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Fue en España, pero también en México. Dos países, dos casos de lo mismo. De gobiernos salidos de sus límites. Y de todo juicio y lógica. Iniciemos primero con España. Fue reportado que
El gobierno de ese país tomará medidas contra
Total, otra vez, más organismos estatales: una Ley General de Comunicación Audiovisual y un Consejo Estatal. El gobierno, de esta manera, intervendrá y sancionará cosas que en los medios audiovisuales “violenten radicalmente los principios en los que se configura nuestra convivencia”. Es realmente fascinante el contemplar a un gobierno que se adjudica tal responsabilidad. Pero no es el único. Piense usted también en lo que fue reportado para México. Otro suceso fantástico. Varios medios reportaron hace unos días que se ha promulgado la Ley de Ayuda Alimentaria para los Trabajadores. Ella tiene una disposición sobre el uso de vales de despensa con los que algunas empresas pagan parte del sueldo de sus empleados. Según tal ley, los vales ahora no podrán ser usados para comprar bienes que no contribuyan al estado nutricional del trabajador. En menos palabras, esos vales no podrán ser aceptados en comercios y tiendas en la compra de tabaco y bebidas alcohólicas. Si la tienda falta a esa disposición, habrá multas sustanciales. Total, el dinero que alguien ganó y que es suyo, deberá ser gastado de acuerdo con los criterios de legisladores socialmente preocupados. Los dos sucesos caen en una misma categoría, esa de la preocupación social ante algún problema y que quiere ser solucionado con una herramienta: la del gobierno metido en la vida de las personas, sean trabajadores, comerciantes, medios de comunicación, lo que sea. Por principio, reconozcamos algo obvio. Es cierto lo de la pésima calidad de la televisión en España. México no es la excepción. Sus contenidos, si fueran mediocres, ya mejorarían sustancialmente lo que ahora tienen. Le creo a usted si me dice que la televisión es en lo general realmente mala. Igualmente le creo si me dice que sería deseable que las personas mejoraran sus hábitos de consumo, que en lugar de cigarros y alcohol compraran brócoli y espinacas. Por supuesto, eso sería mejor. Igual que sería mejor que la televisión dejara de basarse en escándalos personales, noticias banales y vulgares, e historias tontas. Pero reconocer esas fallas es una cosa. Aceptar que quien debe solucionarlas es el gobierno, eso es otra cosa muy distinta. Los gobernantes no son precisamente un caso de conductas ejemplares, ni de inteligencia mayúscula. Muchas veces son lo opuesto de eso. Cuando ellos hacen cosas como las reportadas en las dos noticias, se acumula poder en gente que no es mejor que el resto. Son ahora ellos los que dirán qué es lo debido para el resto en televisión y en las compras. Es en realidad, la imposición estatal de lo que sea que la burocracia crea que es moral. La intromisión no sorprende. Así como, los gobiernos intervienen en la economía regulado tasas de interés, subsidiando e imponiendo impuestos, lo mismo tratan de hacer en nuestras vidas. Regular el contenido de la televisión es igual a censurar información. Decir qué debe comprarse con nuestro dinero es igual a censurar nuestras decisiones. Se trata de, al fin de cuentas, casos de intervencionismo moral: la burocracia define ahora lo que es bueno y lo que es malo. Y esto es lo que vale una segunda opinión, porque esa intervención estatal es, en el fondo, como una segunda inquisición o un segundo tribunal de brujas. Post Scriptum El tema de regular los vales de despensa fue tratado antes, en Poco a Poco, Sin Notarse. Hay más ideas sobre el tópico en ContraPeso.info: Intervencionismo Moral.
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