Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Loco en la Silla
Eduardo García Gaspar
10 mayo 2011
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Un loco y desquiciado, parado encima de un banco, en un parque, diciendo las más extravagantes cosas, es un espectáculo curioso. Incluso podemos detenernos un momento y sonreír a causa de lo que dice.

Un pobre inocente e inofensivo ser. ¿Qué daño puede hacer?

Realmente ninguno, o muy poco. Y, sin embargo, hay una posibilidad aterradora, la de cambiar el banco en el que está parado y poner al trastornado en otro lugar, en la silla presidencial de un país.

¿Exagerado? No, se ha hecho varias veces, e incluso algunas de ellas como resultado de elecciones democráticas.

Usted conoce los ejemplos reales y no me entretengo en ellos. Todo lo que quiero es apuntar algunas ideas sobre este tipo de gobernante: el loco del parque llevado al poder.

Esta persona tiene varios rasgos que bien valen una segunda opinión.

Uno de ellos es el de ser un desesperado, la posición desde la que todo debe ser intentado porque nada hay que perder. Lo que sea que él piense, todo sin excepción, es merecedor de ser realizado. No importa que sea contrario a toda razón, la desesperación lo impone como una urgencia impostergable.

Para él, la ley es un inconveniente molesto que limita su desesperación. Por tanto gobierna por excepción a la ley. Si una ley establece algo, se decreta una excepción, lo que abre la puerta a otra y a otra. El resultado es una estabilidad nacional dependiente del humor mañanero del loco en la silla.

La serie de excepciones que en conjunto forman un estado confuso de prioridades y órdenes, tiene que recibir un nombre. Es el bautizo de la voluntad del desquiciado, de modo que el caos sea posible de identificarse y dar la apariencia opuesta.

Llámele socialismo del siglo 21, nacional-socialismo, fascismo, marxismo-leninismo… no importa, en el fondo es lo mismo.

Y ya que no puede lograrse una definición del sistema bautizado, ni de él obtener principios lógicos, el desquiciado se desespera aún más y tiende a pensar que muy pocos o nadie lo entienden. Quienes le son leales en todo, esos son los que según él entienden lo que quiere.

El resto, los que no lo comprenden, son enemigos todos, de los que hay que deshacerse.

Por eso, en los gobiernos de desquiciados son estándares los arrestos injustificados e incluso las purgas en la cúpula. Viendo conspiraciones por doquier, el desesperado usa su poder al máximo. Cualquier desviación de su voluntad es merecedora del peor castigo. La sola sospecha es muestra de culpabilidad.

Otro rasgo del desquiciado en la silla. Piensa sin remedio que él es un iluminado, poseedor de conocimientos únicos que no pueden siquiera sospechar el resto. Se ve a sí mismo como una materialización de la voluntad popular, la personificación de la voz social.

Con desesperación debe cumplirse su voluntad que, cree él, no es la suya, sino la del pueblo. Estas chifladuras e insensateces, sin embargo, suelen permanecer ocultas: el desquiciado tiene una habilidad extraordinaria para dar la apariencia de ser razonable.

Tiene la habilidad muy desarrollada para disfrazarse de una persona como el resto, que es capaz de usar su mente y, lo mejor, le preocupa como a nadie más el bienestar de la gente.

Es así que para muchos, el desquiciado pasa por ser una persona admirable, bien intencionada, en incluso inteligente, en la que puede confiarse y, por eso, merece estar en una posición de gran poder.

Es importante distinguir al desquiciado de otro personaje, el dictador. No son lo mismo. Un dictador tienen una ambición de poder y mantenerse en él durante todo el tiempo posible. Crea así un régimen dictatorial regido por sus órdenes. El desquiciado tiene una utopía que implantar, una misión urgente que aplicar a otros.

Es la diferencia entre el sagaz dictador y el desquiciado mandamás.

Lo anterior, me parece, bien vale una segunda opinión por una causa: el prevenir sobre el atractivo disfraz que los desquiciados poseen. Tan atrayente que tienen la capacidad de convencer a demasiados y volverlos fans suyos. Y es que en buena parte del electorado en todas partes, hay demasiada ingenuidad.

Ingenuidad que abre la puerta al poder del desquiciado. Sin esa inocencia, un electorado menos candoroso tiene el poder de evitar que un loco llega a esa silla.

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