En otras palabras, la espiritualidad no está reñida con la actividad propia, no es exclusiva de la vida monástica. Está allí para todos. Cada uno a su estilo.

Queda ahora sólo tratar de ver qué es espiritualidad. Seguramente hay mil maneras de definirla, pero una que ayuda a comprenderla es la idea de la amistad. Todos sabemos qué es amistad. No necesitamos definiciones, ni diccionarios.

Esto es lo que hace fácil definir espiritualidad, es la amistad con Dios.

Post Scriptum

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