Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Secreto Está Dentro
Eduardo García Gaspar
14 diciembre 2011
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Depende cómo sea definida, pero es claro que ella tiene un efecto, el de desarrollar cierto gusto por lo material. Me refiero a la igualdad en general.

Todo aquello que la promueve y fomenta, sin quererlo, “deposita en el corazón” de las personas, “el amor al bienestar”.

Así lo expresó Tocqueville (1805-1859) en otra de sus sagaces observaciones.

La simple mención de ser iguales, o de merecer serlo, despierta cierto apetito por lo material. Por tener una mejor vida terrenal. Por aspirar a satisfacer necesidades.

No creo que sea un deseo malo, ni reprobable.

Aunque suele ser criticado el materialismo y el gusto por lo superfluo, en realidad lo que es indeseable no es tanto eso como la pasión desordenada por lo material. Esa pasión que hace infelices a las personas cuando no poseen ciertos bienes. Pero cuando la posesión de algún bien contribuye a la felicidad, no veo nada de malo en eso.

Explico esto con dos ejemplos.

Un amigo considera que una o dos copas de buen coñac le hacen feliz unos momentos y las bebe con ilusión y gran gozo. No puedo ver nada malo en esto, a pesar de que existan personas que lo vean como consumo innecesario.

El caso de otra persona es distinto: se siente ella infeliz porque no posee un cierto automóvil, similar al de amigos suyos.

Creo que la diferencia es notable. Bienes considerados no necesarios causan en un caso un momento de felicidad, en otro de infelicidad. Mi amigo, el del coñac, no se siente infeliz cuando no bebe, ni cuando bebe otras cosas menos elegantes. Creo que la diferencia importa y puede distinguirse en eso de causar felicidad o infelicidad.

Volvamos al principio, a ese gusto por lo material. ¿Debe ser visto como reprobable? No lo creo.

Si algún ministro religioso, por ejemplo, intentara borrar de la gente esa inclinación por los bienes materiales, se enfrentaría a una lucha imposible. No logrará hacerlo. Nuestra naturaleza es en parte material y no puede deshacerse de cosas materiales.

Pero hay cosas que ese clérigo podría hacer. Si no puede hacer desaparecer de las personas el gusto por la riqueza, sí puede hacer algo menos ambicioso, pero real. Puede intentar convencer a las personas de enriquecerse por medios honestos y decentes, mediante acciones moralmente buenas. No mediante mentiras, ni fraudes, ni engaños, ni robos.

Y esto es algo en lo que he visto fallar a muchos predicadores. Hablan ellos con desdén de la riqueza y los bienes materiales, como si en ellos radicara el mal, del que nos podríamos librar con facilidad aislándonos de esos bienes materiales.

El mal, mucho me temo, no radica en esos bienes externos. Radica en nuestro interior.

Lo que un predicador podría hacer sería algo más sutil. Tres cosas.

Primero, lo que dije, persuadir a las personas de que la riqueza personal debe ser adquirida de maneras honestas, honradas. Es una apelación a la decencia y a lo recto, que condenaría a la corrupción y al robo, por ejemplo.

Podría hacer otra cosa. Podría persuadir a la gente con bienes de usar su fortuna de la misma manera decorosa y proba. O mejor dicho, de manera compasiva y misericordiosa, en ayuda de otros. Esto sería hacernos entender que los bienes materiales son instrumentos para otras cosas, y no fines en sí mismos.

Tercero, en lugar de reprobar a la fortuna personal como inmoral e indecente, podría apuntar que esa caridad con la que sería conveniente usar la fortuna personal no es exclusiva de los ricos, sino de todos.

A lo que voy es apuntar la imagen indebida que suele crearse: creer que los actos de caridad sólo aplican a los poseedores de las muy grandes fortunas y que yo, no siendo rico, no tengo esa obligación.

La tengo también, con independencia de mi fortuna. La tienen todos, desde el pobre más pobre hasta el más rico de todos. Nadie está exento de usar su “fortuna” personal como instrumento de caridad y compasión. Nadie.

Porque la fortuna personal no es la material propiamente, sino la oportunidad de ayudar a otros y hay muy pocos a quienes no se les presenta ella.

En fin, creer que hay maldad en lo material es un error. La maldad, pero también la bondad, está dentro de nosotros mismos. De no ser así, se negaría la naturaleza humana, libre, racional, con capacidad de hacer el bien, pero también el mal.

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