Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Fuerza Del Débil
Eduardo García Gaspar
21 abril 2011
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es la mayor falta posible, el pecado mayor que pueda cometerse. Nada puede siquiera comparársele en tragedia y drama.

Me refiero al orgullo, que tengo dificultades para definir, pero que suele entenderse con facilidad.

Quizá nadie como el Cristianismo para hacer comprender al orgullo, al que ve como la falta suprema (según he leído). Ese egoísmo va contra la esperanza, esa virtud cristiana que llama a tener fe, especialmente en las situaciones que son más propensas a perderla, las realmente desesperadas.

Va contra algo que puede llamarse amabilidad y que lleva al buen trato para todos, alcanzado a la caridad en muchos casos. El orgullo no comprende a la afabilidad, ni a la cordialidad, mucho menos a la caridad. La piedad, el socorro y la ayuda son tan ajenas al orgullo, como lo es la fe.

Es, sin duda, una enorme aportación del Cristianismo hacernos ver al orgullo como la más terrible falta de la que somos capaces.

Y recordarlo bien vale una segunda opinión, especialmente en nuestros tiempos en los que el hombre duro, difícil, arrogante e inmodesto suele recibir adulación y admiración… mientras que el hombre humilde, reservado, comedido, prudente y callado suele ser objeto de burlas y bromas.

Porque si en verdad se admira a la fuerza, debería ser apreciable la fortaleza del que vemos como humilde: en él está la fuerza de la fe y la esperanza, la fibra de la amabilidad, la camaradería y la caridad.

¿Quiere alguien encontrar una persona realmente débil y amortecida? Que busque entre los orgullosos.

Son en realidad ellos los blandos y raquíticos, los que intentan ocultarse bajo el orgullo y la soberbia, que no es sino soledad. ¿Qué hombre puede ser más débil que el que está solo y quiere estarlo?

El más solitario de los ermitaños en realidad está acompañado porque está convencido de que Dios está junto a él. No así el orgulloso, que se hace ermitaño entre las personas. Personas a las que no ve ni escucha, porque el orgullo ciega y produce sordera a todo menos a la propia voz. Voz que le convence de ser único, el propio dios encarnado en uno que no necesita a nadie más.

No es vanidad en realidad. La vanidad es como un orgullo ligero, en poca dosis y superficial, y que necesita ser alimentada por quienes están alrededor. No subsiste sola.

Un ermitaño no puede ser vano. Puede serlo sólo el que vive entre muchos a los que pide admiración como quien solicita limosna en una esquina y que produce incluso cierta diversión en los demás, como la que produce una cirugía plástica demasiado notoria.

El orgullo, convertido en soberbia, al contrario, es triste si se le ve de cerca. Necesita gente a su alrededor para despreciarla y ni siquiera solicita limosnas de otros. Al contrario, niega las que él puede dar. El orgulloso se ve a si mismo como autosuficiente, esa cualidad que suele ser admirada equivocadamente.

Nuestros tiempos son unos en los que se admira esa soberbia, ese intento imposible por serlo todo y necesitar nada. Siéndolo todo, el orgulloso niega la realidad, y si en ella piensa, la ve como un súbdito suyo que le obedecerá sin chistar, igual que piensa dominar al resto.

Una posición propia de quienes han alcanzado posiciones de gran poder, donde sea, y que se encargan de alimentar quienes le rodean y de él se alimentan.

Entre las mil cosas que me convencen del Cristianismo, una de ellas es ésta, la de recordar el significado real del orgullo y de la soberbia. Una falta enorme, la mayor de todas y que no sorprende que tenga malas consecuencias prácticas. Poderosas imágenes nos da, ilustrando a la soberbia en La Caída y en la rebelión de Satanás.

Porque, si lo entiendo más o menos aceptablemente, y sin entrar en los terrenos reservados a los teólogos, es por la soberbia que estamos en un mundo imperfecto y la razón central por la que nuestras libertades son posibilidades de hacer el mal.

Son esas paradojas del Cristianismo lo que lo hacen atractivo, como cuando nos explica que creyéndonos fuertes en realidad somos débiles y que la aparente debilidad de la humildad significa una fortaleza mayor.

La soberbia llama al dominio ilimitado y sin embargo, la sentencia es la opuesta. ¿Qué más grande sabiduría que decir “Bienaventurados los humildes, porque ellos poseerán la tierra”?

Post Scriptum

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