Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Hay Algo en la Caridad
Eduardo García Gaspar
3 febrero 2011
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Su muerte, el mes pasado, puso sobre la mesa una serie de ideas.

Se habló de “vocación de ayuda hacia los demás, asistencia a los necesitados, opción preferencial de los pobres, construcción de un nuevo orden mundial, ayudar a los marginados” y otras similares.

Fue la muerte de Samuel Ruiz, Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, lo que produjo de nuevo el hablar de esos temas. Alegra que de ellos se hable más y más. Son situaciones graves que merecen atención.

Más aún, para un religioso como Ruiz, son parte vital de su responsabilidad y de vida. Son esas situaciones de compasión, amor, caridad, que se presentan con tanta frecuencia en las escrituras cristianas.

En ellas se llama a la acción personal convencida, la que lleva a acciones reales de caridad.

No está mal, al contrario. Está muy bien. Más aún, uno puede ver el resultado de la acción propia. Fue lo que le sucedió al Buen Samaritano.

Igual puede usted verlo si, por ejemplo, usted paga la operación médica que necesita un pobre para recuperar su vista. O sentirlo al escuchar que alguien le da las gracias por hacerle un gran favor.

Es un aspecto pocas veces tratado el de poder palpar casi de inmediato los resultados de los actos de caridad que son personales, como el préstamo a un amigo en necesidad o el avance de un niño al que usted está enseñando a leer. O la sonrisa del enfermo al que se visita.

Hay algo en la caridad que uno hace que pronto muestra resultados que uno percibe.

Esto es lo que merece una segunda opinión, lo de los resultados de la caridad, la compasión y el amor. Esos resultados los ve quien ejecuta la caridad él mismo, pero hay ocasiones en las que no es tan claro.

Supongamos que usted paga a su servidora doméstica un poco más de lo que se acostumbra, o le ayuda a comprar libros escolares para sus hijos, o la lleva al médico cuando está enferma. Son buenos actos y sus resultados se palpan casi de inmediato.

Pero si usted lleva esas acciones a otro plan, las cosas cambian.

Por ejemplo, eso de pagar algo más a su sirvienta, o lo de llevarla al doctor… si se vuelve una acción obligatoria no sólo deja de ser caridad, quizá no dé los resultados esperados. Deja de ser caridad porque la caridad es voluntaria. Lo que es obligatorio por la fuerza ya no es compasión.

Pero vayamos a eso de los resultados.

En una situación cara a cara, los resultados se ven y son tangibles. De allí surge la tentación comprensible de pensar que sería bueno que todos actuaran de igual manera. ¿Por qué no hacer obligatorios esos actos de caridad? Quizá el mundo mejoraría.

Es lógico pensar eso, pero si a resultados nos vamos, convertir los actos de compasión en políticas económicas suele dar resultados opuestos a los buscados.

Piense usted en el caso clásico: la elevación del salario mínimo, interpretado como una acción de beneficio público, causa en realidad desempleo, una daño tangible que sufren esos a quienes se pretendía ayudar.

O bien, tome usted la idea de que los que ganan más deben ayudar más a quienes tienen menos. Por supuesto que es cierto. Tienen ellos esa obligación, pero cuando ella pasa de ser voluntaria a ser obligatoria, digamos con mayores impuestos, las cosas cambian y mucho.

Tasas mayores de impuestos, que serían consideradas como de beneficio público, en la realidad pueden causar desperdicio de capital, menores inversiones y su consecuencia, menos productividad, lo que lleva a ingresos menores. Ya no es tan atractivo como se veía en papel.

Y es que hay algo en la compasión y en la caridad que cambia cuando se transforma de un acto personal voluntario a una acción obligada impersonal.

Ya no es piedad, ni es misericordia, sino una obligación legal castigada en caso de no hacerse. Quizá sea esto lo que hace que las cosas cambien.

En un acto de compasión y amor, que usted realiza por propia voluntad, los resultados se ven y suelen ser positivos. Pero cuando usted hace eso mismo por evitar ir a la cárcel, los resultados tienen consecuencias negativas no previstas. Ya no es caridad sino cumplimiento de la ley.

Quizá sea ésa la falla de quienes como Ruiz quieren hacer de la fraternidad y del amor una obligación legal pensando que así el mundo será más justo. No lo será, al contrario.

Post Scriptum

La idea central de la columna es posible de ver en pasos.

  • Primero. La caridad tiene efectos positivos, posibles de ver en la persona a la que se ayuda.
  • Segundo. Lo anterior puede generar una idea atractiva, la de pensar que si todos hicieran actos caritativos, este sería un mundo mejor.
  • Tercero. Para obligar a todos a hacer actos de caridad, especialmente a los más pobres, la única posibilidad es convertir a esos actos en leyes y regulaciones obligatorias, es decir, implantadas con la fuerza del gobierno.
  • Cuarto. Se espera que el efecto de las obras voluntarias de caridad se amplifique notablemente cuando esas obras se vuelvan forzosas. El razonamiento es lineal: si 10 personas hacen caridad voluntaria, habrá 10 veces mejores resultados si las mismas obras son obligadas a 100 personas.

En la realidad, no se tiene ese efecto lineal o proporcional y, peor aún se tienen efectos no intencionales que pueden empeorar la situación que se pretendía resolver. Por tanto, la conclusión es respetar la naturaleza voluntaria de la caridad y la ayuda a los demás.

Un comentario sobre Samuel Ruiz provee información poco conocida:

“… la demoledora caída de los bautizados de la diócesis con una evidencia brutal, al haber pasado de un histórico promedio de 3 por ciento desde enero de 1960, cuando llegó Samuel Ruiz, hasta el año 1986, cuando empezó la debacle, hasta alcanzar al 33 por ciento de no bautizados en enero del año 2000. La pregunta ante un drama tan evidente es: ¿cómo fue posible que un “pastor” perdiera la tercera parte de sus ovejas en un periodo tan corto?”

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