Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Economía y un Mariachi
Eduardo García Gaspar
24 marzo 2011
Sección: NACIONALISMO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Varias personas lo creen y tienen un buen punto. Dicen que una de las partes más interesantes de los periódicos son las cartas a la redacción, las que envían lectores expresando sus opiniones.

Una de ellas, más o menos reciente, expresó puntos de vista que fueron realmente interesantes. Tan interesantes que bien valen una segunda opinión. Divido esa carta en dos partes. En una de ellas criticaba la reacción absurda que hubo en México.

Decía, “Es increíble cómo las Cámaras de Senadores y Diputados se rasgan las vestiduras al saber que aviones espías extranjeros sobrevuelan territorio mexicano y violan con ello nuestra ‘soberanía’”.

Tiene razón. Los aviones no tripulados, de EEUU, hacen esos vuelos para obtener información usada en contra el narcotráfico.

Es una costumbre nacional el reclamar como “violación de la soberanía” a las cosas más absurdas. Este es un buen ejemplo, y ha llegado a extremos de rechazar ayuda extranjera en casos de desastres naturales. Me parece que alcanza a poder ser visto como una enfermedad.

Muy bien, hasta aquí no hay problema. La opinión del lector, como la de muchas otras personas que piensan lo mismo, es razonable.

Pero lo que viene a continuación es lo más fascinante: la repetición de un clisé, reiterado una y otra vez que también tiene que ver con eso de la soberanía.

Dice la misma carta, “Sin embargo, [los legisladores] no muestran el mismo nacionalismo cuando el mercado interno es víctima día a día de las invasiones de empresas externas [sic] que al repatriar su capital dejan en nuestra nación sólo migajas”.

Esto es lo que realmente vale una segunda opinión.

Si se pensaba que había una posición razonable, de alguien que veía con sentido común a la soberanía o al nacionalismo, la decepción es enorme. No, el nacionalismo sigue allí, presente, impidiendo el uso de las neuronas. No son los aviones los que lastiman a la soberanía, dice, son los extranjeros que invierten en el país.

Si seguimos la lógica, se concluye que a más inversión extranjera menor progreso nacional. De ser cierto, esto haría de los EEUU un país pobre, lo mismo que a Canadá y al Reino Unido, que reciben mucho capital extranjero. Más que México, el que por eso progresaría más al no tener inversión extranjera.

De acuerdo con lo anterior, lo mejor que puede suceder es evitar el flujo de capitales en el mundo. Eso lograría aumentar el nacionalismo, con un problema de detalle: ese tipo de nacionalismo no es comestible.

El nacionalismo, visto así, es autarquía y aislacionismo. Una interpretación fascinante de nacionalismo.

También está eso de “repatriar su capital” y dejar “migajas en nuestra nación”. Si en realidad, regresaran su capital estarían cerrando la empresa. Lo que pueden repatriar son sus utilidades.

Y las migajas que dejan son empleos, usualmente una parte muy grande de sus gastos. Más competencia con otros productos. Más tecnología y capital, lo que eleva productividad. Más impuestos.

Pero el punto no es explicar el papel de la inversión extranjera, sino el atender al fenómeno que realmente importa: la capacidad que tiene el sentimiento nacionalista para desbordarse y oscurecer el pensamiento.

Definido como un sentido de pertenencia a una nación y manifestado como cariño por ella, el nacionalismo no es malo. Al contrario.

Pero hay algo en él que trastorna neuronas y las incapacita, volviendo a la conducta una emoción sin sentido, como un enamoramiento que no escucha razones.

Entiendo que la música de un mariachi haga surgir ciertos contentos y alegrías. Pero no es comprensible que una realidad económica produzca lo mismo que un mariachi.

Igual que considerar que esos aviones violan la soberanía es ver que la inversión extranjera la daña. Es una forma de engaño inducido por uno mismo. Como los efectos del alcohol adulterado que primero emborracha, luego ciega y al final, mata (como escribió Dan Fried).

Esto es lo que debe temerse en realidad. A situaciones no diferentes a esas en las que las hormonas ganan a las neuronas, a las que la inteligencia es vencida por la emotividad.

Este es el mayor enemigo que tienen nuestras posibilidades de prosperidad. En serio, es la más grande amenaza que enfrenta la civilización y el real peligro de su desaparición.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Soberanía.

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