Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobiernos Milagro
Eduardo García Gaspar
4 abril 2011
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en:


El suceso es de los que logran aplausos a la autoridad, una situación poco común. Es mucho más frecuente la posición opuesta, la de un gobierno criticado con fuerza.

Pero en este caso, el asunto es diferente. Todo, por una reforma de ley.

La noticia reportó que el senado mexicano aprobó cambios en la Ley General de Salud. Tal reforma “define lo que son los ‘productos cosméticos’, con el fin de diferenciarlos de lo que coloquialmente se llaman productos milagro e incluso de los medicamentos”.

Lo que eso significa es una prohibición legal, la de no poder asignar a productos que son cosméticos cualidades propias de medicinas. Los cosméticos no podrán decir que ayudan a, por ejemplo, combatir la obesidad. En pocas palabras se trata de regular a los llamados productos milagro.

Todos hemos visto alguna publicidad de ellos. Son los que hablan de ser una receta de hierbas, o ser una fórmula probada en Suiza, que permite comer todo al mismo tiempo que por algún mágico proceso, reduce el peso. Son esos productos que muy pocos en su sano juicio comprarían.

Son esos productos que afirman poder hacer maravillas insospechadas, tener efectos nunca vistos en otros productos, beneficios dignos de la mejor ficción (más o menos lo mismo que dice poder hacer un candidato en campaña).

Dije al inicio que lo aprobado por el senado mexicano de seguro produce una aprobación general. Muy pocos serán los atrevidos que digan que no a una medida que cuida la salud, que protege el derecho a la salud de los mexicanos, que evita abusos, que lo que usted quiera.

Es como si existiera una obsesión por la intervención estatal, lo que al final de cuentas es un traslado de responsabilidades del ciudadano al gobierno. La persona ahora se siente protegida de los productos milagro que engañan.

Con una curiosidad digna de notarse: quienes compraban esos productos no sentían la necesidad de tal ley y los que no los compran, sí la sienten.

En otras palabras: la reforma a esa ley parte de un supuesto necesario, que es el de creer que hay una cierta cantidad de tontos que compran esos productos y a quienes se engaña vilmente.

Como son tontos de remate, hay que protegerlos por medio de la intervención estatal, es decir, los ignorantes que no saben de medicinas ni cosméticos ahora los regulan para proteger a los tontos.

Por supuesto, toda ley tiene sus agujeros y ellos se encontrarán para seguir con la práctica anterior y los fabricantes más serios sufrirán las consecuencias de una ley más estricta. Pero lo que bien vale una segunda opinión es otra faceta de este asunto.

Quizá la mejor manera de explicarla es acudir al ejemplo de una familia que educa a sus hijos y para ello les deja cometer errores, sabiendo que eso es aprendizaje. Por ejemplo, el padre que previene al hijo de la posible mala consecuencia de no estudiar antes del examen, pero no lo fuerza a hacerlo. Deja que sufra las consecuencias de una mala calificación: y aprenderá la lección.

O el caso de la madre que regaña al niño por jugar de tal manera que puede romper su juguete favorito. Ya prevenido el niño rompe el juguete y aprende la lección.

Cometer errores, equivocarse, sufrir sus malas consecuencias, todo eso es ocasión de aprendizaje. Igual que errores de inversión en negocios.

En el caso de los productos milagro puede aplicarse lo anterior. Si alguien cree que tomando ciertas píldoras, o untándose una crema en la panza va a adelgazar mientras sigue comiendo todos los pasteles que tiene enfrente, esos padres de familia prevendrían a quien lo hace, pero verían una oportunidad de aprendizaje.

Mi miedo con un gobierno obsesionado con cuidar al ciudadano de todo posible riesgo es el mismo que tengo con las familias de padres demasiado protectores: lo que producen son hijos mimados, inmaduros y caprichosos, que cuando quieren algo no pueden valerse por sí mismos y recurren reclamando a sus padres, quienes vuelven a consentirlos sin remedio.

No es que me oponga a leyes como esa tanto como a la idea del estado benefactor que asume la responsabilidad de no dejarnos cometer errores, de evitar que nos equivoquemos, de anular el aprendizaje de la vida, de cancelar la oportunidad de valernos por nosotros mismos.

Porque, al final de cuentas, la vitalidad de una nación está en las personas y la sabiduría que ellas hayan acumulado. Sabiduría que un estado obsesionado con cuidar a la población termina por hacer desaparecer.

Y es que quien prohibe los productos milagro quiere ser eso mismo que niega qu epueda existir, un gobierno milagro.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Estado de Bienestar.

El reportaje fue de El Universal (30 marzo 2011)

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