socialismo

Se presentan tres columnas de colaboradores del Acton Institute, a quien agradecemos su permiso de publicación. Acerca de una juventud indignada, del manejo gubernamental de salarios mínimos y del estado de bienestar.

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Una idea de Samuel Gregg en la que apunta algo extraño, la juventud no tan revolucionaria de Europa. El título original es «Europe’s not-so-revolutionary youth»

La no tan revolucionaria juventud europea

Mientras se desarrolla la crisis financiera de la Unión Europea en el viejo continente, muchos jóvenes europeos están dándose tardíamente cuenta de que su futuro económico es poco propicio.

Desafortunadamente, decenas de miles de jóvenes europeos que han tomado las calles de ciudades como Lisboa, Madrid, Barcelona, Atenas y París en los meses recientes, para expresar su disgusto, no están realmente interesados en un cambio radical.

Más bien, tienden a ser criaturas muy convencionales —fuertes proponentes del mantenimiento de un status quo insostenible.

Llamados «los indignados», los jóvenes irritados de Europa derivan su nombre de un panfleto de gran venta, Indignez-vous, de 2010, escrito paradójicamente por alguien en el otro lado del espectro de edades, Stéphane Hessel, un hombre de 93 años, parte de la Resistencia Francesa.

Todo lo que usted necesita saber acerca del contenido del panfleto está revelado en el hecho de que su primera traducción al inglés fue publicada en marzo de este año por The Nation —el baluarte de la izquierda en EEUU.

Lleno de acusaciones en contra de la «dictadura actual internacional de los mercados financieros» y de exhortaciones a «enojarse», el texto de Hessel denuncia también las reformas de esos mismos estados de bienestar que han ayudado a llevar a mucho de Europa al filo de una catástrofe financiera.

Por razones históricas, las clases políticas de Europa se ponen nerviosas cuando las personas, jóvenes o viejas, salen a la calle.

Después de todo, las protestas masivas en contra del status quo en 1789, 1848, 1918 y 1968 ayudaron a facilitar cambios inmediatos e importantes, por no mencionar saqueos, violencia y, ocasionalmente, tomas temporales del poder por parte de regímenes de terror.

Esta vez, sin embargo, las cosas son diferentes. Con una renuencia apenas disfrazada, los gobiernos europeos están procediendo a implantar pequeños cambios dirigidos a reducir los costos del estado de bienestar. Pero los indignés protestan por no solo el dolor del cambio —también resienten los cambios en sí mismos.

Desde luego, hay una franja anarquista en estas protestas juveniles —los individuos con máscara de nieve que con rutina se unen a cualquier demostración por el gozo de la violencia física en contra de la policía y la destrucción al azar de la propiedad privada.

Pero, por mucho, los indignados quieren exactamente los que sus padres y abuelos consideran como su derecho innato: empleos de por vida que no requieran esfuerzo, atención médica gratuita, ingreso mínimo garantizado, seis semanas de vacaciones pagadas, jubilación temprana y pensiones gubernamentales generosas.

En otras palabras, quieren una Europa Social. Los indignados parecen no comprender, sin embargo, lo mucho que este sistema económico ha contribuido a crear su mala situación presente.

Por ejemplo, la regulación del mercado de trabajo. Por décadas, muchos gobiernos de Europa Occidental —en el nombre de la prosperidad— han dificultado a los empleadores realizar despidos.

Como consecuencia, los negocios europeos tienen que pensarlo dos veces antes de contratar a cualquiera, porque saben que una vez que lo han hecho, es muy difícil despedirlos, incluso en casos de la más grande incompetencia.

Muchos jóvenes europeos, por consecuencia, están en una posición imposible para encontrar trabajo, o condenados a una media vida de improvisación en contratos de medio tiempo y corto plazo, con un trabajo para el que están sobrecalificados.

La realidad de que sus apuradas circunstancias financieras les haga a menudo tener que vivir con sus padres, los que presumiblemente están entre esos quienes gozan del beneficio de no poder ser despedidos, no hace que su situación sea mejor.

¿Escuchamos a los indignados reclamando reforma del mercado laboral? No, para nada.

Están protestando contra esos cambios en Portugal, Francia, España y Grecia. En este sentido con son diferentes de esos estudiantes franceses cuyas protestas callejeras ayudaron a debilitar una liberalización tibia de las layes laborales en Francia, durante 2006.

Muchos jóvenes europeos desconocen en mucho que las tendencias demográficas están inclinando la balanza en su contra. La tasa de nacimiento, por debajo de la de reemplazo, que prevalece en casi toda nación europea, producirá un cambio en la proporción de trabajadores activos y jubilados, de 2:1 a 1:1.

Esto hace poco probable que incluso las reformas actuales, como el alza de la edad de retiro, pueda impedir la eventual implosión de los estados de bienestar europeos —un proceso que al ritmo actual comenzará mucho antes que les indignés se acerquen siquiera un poco a recibir su primer cheque de pensión estatal.

Los indignados tampoco parecen darse cuenta de que cualquier oportunidad que ellos tengan de forzar las reformas de liberalización económica por la vía democrática se debilitan cada día.

Los mismos desarrollo demográficos que comprometerán severamente sus prospectos económicos, reducirán también a los jóvenes europeos al status de una minoría en el continente de más rápido envejecimiento del mundo.

Esto disminuirá progresivamente su capacidad para tener más votos que la gerontocracia de millones y creciente, los que parecen estar tranquilamente satisfechos consumiendo el futuro de sus hijos.

Nada de esto significa que los jóvenes europeos no deban estar indignados por el desorden financiero actual del continente. Tienen todo derecho a estar hartos de su mala situación económica. Las clases políticas europeas merecen su desprecio.

Pero como señaló François Fillon, el anglófilo primer ministro, al señor Hessel —y por eso indirectamente a los airados jóvenes europeos— «la indignación por la indignación no es una manera de pensar».

Si el reto que enfrenta China es el envejecer antes de enriquecerse, uno de los problemas de Europa es que esos que constituye su futuro quieren vivir en el pasado inmediato.

Su imaginación permanece entrampada en la fantasía social europea de una seguridad económica más o menos permanente y una visión de la vida que desalienta la iniciativa personal y el asumir riesgos: en otras palabras, las cosas que ayudan a ser claramente humana a la vida humana.

Cuanto más tarden en despertar los indignados europeos y ver estas realidades, más prolongada será su pesadilla presente.

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Una idea de Jordan J. Ballor (2006)

Tú Debes Ganar Esto

En una entrevista realizada por Faithful America, un sitio de Internet afiliado al National Council of Churches en los EEUU, un hombre llamado Dan expresó algunos de los apuros que se tienen cuando se gana el salario mínimo.

«Muchas veces no se alcanza a pagar las cuentas», dijo. «Muchas veces se acumulan, uno se endeuda, ni siquiera se pagan». La imagen, como la de este hombre de familia, trabajador que lucha, es invocada consistentemente en los debates públicos sobre el salario mínimo.

Dijo Dan, «Somos gente con orgullo. Quiero decir que salgo y lo doy todo. Digo que no me echo para atrás. Si hay un trabajo, yo lo hago».

En la segunda epístola a los tesalonicenses, el apóstol Pablo establece un principio moral: «si un hombre no trabaja, que no coma». Pero hombres y mujeres como Dan están claramente dispuestos a trabajar, por lo que las palabras de Pablo parecen implicar el principio positivo opuesto, algo como «Si trabajas, entonces comerás».

Creo que la última proposición es cierta, pero no necesariamente se sigue de ella que el gobierno debe ser el agente responsable de realizarla.

Una buena manera de pensar acerca de la compensación por el trabajo es considerar a los salarios como el precio dado al trabajo por medio de un mutuo acuerdo entre el empleado y el empleador.

Entonces, el precio del trabajo es un indicador importante del valor atribuido al trabajo, donde un contrato libremente aceptado ratifica ese precio.

Esferas de soberanía

El estadista holandés y teólogo reformista Abraham Kuyper ha reconocido esto al tratar sobre el papel que los gobiernos tienen en estos asuntos sociales. Escribiendo en De Standaard, un periódico fundado por él, dice

«El asunto es si el gobierno puede directamente interferir en las cuestiones relacionadas con el trabajo. ¿O deben las autoridades salirse de sus límites creando o reduciendo la competencia, elevando los salarios o reduciendo la semana laboral, y en general ayudando al trabajo manual haciéndolo disponible sólo bajo ciertas condiciones que aseguran que el trabajador manual también sea respetado como ser humano?»

La respuesta de Kuyper es que el gobierno no tiene un derecho último y final de intervención en estas cuestiones, porque la relación entre el empleado y el empleador tiene su propia sanción divina.

«Creemos más allá de duda que el gobierno no tiene este derecho, al menos en un sentido absoluto. El estado y la sociedad no son idénticos. El gobierno no es el único soberano dentro de un país», dice el autor.

Considerando en específico el asunto de adjudicar la calificación de los salarios, Kuyper se pregunta,

«¿Debe el estado permitir cualquier tipo de contrato, o tienen las autoridades el derecho de estipular que todo contrato en estas cuestiones deba presuponer o incluir ciertas condiciones? Y la pregunta siguiente, ¿está dentro del poder del gobierno establecer un castigo cuando no se siguen esas condiciones contractuales que ha establecido?»

Kuyper contesta esas interrogantes negativamente. Dice, «Ya que esa propuesta intenta intervenir directamente en un dominio que tiene su propia esfera y es gobernada por la ley, pensamos que un primer paso ha sido dado en el camino que deje a todas las esferas de la sociedad a merced del magistrado».

De esta manera, Kuyper ve a la intervención directa del gobierno al establecer el precio del trabajo como inválida y conducente a un estado socialista.

¿Libres para escoger?

La preocupación de Kuyper por la soberanía del trabajador para determinar por sí mismo los ingresos por los que trabajará es compartida por economistas que argumentan en contra del salario mínimo.

Jim Cox, por ejemplo, en su Concise Guide for Economics, tiene una breve sección acerca del salario mínimo, en la que dice, «Lo que una ley de salario mínimo hace a los pobres es negarles las mismas oportunidades libremente seleccionadas que otros tienen para el logro de su bienestar». La autodeterminación de los trabajadores de bajos ingresos es socavada por las leyes salariales impuestas por el gobierno.

Cox llega a decir el que salario mínimo es una «cuestión de derechos civiles» y afirma que «segmentos identificables de la sociedad están siendo legalmente discriminados —porque su bajo valor productivo los coloca en una posición en la que legalmente no pueden escoger la combinación de salario y entrenamiento de trabajo que podrían preferir».

La legislación de salarios mínimos no respeta a los trabajadores como seres humanos, como Kuyper podría decir, porque no les permite seleccionar por sí mismos el precio que aceptarían por su trabajo. Les niega esa libertad.

Parte del respeto a los seres humanos es el respeto a su libertad de autodeterminación. Y la idea de que el salario mínimo de alguna manera respeta a la dignidad humana, es ilusoria, porque coloca un límite al valor del trabajo humano.

Si el valor y la dignidad inestimables de la persona humana son llevadas al trabajo humano, entonces por esa misma lógica cualquier salario mínimo es demasiado bajo.

Un elemento de la libertad del trabajador puede ser ejercitado en la consecución de la mejora personal. Dan, el trabajador de salario mínimo, se queja acerca de muchos empleos, «Incluso habiendo trabajado allí diez o veinte años, muchas veces sólo eres un trabajador que no llega mucho más allá. Tienes suerte en estos rumbos sin trabajas veinte años para pasar del salario mínimo a siete dólares».

Capital Social

Si no hubiera otras variables en juego además del tiempo, Dan podría tener razón. Pero como Jim Cox hace notar, esto va en contra de nuestra experiencia común.

Escribe que la la mayoría de las personas «han mejorado sus salarios una vez trabajando, no por medio de entrenamiento formal, sino por aprender y probarse a sí mismos en sus trabajos».

Cierto, mucho de la investigación acerca del llamado «capital social» muestra a una variedad de factores que juegan papeles importantes en la determinación del éxito de empleo de una persona.

Se incluyen cosas como el desarrollo de habilidades sociales, una ética confiable de trabajo y estructuras familiares de apoyo. Las familias y las iglesias tienen un impacto vital en estas áreas, permitiendo a las personas mejorar su estado económico.

El gobierno civil tiene un papel en hacer respetar la relación contractual con justicia entre el empleado y el empleador. No tiene, sin embargo, el derecho absoluto de determinar la naturaleza específica de está relación en ninguna circunstancia.

Los seres humanos sí tienen un derecho a un nivel básico de subsistencia. En realidad, Pablo reafirma este derecho cuando habla del «derecho a esa ayuda» (Tes 2, 3-9). Pero el estado no necesita ser el garante de esto. Es aquí donde la caridad privada y las iglesias tienen un papel importante que jugar.

El papel de la iglesia en la ayuda a esos con necesidades materiales es mencionado una y otra vez en la Biblia: «Si alguien tiene posesiones materiales y ve a su hermano en necesidad y no se compadece de él, ¿cómo puede haber en él amor a Dios?» (Juan 1, 16-18).

Se afirma eso también en la realidad de la iglesia del Nuevo Testamento: «Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendiendo sus posesiones y bienes, lo daban a cada uno según su necesidad» (Hechos, 2, 44-45).

La intervención del gobierno civil en la esfera del trabajo, bajo la forma de leyes de salario mínimo socava la libertad esencial de los trabajadores y también el mandato divino de deberes de la iglesia y la familia.

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Una idea de Gerald Zandstra sobre el tema de la ayuda a los pobres. El título original es «Isaiah and the welfare state». (2004)

Isaías y el estado de bienestar

Recibí recientemente un correo electrónico de una legisladora estatal quien está siendo presionada para apoyar, antes de la elección del 2 de noviembre, algo que se llama la Plataforma Isaías.

La Plataforma Isaías es un esfuerzo de difusión de un grupo activista, llamado Call to Renewal, con fundamentos religiosos y localizado en Washington. El grupo afirma que se dirige a «elevar la conciencia acerca de las necesidades de las personas pobres dentro de su propio país y comprometerlas en un renovado compromiso de buscar justicia».

La legisladora tenía problemas. No entendía cómo la posición de la Plataforma Isaías podía ser tan opuesta a lo que tiempo antes yo había dicho en una conferencia acerca del entendimiento de la sociedad y la fe.

Los que respaldan a la Plataforma Isaías pertenecen a diversas y principales denominaciones protestantes; yo soy un pastor ordenado de la Iglesia Cristiana Reformada de Norte América.

¿Cómo podían líderes religiosos tener visiones tan opuestas sobre el papel del gobierno, la iglesia y la sociedad civil al tratar el tema de la pobreza? Ambos, los promotores de la Plataforma Isaías y yo, estamos de acuerdo en elevar la conciencia de las necesidades de la gente pobre en sus propias comunidades.

Los dos queremos inspirar, animar, motivar y comprometer a las personas en una renovada obligación de búsqueda de justicia. Ningún cristiano puede negar que estos asuntos son esenciales para la religión.

Donde diferimos, y de manera muy importante, es en los medios y las formas para la mejor solucionar la pobreza.

Las dificultades comienzan a notarse una vez que se escarba un poco en el programa de cambio de Call to Renewal.

Este grupo, en el primer punto de la Plataforma de Isaías, que toma su nombre del profeta del Antiguo Testamento que habló acerca de la importancia de la justicia dentro de la alianza de Israel, dice que

«todas las políticas fiscales y propuestas de gasto deben ser evaluadas bajo un análisis público de cómo ellas serán de ayuda a las personas solucionando la pobreza y fortaleciendo las familias y las comunidades».

Para el grupo de Call to Renewal, el medio principal y quizá único de combate a la pobreza es el estado de bienestar (welfare state).

Lo que se deja ver aquí es que «motivar» y «animar» personas a «un compromiso renovado de búsqueda de justicia», se vuelve una venta abierta de programas de gobierno, usando la palanca de la autoridad moral de la iglesia.

De hecho, se está solicitando a la gente religiosa que se una a este llamado:

«Me uno a elevar la Plataforma Isaías al debate público y pedir a todos los candidatos a puestos públicos a proponer y sostener políticas que logren estos objetivos».

¡Qué perspectiva tan miope! La legisladora que se me acercó estaba preocupada, pues Call to Renewal simpatiza con los candidatos que se han comprometido con el más grande empeño en la expansión del estado de bienestar.

Lo que la alarmó, con toda justificación, fue la carencia total de acierto sobre el papel correcto del gobierno con respecto a los asuntos de pobreza y caridad.

¿Cuál es el papel de las iglesias en sus comunidades? ¿Cuál es el papel de las familias afectadas? ¿Cuál es el papel de la persona individual?

Desde luego, nada de esto es tratado explícitamente. En lugar de ver al gobierno como la única solución a los problemas de la pobreza, esta organización haría mucho mejor en aprender la verdad detrás del principio de subsidiariedad: el gobierno tiene un papel legítimo e importante en el combate a la pobreza, pero es el último en la línea y nunca el primero.

Cuando se asigna exclusivamente al gobierno el problema de la pobreza, se engaña a la persona. Los pobres, al vencerse frente al gobierno solicitando su cuidado, están alejándose de sus familias, iglesias, caridades y comunidades, las que serían beneficiadas al involucrarse ellas en la vida de quien realmente requiere ayuda.

Hay un beneficio mutuo en todas estas relaciones que forman los cimientos más fuertes de la sociedad civil. Es en estas relaciones que podemos ayudar a los pobres y, lo más importante, así podemos ver a la persona entera experimentando la dignidad que es inherente al alma humana.

El grupo Call to Renewal es solo un ejemplo de gente benevolente que aplica una especie de socialismo ligero combinado con un lenguaje moral y pasajes bíblicos, para convertirse en promotores de una enérgica agenda de remedios gubernamentales, los mismos remedios que le han fallado a los pobres en todo el mundo.

Al final, desafortunadamente, esa plataforma es menos algo que Isaías hubiera apoyado y más una política partidista.