Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Detener Esa Inercia
Eduardo García Gaspar
29 agosto 2011
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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No creo que sea exagerado decirlo: la gente de muchas naciones tiene un sentimiento creciente de desconfianza en sus gobiernos.

La caída en la popularidad de Obama, por ejemplo, ilustra este fenómeno en un país. Fenómeno que se repite en España, Grecia y muchos otros, como Venezuela.

México no es la excepción: instituciones políticas como partidos, diputados, policía, senadores, ocupan los más bajos lugares en cuando a confianza del ciudadano.

No sorprende, pero sí preocupa. Los manejos financieros gubernamentales muestran al menos irresponsabilidad. Véase, por ejemplo, el déficit promedio estadounidense, 100 mil millones de dólares mensuales promedio en los últimos 10 meses. O bien, la deuda de un simple estado en México, Coahuila, 34 mil millones de pesos.

Dentro de la clase política las responsabilidades son lanzadas de una facción a otra, muchas veces interpretadas como ataques electorales. Los gobernantes no entienden que la desconfianza es creciente para todos ellos.

Hay motivos: gastan de más, no saben manejar recursos, ceden a presiones de grupos, ponen atención en lo irrelevante, su preocupación es electoral. Y, lo peor, para remediar crisis proponen hacer más de lo mismo que las causó.

El asunto es más profundo de lo que parece. Va más allá de reducir el déficit, de eficiencia en el gasto, de reducción de la burocracia, de elección de gente nueva, de mejoría de los servicios de justicia, de emisión de nuevas leyes.

El asunto es más profundo porque el problema es uno de inicio: el papel de los gobiernos está mal definido y es necesario corregirlo.

La corrección parte de un cambio en la mentalidad actual. No es posible ni conveniente entender a los gobiernos como la solución de todos los problemas nacionales. Quienes esperan que sea el gobierno el que solucione sus dificultades personales van a ser defraudados una y otra vez.

Hablo del papel real y posible de los gobiernos. Hablo de que es iluso y tonto creer que todo puede remediarse si los gobiernos gastan más. Es una fantasía suponer que nuestra vida mejorará si tal o cual candidato llega al poder.

Ningún país puede sustentar su prosperidad en la feliz idea de que podrán encontrarse gobernantes con la suficiente capacidad para solucionar los problemas nacionales, no importa cuales sean. No existen esas personas. Jamás existirán. No puede tenerse prosperidad concentrando el poder en quienes son simples humanos.

La solución está en pensar al revés y entender que un gobierno debe tener pocos poderes muy bien definidos y funcionar bajo límites estrictos. Poderes concentrados en la defensa y protección de las libertades y posesiones del ciudadano.

Concretamente es un error común y garrafal el creer que un gobierno tiene responsabilidades caritativas que justifiquen redistribución del ingreso. Cuando eso se intente, el resultado será una desigualdad aún mayor.

La idea de que las crisis son oportunidades de corrección aplica aquí. Y la corrección a los problemas actuales no es acumular más poder el los gobiernos, que es lo que ha causado los problemas. La solución es la lógica y de sentido común: revertir el proceso, quitar poderes al gobierno.

No es una reforma de estado lo que se necesita, es una reducción del estado. Una reducción drástica que le retire poderes.

La pérdida de confianza en los gobiernos es un resultado natural del poder excesivo gubernamental. Tiene demasiadas funciones, demasiadas responsabilidades, demasiadas tareas, demasiada gente, dinero.

Es una organización monstruosa, gigante e irresponsable que no obedece ya a nadie. Quien confíe en el monstruo terminará siendo su víctima. El monstruo empeora los problemas, no los resuelve.

¿Suena radical? Por supuesto. Lo es. Los grandes problemas requieren soluciones aún más grandes que él.

La pérdida de confianza de los ciudadanos en sus gobiernos es un síntoma de la enfermedad que nos lastima: la concentración excesiva de poder en una institución que es manejada por hombres que no son mejores que usted y que yo.

Finalmente, la solución es mental y cultural. Y por eso no puede ser inmediata. Se trata de cambiar hábitos, prejuicios, ideas, supuestos que están arraigados dentro de las mentes de demasiados. La inercia estatista no podrá ser cambiada con facilidad.

Post Scriptum

Llama mucho la atención que el movimiento de los indignados en Europa siga esa inercia estatista: los jóvenes, contrario a lo que de ellos se esperaría, piden mantener el curso político que les ha dañado. Igual que en Chile. Es penoso ver que las mentes jóvenes piensan en realidad como mentes viejas. Radicales no lo son.

El joven político Obama, que cumplió 50 años hace poco, ilustra esto: el joven político que sigue pensando igual que hace décadas, que nada nuevo ha aportado, que nada revolucionario ha hecho. Toda su idea es mantener la inercia de crecimiento estatal.

Hay más ideas en ContraPeso.info: Ciclo Intervencionista.

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