Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ideales como Brújulas
Eduardo García Gaspar
13 abril 2011
Sección: ETICA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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Una columna, de hace ya tiempo, exponía una posición anticlerical clara. Era una crítica dirigida al Catolicismo, al que acusó de ser una ideología imperfecta, lo que sea que ello quiera decir. La encontraba sesgada y llena de defectos.

Normal, la crítica.

Aún no siendo católico, que lo soy, pensé que cualquiera podía criticar esa crítica de manera simple: quizá no es que el Catolicismo sea imperfecto, es posible que se le considere demasiado idealista, muy exigente, tanto que se piense que no merece ser intentado.

Hasta donde conozco esa religión, sé que ella coloca frente a nosotros un ideal al que debe aspirarse y que está bien representado en la vida de los santos que vivían amando a Jesucristo por encima de todo. Ese amor les hacía vivir cercanos al ideal. Duro, difícil, arduo, pero es un ideal.

Eso es lo que bien vale una segunda opinión, una sobre la conveniencia de los ideales.

Por definición, ellos son de difícil logro. Alcanzarlos es una labor bravía. Son elevados, altos, cercanos a lo imposible. Quizá no los alcancemos, pero gran cosa haremos si nos movemos en su dirección.

Digamos, si le parece, que son una especie de brújulas que marcan caminos a una meta. Andar por ese camino, en esa dirección, ya es ganancia. Incluso en caso de no llegar a la meta. Descartar un ideal porque es exigente y hasta irreal, me parece, es dejar de tener una dirección en la vida. Es dejar de darle sentido.

Un ejemplo que esa columna, la que comento, contenía puede ilustrar la importancia de los ideales.

En ella se hablaba despectivamente de la mujer, de la mujer en su papel de madre responsable del llevar su casa. La argumentación para justificar la crítica hablaba del tedio de ese papel, de su gran limitación, del esfuerzo que significa, del aislamiento que acarrea.

No era, en conclusión, un papel agradable ni liberado. Para liberarse, la mujer debía de dejar de ser mujer de su casa. Debía dejar el tedio de lado y ocuparse de otras cosas sin ese tedio.

Me pregunto si no hay tedio en otras ocupaciones, como en un trabajo fabril o de oficina. Lo hay, por supuesto y no creo que sea menor. No puede existir algo en lo que todo sea placentero, porque eso sólo puede sentirse cuando existe su opuesto. Si todo fuese placentero, nada lo sería.

La lucha por el ideal no puede carecer de desesperanza y frustración, de tedio y temor. Eso es lo que alimenta el esfuerzo y el denuedo, haciendo al ideal algo digno de alcanzar.

Más aún, en eso hay cierto aislamiento, el que se requiere cuando la mente se fija en algo como el ser una buena madre o un buen padre. Necesitan ignorarse otras cosas, aislarse de ellas por un tiempo siquiera.

Desvalorar una responsabilidad como la de llevar una casa es miope. Se le acusa de ser una actividad rutinaria, esclavizada, sin sentido, sin aventura y sin heterogeneidad. No lo creo.

Quizá sea lo opuesto. No hay cosa menos rutinaria que atender a los propios hijos y educarlos, viéndolos crecer.

¿Esclavizada? No lo creo. Veo más libertad en quien decide lo que sucede en su casa que entre quienes se sienten liberados atendiendo una reunión de negocios o llegando a acuerdos en una cámara legislativa.

¿Sacrificada? Por supuesto, los ideales necesitan sacrificios. Sólo quien no tiene ideales puede dejar de sacrificarse y lo hará a cambio de tener una vida sin dirección.

¿Sin aventuras y rutinaria la responsabilidad de una casa? ¡Si es todo lo contrario! La variedad es infinita, las situaciones diversas, los problemas variados, las soluciones creativas. Mas ingenio requiere un hogar bien llevado que la administración de una empresa.

Hay un ideal Cristiano en una familia. Difícil, arduo, peliagudo, pero hay un ideal y eso es lo que cuenta.

Descartarlo tiene consecuencias en el terreno más sensible, en ese en el que maduran los seres del futuro. No se me ocurre mayor responsabilidad que ésa. Y opino que es un descalabro desvalorar a quien más responsabilidad tiene, la de llevar una casa.

Una responsabilidad que es común a dos y que falla con el descuido de cualquiera. El del marido que no la entiende y la de la esposa que hace lo mismo. Desvalorar la responsabilidad de la mujer como responsable de la casa lleva en sí mismo el desvalorar también la función del marido.

A los dos se les dice que atender su hogar es odioso, de esclavos, rutinario y que, por eso, lo mejor que les puede pasar es liberarse de esa responsabilidad. Como si liberarse así fuera un ideal, cuando es lo opuesto.

Post Scriptum

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