Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Diálogos Que Son Monólogos
Eduardo García Gaspar
9 septiembre 2011
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El encabezado fue claro: “Plantea UNAM pacto nacional” (El Universal, 6 septiembre 2011).

Su rector propuso al presidente mexicano establecer equipos de trabajo que en este mes intenten alcanzar un acuerdo nacional sobre la estrategia gubernamental para el problema de la criminalidad.

Más específicamente el rector solicitó un retiro del ejército y la marina para volver a sus “funciones naturales”.

También, un llamado a representantes de fuerzas políticas varias, que formen esos equipos, de los que saldrían un consenso y una lista de compromisos, al igual que la estrategia y sus mecanismos.

El asunto tomó unas tres horas.

Entre las propuestas está el establecimiento de un órgano burocrático, la Defensoría de la Juventud, además de fomentar “la permanencia y reinserción de los jóvenes en los sistemas educativo y laboral”.

En fin, nada que no se haya escuchado antes y que proviene de esa enfermedad mental padecida en México: la obsesión con diálogos democráticos y pactos nacionales.

El mecanismo es repetido con frecuencia. No hace mucho, por ejemplo, se tuvo un diálogo mexicano sobre el petróleo, por no mencionar otro foro también sobre seguridad.

Estos eventos tienen una agradable presencia: se justifican en la naturaleza democrática, en la diversidad de opiniones y en la representatividad de todas las fuerzas políticas.

Más aún, se realizan en grandes foros, tienen invitados de gran jerarquía y reciben enorme atención en los medios. Terminan por generar poco o nada después de perder tiempo y dinero.

Eso es lo que es muy llamativo y bien merece una segunda opinión para intentar explicar la razón por la que esos pactos no se logran.

Comencemos por la propuesta del mismo rector de la universidad nacional y de su idea de que el ejército regrese a sus funciones naturales. Supongamos que el equipo de trabajo en el que él estuviera propone eso precisamente.

Si no se logra sacar al ejército, quien eso pidió reclamará que hay imposición, que hay sordera, que no hay diálogo. Lo mismo sucederá en el viceversa: si se retira al ejército, el que a eso se opone lamentará lo mismo, falta de diálogo, imposición y demás.

El problema está en los mecanismos de esos foros de diálogo de equipos de trabajo. Cada uno de los representantes de las diversas fuerzas políticas llega con una agenda más o menos desarrollada del tema y precauciones políticas electorales.

Cada uno se regodea y goza su participación, es decir, su discurso, al que considera inapelable. Y las reuniones se convierten en una colección de discursos con una retórica insoportable y un contenido vago con propósitos electorales.

¿Diálogo, negociación, acuerdos? Por supuesto, nada de eso.

Las reuniones fueron una serie de discursos o monólogos considerados no negociables por sus autores. Si no se les hace caso en todo, se rasgarán las vestiduras y lanzarán acusaciones de fascismo, sordera, coerción y demás.

Todo lo que se logra es nada. Una nada rodeada de acusaciones mutuas e insultos escasamente originales.

Para llegar a acuerdos, toda reunión aumenta su dificultad conforme se eleve la cantidad de asuntos, el número de personas que participen y el detalle de esos asuntos.

Un grupo grande sólo podrá llegar a acuerdos reales si los puntos son pocos y generales. Más aún, cuando se separa la función de proponer de la de realizar, quien propone suele comportarse de manera idealista e impracticable.

Y, por supuesto, en la gente que participa se necesitan un par de virtudes muy escasas en los políticos, la prudencia y lo que podría llamarse un sentido de oposición leal: sabe conceder y tener la habilidad de negociar con compromiso en eso que en lo personal no se está de acuerdo.

Lejos de tener estas virtudes, tengo la impresión de que quienes participan en ellas tienen las actitudes opuestas.

No resulta en nada sorprendente que esos llamados a acuerdos nacionales y a diálogos democráticos sean una pérdida de tiempo y que el problema que intentan resolver deje de ser atendido.

La obsesión con los acuerdos nacionales la ha visto usted muchas veces en esos llamados a dialogar para llegar a un proyecto de nación consensado entre todos los mexicanos. Sólo podrán acordarse principios muy generales.

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