Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Exaltación de la Mediocridad
Eduardo García Gaspar
25 febrero 2011
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Dijo que los padres que buscan ser amigos de sus hijos están equivocados. Los hijos ya tienen amigos. Los padres necesitan ser eso, padres, y no transformarse en amigos.

Los hijos necesitan tener padres, no otro par de amigos. Tiene razón quien esto dijo.

Creo que es un padecimiento de nuestros tiempos. Me refiero a esa pasión por ser igual que el resto. Todos iguales y sin diferencias. No es conveniente.

Piense usted en el consejo de los expertos en marketing político: piden que el candidato al que asesoran verse como un ciudadano más, como parte de la gente que vota.

El mismo reclamo escuché el otro día. Hablaba un amigo de un sacerdote y lo calificó de persona “normal, gente alivianada y ligera”, como cualquier otra persona. Curiosa mentalidad que pide a una persona renunciar a lo que es.

Si se es sacerdote, que lo sea antes que nada, que no aspire a igualarse con los que no lo son.

Puede haber excepciones, pero me parece que existe una pasión desbordada que pide a todos ser iguales que el resto. Pide a los gobernantes ser como el ciudadano. Pide a los padres ser como amigos. Pide a todo tipo de líder ser como el resto de los seguidores. Es absurdo.

Lo que esa pasión pide es la uniformidad, que todos seamos iguales: ligeros, sin distinción, similares al promedio, sin rasgos distintivos.

Es como un llamado a la mediocridad que odia al que destaca en su papel. Creo es es ridículo buscar a un amigo en un padre, o a un ser ligero en un sacerdote, o a un ciudadano normal en un gobernante.

Esto es el terreno de los líderes, todos esos seres que se vuelven guías del resto. Anularlos es como tirar al cesto de la basura una brújula. Nos perderemos. Piense en un líder y su naturaleza: mantiene sus ideas a pesar de presiones externas, se sabe responsable, tiene metas y tiene ideas. Sabe lo que quiere.

Y ese líder tiene una apariencia que repele a la mentalidad que busca uniformidad. El líder aparece distanciado, alejado, inflexible, claro en sus ideas a las que no negocia. Se le ve sobrio, superior, distinto. No pretende ser como el resto. En muchos sentidos es una autoridad. Tiene que tener alguna superioridad.

Todo eso es odioso para la mentalidad que busca la uniformidad y que no la puede encontrar sino en mínimos aceptables a todos.

Si se habla de ser moral, está bien, pero no hay que exagerar ni tener ideales. Si se habla de saber más, está bien, pero no hay que exigir demasiado. Hay que ser ligero, promedio, liviano, superficial, sin ambiciones extremas, con principios negociables.

Los que se distinguen de los demás, son anormales, extremos, aburridos, elitistas, rígidos, estirados, anquilosados, anticuados.

No están en la onda actual. Necesitan modernizarse, es decir, ser como el resto. Se creen demasiado. Tienen reglas imposibles e ideales irrealizables.

Pero así, no tendremos líderes. Perderemos sus contribuciones, sus llamados a tener ambiciones y hacer esfuerzos por alcanzarlas. Sin líderes no hay ya ideales y sin ellos estamos perdidos.

Eso es lo que escuché decir a un asesor político que aconsejaba a un candidato a un puesto público: tienes que parecerte a tus votantes, ellos no deben percibirte como superior, sino igual a ellos.

Es al contrario. Exactamente al contrario.

Un líder tiene que ser y actuar con superioridad y su conducta debe reflejarlo. No puede ser como el resto. No puede comportarse igual. Sus estándares son mayores. Debe ser ejemplo para el resto. Sí, aunque para algunos se vea estirado y aburrido.

El líder tiene que ser más disciplinado, más esforzado, más serio, más moral. Esa es su esencia, la de salirse de la mediocridad y del promedio.

No debe ser fácil hacerlo. Se necesita valor para soportar sin ceder la presión del resto. Un caso que ilustra eso es el de una persona que hace poco hablaba de la Iglesia Católica.

La criticaba pidiendo que debía modernizarse, acoplarse a los nuevos tiempos, democratizarse, bajarse de su nicho, ser como el resto. Todo eso, en el fondo, es la misma mentalidad que pide a los padres de familia convertirse en amigos de sus hijos y dejar de ser padres.

Nuestros tiempos sufren una pasión desbordada por la igualdad. Han interpretado mal a la igualdad. La han convertido en una búsqueda de la mediocridad como ideal máximo. Y, por supuesto, nada hay tan aborrecible para esa mentalidad que quien quiere ser mejor.

Post Scriptum

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