Capitalismo

Capitalismo en monasterios del siglo 9. Atendiendo a la definición de capitalismo, es posible encontrar establecimientos monásticos cristianos que aplicaron ese sistema. Y eso va contra opiniones estándares.

Introducción

Este resumen presenta una idea de Stark. Existen antecedentes del capitalismo en monasterios cristianos del siglo 9. Algo que permite entender mejor al capitalismo por medio de sus antecedentes históricos.

La idea fue encontrada en el libro de Stark, Rodney, The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success. 1st ed ed., New York: Random House, 2005, pp. 55-63.

Punto de partida

El autor inicia con una afirmación contundente: el capitalismo no fue inventado en un momento en algún sitio de Venecia, menos aún en un banco de la Holanda protestante.

El capitalismo evolucionó gradualmente y comenzó hace siglos en un sitio no esperado por la mentalidad actual. Se originó en el siglo 9 en los monasterios católicos los que muestran los orígenes del capitalismo.

Los monjes, a pesar de colocar la espiritualidad en primer plano, tuvieron que atender a la supervivencia de sus establecimientos. Esa realidad tuvo un efecto, la reconsideración de los aspectos materiales influyó en la formulación de las creencias y doctrinas del catolicismo.

Pero antes…

Dice Stark que debe hablarse del capitalismo, sobre el que tanto ha sido escrito. Si bien su nombre tuvo un inicio peyorativo, acuñado por sus críticos que criticaban la riqueza, no hay un tratamiento conocido de su evolución y desarrollo.

Por ejemplo, en el siglo 14, ‘capital’ fue una palabra que se aplicaba a los fondos con capacidad de generar un ingreso (no a algo con un simple valor de consumo).

Eso es equivalente a darle al capital o riqueza una habilidad, la de producir más riqueza. Es decir, antes de que sus críticos le asignaran connotaciones negativas, el capitalismo se asoció con la riqueza que podía generar más riqueza, como el dinero que se presta con interés.

La diferencia es notable entre esta posibilidad y la otra, la de la riqueza que no aumenta, sino que cambia de manos nada más.

La riqueza que produce más riqueza es muy diferente a la riqueza que va de una persona a otra por medio de impuestos, o robos.

Este capital va más allá del simple hecho de prestar con interés, también crea la acción del inversionista, el que se involucra personalmente en las actividades a las que financia, no solo con dinero, sino con otros bienes que también son capital, como tierra, herramientas, instalaciones.

Es decir, el capitalismo desde sus inicios estuvo asociado con un nivel de supervisión o manejo, más allá de la realización y del prestamista pasivo.

Esto también es notable, porque con ello van otras funciones, como la planeación, la duración y lo que Stark llama la «complejidad comercial» de la actividad financiada. Se debía además seleccionar oportunidades, por lo que se necesitaba cierta libertad. La empresa moderna estaba siendo creada.

Entendiendo al capitalismo

En su trayecto a mostrar el su existencia en monasterios del siglo 9, llega así el autor a ofrecer una definición de capitalismo.

Un sistema económico en el que empresas de propiedad privada, razonablemente organizadas y estables realizan actividades comerciales complejas.

Estas actividades comerciales complejas se realizan dentro de un mercado razonablemente libre, con un enfoque sistemático de largo plazo para la inversión y reinversión de riqueza, directa o indirectamente, en actividades productivas que involucran fuerza de trabajo contratada y son guiadas por beneficios futuros y presentes.

La definición tiene elementos claves, como el de «actividades comerciales complejas», es decir, cierta diversificación y un contacto no directo con el consumidor.

La parte de «sistema» significa tener prácticas contables. La «inversión indirecta» incluye a accionistas y créditos bancarios.

Pero, muy importante, excluye actividades de corto plazo, a las actividades comerciales realizadas por gobiernos y aquellas en la que el trabajo es forzado. Sobre todo a los intercambios simples, realizados por siglos, entre personas que compran y venden bienes.

Entonces, se tienen como bases del capitalismo principios de mercados libres, para tener oportunidad de negocio y que no existirían en casos de mercados muy regulados o propiedad del gobierno.

Como derechos asegurados de propiedad, para que las personas puedan tener estímulos de creación de más riqueza, pues donde no existen, se prefiere consumir y acumular improductivamente. Y como libertad de trabajo, para tener trabajadores motivados que eleven sus ingresos por la productividad.

Capitalismo en monasterios del siglo 9

Con los conceptos anteriores en mente, Stark entra en su tema, el de la evolución del capitalismo.

Primero señala que la Biblia con frecuencia condena la avaricia y la riqueza, aunque no el comercio de manera directa. En los primeros tiempos del cristianismo, prevalecía la mentalidad que veía al comercio como degradante y con riesgos morales. Pero esto cambió.

El ascetismo de las opiniones fue cambiando y comenzó una tendencia a aprobar el comercio a partir del siglo 4.

San Agustín, por ejemplo, no condenaba el comercio en sí mismo, pues era una decisión personal el vivir en lo bueno. Es decir, se abría la puerta a que los mismos ministros realizaran actos de comercio. Y esto ya ve ve claro en el siglo 9.

Las propiedades monásticas registran grandes aumentos de productividad por mejores métodos de trabajo, y se especializan en cultivos, lo que produce superávits que se venden para satisfacer otras necesidades y da comienzo una economía con uso de dinero.

De acuerdo con la definición anterior, esto ya es capitalismo y se está en el siglo 9, en monasterios cristianos.

Siendo los monasterios e iglesias los mayores terratenientes, sus activos e ingresos eran incluso mayores que los de monarcas.

Con una vida frugal y reinvirtiendo, la productividad se elevó y se pasó de la autosuficiencia a la especialización y, por tanto, al comercio. Esto creó ciudades alrededor de los conventos y monasterios, a los que las personas acudían en busca de trabajo.

Y comenzó a haber administración, en la que se valoraba el talento (sin los problemas de herencia familiar que sufrían los monarcas).

Quien tenía las capacidades estaba a cargo de la administración, la que necesitaba registros, decisiones de negocio y cálculos que en ninguna otra economía habían sido necesarios.

Muy importante también fue la actitud con respecto al trabajo, al que se vio como virtuoso dentro de una vida simple, muy diferente a la mentalidad que lo menospreciaba y valoraba el status personal.

El ahorro, la frugalidad, también fueron vistas como virtuosas. Debe recordarse que muchos de los monjes y monjas en estos monasterios eran nobles y no rehuían el trabajo manual, ni el comercio.

Stark señala explícitamente que este compromiso con el trabajo manual es algo que distingue al ascetismo cristiano del ascetismo de otras religiones en las que se rechaza al mundo y sus actividades.

Los monasterios no dependen de la caridad ajena, sino de su trabajo y eso es virtuoso, pero además conecta al mundo espiritual y al terreno confiando en la razón humana y la posibilidad de mejorar.

En resumen

Fue de esa manera que el autor prueba que al principio del siglo 9, las propiedades monásticas cumplían con su definición de capitalismo.

Eran instituciones estables, bien organizadas, que realizaban actividades comerciales complejas en mercados relativamente libres, que usaban trabajadores libres, eran propiedad privada y se guiaban por consideraciones de beneficios actuales y futuros.

Pero esta afirmación, la de encontrar establecimientos capitalistas en los monasterios cristianos del siglo 9 no es una curiosidad histórica, tiene consecuencias de largo alcance.

Por principio de cuentas, adjudica la creación espontánea del capitalismo dentro de establecimientos religiosos, católicos, algo que resultará sorprendente a muchos en la actualidad, pero que es congruente con los refinados escritos económicos de los posteriores escolásticos.

Contra la sabiduría estándar

Y no solo eso. Contradice otra parte de la sabiduría superficial. Demuestra que la obra de Max Weber, La Ética Protestante, es incorrecta.

Brevemente, la idea de Weber ha creado la noción muy común de que el capitalismo solo podía ser un producto de la Reforma Protestante, de lo que se deducía que el capitalismo era imposible dentro del Catolicismo.

La aparición del capitalismo, en monasterios cristianos desde el siglo 9, niega a Weber con una diferencia de siglos, pues la Reforma Protestante tuvo lugar hasta seis siglos más tarde.

Adicionalmente, se encuentran ideas asociadas con el avance occidental.

La creencia en la razón humana por parte del Cristianismo, tuvo efectos, como la convicción de que el progreso es posible, de que esto hace posibles adelantos.

Como la consideración de la persona como digna, libre e individual y como la creación de ese sistema económico que puede realizarse dentro de condiciones políticas responsables y con virtudes de esfuerzo y frugalidad.

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Y unas cosas más para los curiosos…

Debe verse:

¿Qué es capital? Definición

Otras ideas relacionadas:

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Una idea de Samuel Gregg. El título original de la columna es Christianity and the Rise of Capital. Esta columna es un fragmento de su nuevo libro For God and Profit: How Banking and Finance Can Serve the Common Good (Crossroad Publishing Co., 2016).

Cristianismo y la creación de capital

Sabiendo que él era un miembro de la ascéticamente famosa orden franciscana y con su propia fama de desprendimiento de las cosas materiales, Bernardino de Siena (1380-1440) fue notablemente perspicaz acerca del dinero.

Se comprende que a la mayoría a la gente le sorprenda saber que algunos de los más importantes desarrollos intelectuales que por primera vez permitieron a las finanzas convertirse en una máquina de crecimiento, fueron hechos por hombres que libremente hicieron, la mayoría, votos de pobreza.

Casi un siglo antes de Bernardino, otro franciscano, Peter Olivi (1248-1298), había escrito lo siguiente en su De contractibus usurariis:

«porque ya que el dinero o propiedad que es directamente administrado por su propietario es puesto a trabajar por una cierta probable ganancia, no sólo tiene la simple cualidad de dinero o bienes, pero, más allá de eso, una cierta cualidad seminal para generar ganancia, lo que comúnmente llamamos capital… y por tanto no solo tiene que ser devuelto el valor simple del objeto, sino también un valor añadido».

Al igual que todo el clero medieval, Bernardino y Olivi, se opusieron con fuerza a la usura.

Escribió Bernardino: «La usura concentra el dinero de la comunidad en las manos de unos pocos, como si toda la sangre en el cuerpo de un hombre corriera hacia el corazón y dejara agotados al resto de los órganos».

Sin embargo, el mismo Bernardino también dedicó tiempo a la explicación del porqué era legítimo que los acreedores cobrasen intereses en los préstamos para compensarse a sí mismos la renuncia a la posibilidad de invertir su dinero en otra parte.

En tales circunstancias, el prestamista tiene derecho a ser compensado por lo que equivale a ganancias no percibidas.

Bernardino mantuvo:

«Lo que es ordenado en el firme propósito de su propietario a algún beneficio probable tiene no solo el carácter de mero dinero o de mera cosa sino también, más allá de esto, un cierto carácter seminal de algo rentable, lo que comúnmente llamamos capital».

Este título, conocido como lucrum cessans (ganancias renunciadas, o lo que hoy podríamos llamar el costo de oportunidad de fondos líquidos), refleja la idea de que el dinero no siempre era estéril y que podría llegar a ser productivo: el dinero podría convertirse en capital.

Los franciscanos no se limitaron a escribir acerca de estos asuntos. Desde el siglo XIV en adelante, buscan ayudar a los necesitados a tener acceso al crédito en la forma de compañías de préstamos.

Conocidas popularmente como montes pietatis, la primera de estas instituciones de préstamos fue establecida por los franciscanos y financiada al principio con donativos de cristianos adinerados.

Prestaron ellos dinero las personas relativamente pobres incapaces de obtener créditos de prestamistas establecidos. Los prestatarios proporcionarían a los montes pequeños objetos de valor como una forma de garantía para el pago del préstamo.

Sin embargo, la controversia se presentó cuando los montes empezaron a cargar intereses, variando entre 4 y 12 por ciento.

Uno de sus más fuertes impulsores —otro franciscano que pasó mucho de su tiempo criticando los préstamos de dinero en general y a (¡desgraciadamente!) prestamistas judíos en particular, el beato Bernardino de Feltre (1434-1494)— insistió en que algún cobro de intereses por parte de dichas instituciones era esencial si se quería que ellas fueran sustentables por sí mismas.

Con el tiempo, esto se convirtió en la norma para todos los montes establecidos por los franciscanos. No es sorprendente que eventualmente fueran acusados de practicar la usura.

Los montes y su práctica de cobro de intereses fueron, sin embargo, reivindicados por primera vez por el papa Pablo II, en 1467, cuando aprobó el monte original en Perugia; y después por el papa León X, en 1515, en la bula Inter multiplicis.

Posteriormente emergieron cientos de montes a través de Italia, Francia, Austria, Alemania, Flandes y España.

Uno de los primeros, el Monte dei Paschi di Siena, fue fundado en 1472. Todavía hoy existe y es el tercer banco más grande de Italia, empleando a miles de personas alrededor del mundo.

A pesar de la aprobación papal, no desaparecieron las acusaciones de usura en contra de los montes.

Esto produjo defensas del cobro de intereses por parte de pensadores escolásticos como el dominico del siglo XVI Martin de Azpilcueta (1491–1586). El argumento que el interés era, estrictamente hablando, no un pago directo del préstamo sino un cargo por la administración del crédito.

Muchas personas hoy en día ven con cierto cinismo la manera en la que pensadores cristianos reaccionaron ante estos desarrollos a lo largo del medioevo y del principio del periodo moderno.

Más de una persona ha sugerido que esto equivalió a cristianos usando una semántica tortuosa para ayudar a la cristiandad a acomodarse ella misma a los amplios cambios económicos estableciéndose en la Europa medieval con las primeras formas mundiales del capitalismo.

Sería un error reducir ese desarrollo intelectual a un burdo ajuste a circunstancias. Ciertamente, el contexto es importante. Pero también es cierto que un inmenso entorno de cambio económico estimuló a muchos estudiosos cristianos, a partir del siglo XI en adelante, a repensar la naturaleza del dinero.

Con el tiempo, ellos desarrollaron una serie de reflexiones y precisiones importantes, siendo la más significativa de ellas una clara distinción entre usura y formas legítimas de prestar dinero.

Estos escritores no se acercaron a estos asuntos como «economistas». Se dirigieron a estas cuestiones dentro del contexto de la teología moral y del derecho.

El refinamiento de sus análisis era tal, sin embargo, que como señaló un economista e historiador moderno de la Economía como Joseph Schumpeter (quien con fama acuñó la frase «destrucción creativa»), pudo afirmar que «en el pensamiento escolástico estamos en presencia de una Riqueza De Las Naciones embrionaria».

[La columna fue actualizada en 2020-07]