Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Deuda Soberana, Tarambana
Eduardo García Gaspar
12 agosto 2011
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Si alguien cree que la autorización legal para pedir más dinero prestado por parte del gobierno en EEUU ya solucionó el problema, mucho me temo que esté equivocado, la cosa es la opuesta.

Más préstamos a los gobiernos son muy malas noticias. En verdad malas. La idea que prevalece es la de que el nuevo monto autorizado de deuda estadounidense fue positivo.

Lo fue en cierto sentido, pero lo que interesa es el plazo largo, que es el lugar en el que viviremos. Quizá quiere usted acompañarme en lo que sigue, una segunda opinión que bien lo vale.

No hace falta más que cierto sentido común. Empecemos por lo obvio, una situación que ilustra lo que sucede.

Digamos que usted tiene ganas de beber un par de cervezas y va al supermercado. En la sección de cervezas usted encuentra pocas y caras. Extrañado, pregunta al empleado qué sucedió.

Le contesta que llegó un tipo que compró casi toda la cerveza, un ricachón que quería beberla toda y se la llevó. Total, usted regresa a casa sin la cerveza que quería.

Una cosa así sucede con los préstamos a los gobiernos. Son ellos instituciones enormes, gigantescas, que piden préstamos colosales.

Es decir, son como el ricachón que se llevó casi toda la cerveza: los gobierno se llevan una parte monumental de los fondos posibles de ser prestados a crédito. El resultado es el mismo que el de la cerveza: habrá menos capital para prestarse y el costo de los préstamos será mayor.

Si usted se quedó sin cerveza o tiene menos de la que deseaba, igual se quedan los que querían crédito, con menos del deseable y a precios mayores. La situación es en realidad simple.

Existe una cantidad limitada, grande pero limitada, de recursos posibles de crédito. Cuando los gobiernos entran al mercado del crédito lo hacen solicitando cantidades enormes que tiene el efecto obvio: menor cantidad de crédito posible y tasas de interés mayores.

En otras palabras, los préstamos a los gobiernos encarecen la vida del resto. No importa que usted no use crédito, los efectos de crédito menor y más caro los pagan todos en precios de bienes, mayores a los que se tendrían con mayor abundancia de crédito.

Si una persona compra bonos de gobierno, la cantidad que a eso dedique será la no disponible para crédito a alguna empresa. Tan simple como eso.

En el caso que nos ocupa ahora, el de mayor deuda estadounidense, las consecuencias son de consideración: en momentos de una economía mundial en apuros, cuando sería bueno que existieran fondos para dedicarlo a tareas productivas, resulta que se dedican cantidades extraordinarias a rescatar gobiernos que gastaron demás.

Le digo, son malas noticias. Pero quedarse en el pesimismo es improductivo.

¿Dónde está la solución? Si el origen del problema es la deuda pública, la solución está en limitarla y hacerlo severamente.

Otra manera de plantear la solución es la de evitar déficits de gobierno que son cubiertos con deuda. Si los gobiernos dejaran de ocupar crédito, esos fondos estarían disponibles para usos productivos.

Si el ricachón, un monstruo devorador, no hubiera comprado casi toda la cerveza, todos habríamos tenido más.

Con más dinero para créditos a empresas, se crearían más empleos, se abrirían más empresas, se ampliarían las existentes. También habría más recursos para hipotecas.

Con más préstamos al gobierno, todos tenemos una vida menos buena de la posible. Pero queda aún una pregunta. ¿Qué es lo que justifica la existencia de déficits de gobierno que hagan necesario cubrirlos con créditos?

Una mentalidad curiosa es la que eso justifica. La mentalidad de que el dinero en manos del gobierno es mejor usado que ese mismo dinero en manos de usted y yo.

Es fantasioso pensar así, pero hay que reconocer que no son escasos lo que eso creen. No sólo opinan que el gasto de gobierno es positivo, sino que es tan bueno para la economía que los gobiernos deben gastar más de lo que reciben y cubrir la diferencia con créditos.

La situación llega a niveles patológicos. Una cifra establece que en promedio los gobiernos de todo el mundo tienen una deuda del 60 por ciento del PIB de su país.

Dos extremos: Chile tiene un sano 6 por ciento, Japón 225 por ciento. Llegar a esas situaciones hace que la deuda soberana sea deuda tarambana: loca, informal, de escaso juicio e imprudente.

Post Scriptum

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