Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Hay Locuras Mejores
Eduardo García Gaspar
21 julio 2011
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La idea es lo más temible que puede existir.

Me refiero a la noción de tantos gobernantes que sueñan con mundos más justos, lo que no es malo en sí mismo, pero que para implantarlos imponen una condición, la locura de destruir el mundo que conocemos y sobre sus ruinas construir un sueño imposible.

Pero la locura de destruir algo tiene su parte valiosa. De hecho, es lo que sucede ante nuestros ojos todos los días sin que eso nos entristezca.

Al contrario, solemos admirar esa locura destructiva. La admiramos porque no la vemos en esa faceta, lo que llama toda nuestra atención es su contrapartida, la locura creativa.

La creación de los radios de transistores, por ejemplo, destruyó a los radios de bulbos. La cinta de video destruyó a las películas de 8mm.

Los correos electrónicos destruyeron al fax y al télex. Lo que vemos y admiramos es lo creado, lo innovado. Poca atención ponemos en los discos de vinilo.

Esto tiene un nombre. J. Schumpeter (1883-1950) lo bautizó como destrucción creativa.

Lo ilustra muy bien el terreno de la fotografía: del rollo de fotos, al sistema Polaroid, al sistema digital y, más aún, en cada teléfono celular hay ahora una cámara de fotografía.

Kodak sufrió las consecuencias. Nosotros vivimos los beneficios.

La destrucción creativa tiene sus efectos. Muestra, primero, que la competencia de precios es una forma de competir, pero que la otra es la innovación, la que a veces no vemos, pero sentimos, como los sistemas de logística de Wal-Mart.

Segundo, constata que la economía no es movida por otra persona que el empresario que destruye algo como consecuencia de su creación.

Tercero, la destrucción creativa explica en buena parte la corta vida de empresas, especialmente de las mayores, lo que niega la noción de la acumulación creciente de poder en empresas existentes que nunca mueren.

Pero hay algo adicional que es lo que bien vale una segunda opinión: ese proceso de destrucción creativa no puede ser planeado, ni previsto.

Esas son malas noticias para algunos, pero muy buenas para el resto de nosotros. Si dejamos libres a las mentes de los empresarios, o mejor dicho, de los emprendedores, tendremos más de esa destrucción creativa.

Es decir, más innovaciones y mejoras, que nos beneficiarán. Y, lo que dije, no puede planearse la imaginación del emprendedor. Ni hay sustituto para ella.

Tome usted al mejor realizado de los planes económicos de cualquier gobierno, al hecho por los mejores y más expertos de los economistas y políticos.

Ninguno de ellos tuvo una pizca siquiera del cambio de películas super8 a la cinta de video. Ninguno contiene la idea del cambio de sistema de distribución de música, de tiendas a Internet.

Simplemente no puede entrarse a la mente del emprendedor y capturar lo que él imagina. Esta es una de las mil razones por las que la economía no puede ser planeada centralmente.

Los planes económicos centrales, peor aún, suponen que no hay innovación, que todo seguirá como está. Son extrapolaciones del pasado y, por eso, suponen que en el futuro nada cambiará.

Un plan económico estatal de hace un par de décadas supondría que la industria telefónica seguiría usando el fax en el futuro.

En ninguna parte habría adivinado la existencia de los correos electrónicos, ni la trasferencia de archivos por Internet. Quizá incluso, habría supuesto que sería conveniente proteger de la competencia a los discos de 45rpm para proteger empleos.

Las ideas anteriores revelan una faceta del gobernante promedio, que bien puede ser descrito con esa frase en inglés, control freak: la persona que padece una necesidad obsesiva de controlar a los demás en los más mínimos detalles.

Eso es lo que fueron, por ejemplo, los que crearon los planes quinquenales de la URSS. Eso es lo que son gobernantes que implantan sus ideas a toda una nación.

Su mayor temor es perder el control. Por eso odian la imaginación ajena y se empeñan en detener cualquier iniciativa que no sea la propia.

Si la idea de no es de ellos, debe ser prohibida. Destruyen lo que no entienden y en su lugar construyen nada. El emprendedor creador, también destruye, pero lo sustituye con algo mejor.

Yo no sé usted, pero más vale tener a Steven Jobs y sus locuras, que a Hugo Chávez y las suyas.

Post Scriptum

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