Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Decoración en Navidad
Eduardo García Gaspar
23 diciembre 2011
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Sucede desde hace unas semanas. Muchas casas tienen en su exterior adornos de Navidad.

Luces, árboles decorados, hombres de nieve, esferas, lo que usted quiera imaginarse.

Algunas parecen sacadas de una comedia en el cine. Llaman mucho la atención.

Una de ellas, que vi hace unos días fue la que más llamó apun más mi atención. Casi no tenía adornos, unas pocas luces y algunas figuras.

Pero en una ventana que da a la calle, habían escrito: “Jesús es la única razón de la Navidad”. Mejor decoración es imposible de tener.

En el pensamiento cristiano, la Navidad es la fecha más importante de la historia. Señala el arribo de Dios mismo a la tierra, para nuestra salvación.

Si usted acepta que tiene alma, que ella es inmortal, que su destino natural es Dios, comprenderá la importancia de la fecha. Y, también, entenderá la vitalidad de eso que alguien escribió en su ventana.

No sorprende que la fecha sea causa de festejo. Somos seres que en nuestra naturaleza tenemos esa tendencia a recordar fechas y celebrarlas.

Tenemos días para lo que a usted se le ocurra. Esas celebraciones, de todo tipo, contienen signos externos que atraen a los sentidos: comidas, bebidas, listones, campanas, música, reuniones, marchas.

Es muy lógico que suceda todo eso. La Navidad misma tiene sus manifestaciones propias: el árbol decorado, los regalos, quizá un pavo (siempre malo y seco según mi padre), luces, estrellas, escenas de la Navidad, canciones muy propias de la época. Normal y saludable.

Más humano aún es otra cosa.

El tener meditaciones, el reflexionar sobre el significado de la fecha. Es lo que nos hace ver que detrás de tanto boato, hay pensamientos.

Se nos ocurren cosas como al enemigo regalar perdón; al oponente, tolerancia; al amigo, el corazón; al hijo, buen ejemplo; a todos, caridad; y a uno mismo, respeto (esto fue escrito por Oren Arnold).

Es decir, a esas manifestaciones visibles de celebración se unen cosas menos visibles, más espirituales. Perfectamente normal si reconocemos que no somos mera materia, como tantos dicen.

Pocas cosas apuntan tan claro a nuestra humanidad como el brindar con alguna bebida al mismo tiempo que uno se alegra con unos regalos dados a otros con una sonrisa, pensando que en ese momento se vive intensamente.

En esto hay algo a lo que temo, a la vaciedad de la celebración navideña. Me refiero a su reducción a un mero festejo, como si se tratara de un carnaval adicional en el año.

Ha sido dicho esto de otra manera, apuntando que la Navidad no es una fecha sino una forma de ser, un estado mental, una manera de pensar. Me explico.

En esta celebración hay un elemento físico, el festejo visible, todas esas decoraciones y fiestas. Nada hay en ellas de malo, al contrario, siempre que no se pierda el otro elemento, el espiritual.

El elemento que señala el motivo de la celebración, la causa de todo. Eso que fue escrito en la ventana de esa casa.

Hasta aquí, los cristianos comprenderán esto sin gran problema. Pero queda un problema, o varios, por ejemplo, qué sucede en la mente del ateo, del que no cree. No lo sé.

Conozco bien un caso de esos, un agnóstico que en estas fechas se deprime notablemente. Los festejos, me dice, le parecen vacíos y chocantes. Tiene razón, sin el elemento espiritual, todo queda en carnaval artificial, comercial.

Suele haber algo en estas fechas que me hace gracia en el fondo, esos esfuerzos por erradicar los símbolos externos de la Navidad.

Había una propuesta en algún sitio que quería sustituir esos festejos por la celebración del solsticio de invierno. Curiosa sustitución de un motivo religioso por otro.

En fin, no creo que haya nada más humano que eso que hacemos en Navidad, la combinación de fiestas y celebraciones, con mucha decoración, con el otro elemento, el espiritual que nos mueve a pensar en algo superior, en algo ideal que queremos que altere nuestra conducta para ser mejores.

Hay riqueza en el festejo material, pero hay aún más fortuna en lo que sucede dentro de nosotros cuando consideramos la razón de todo esto.

Por mi parte, le deseo a usted, amable lector, la mejor Navidad posible.

En lo personal, la celebraré con comida, bebida, familia, decoraciones, amigos… pero, sobre todo, con el más grande agradecimiento a ese que es la razón de todo.

Post Scriptum

Creo que es valiosa la columna, con el mismo tema, de Robert A. Sirico, quien escribe:

The challenge of Christmas is not to wait for a God who with shouts, trumpets and great fanfare will attract our attention, but to search for the One who comes discretely and must be carefully discerned in the midst of everyday lives.

So, the question I propose is: Where is God at the mall? Where is He at the table of a contentious family holiday argument? Or in the dark quiet room of a daughter standing at her dying mother’s bedside alone this Christmas?  Where is he in the gift-giving? In all the commercialization, so often disconnected from the heart of redemption?

He is there, because He is Emmanuel, “God with us.”

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