Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Lección del Faraón
Eduardo García Gaspar
16 febrero 2011
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
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La decisión fue digna de ser vista más de cerca. Disturbios en Egipto. Reclaman democracia definida como la salida de Mubarak. Muchos días de disturbios, unas tres semannas.

Y se logra, Mubarak está fuera, pero días antes decretó un aumento del 15 por ciento en salarios y pensiones de quienes trabajan en el gobierno. Una decisión digna de ver más de cerca.

Es razonable pensar que tal aumento estaba destinado a aplacar las protestas. Fue como una compra de voluntades: “deja de protestar, tu ingreso ha sido elevado, regresa a tu casa y todo seguirá igual”.

Muy bien, eso se ve con facilidad y lo han mencionado varios. Pero hay algo que falta, algo importante.

La única manera de que ese aumento tuviera una oportunidad de éxito es una condición necesaria. Debía ser una enorme proporción de la población la que trabaja en el gobierno.

Me explico. Suponga usted que sólo el 1% de la población trabaja en el gobierno de Egipto… entonces la medida no tiene sentido, no tendría efecto alguno en el número de protestantes. Pero suponga usted que para el gobierno trabaja el 50% de la población. En este caso, se esperaría un efecto importante en el número de protestantes.

Es decir, ese decreto de aumentar 15% a los ingresos y pensiones de los burócratas es indicio de que una buena cantidad de personas en ese país trabajan para el gobierno.

En lo que he leído, es el 35% de la población en edad de trabajar la que labora en el gobierno. Digamos uno de cada tres.

Por mero sentido común, sin datos adicionales, puede calificarse a esa proporción como exagerada. Pero qué sucede en otras partes.

En Turquía, por ejemplo, es el 13%, tres veces menos que en Egipto. En Jordán, otro país similar, la proporción es fuera de toda proporción, 50%.

El lado opuesto de la moneda es Singapur con 3%. En los EEUU la cifra es 8%, aunque hay otros datos que dicen que es 13%.

En resumen tenemos cifras que varían mucho (y que no son sencillas de calcular y obtener) y un principio razonable para interpretarlas: se necesitan burócratas, gente que trabaje en el gobierno, de eso no hay duda, pero no es conveniente tener demasiados.

¿Qué es “demasiados”? No creo que exista una respuesta definitiva, sólo hay ese principio de sentido común y que indica que un gobierno puede funcionar razonablemente bien con un muy pequeño número de trabajadores, como en Singapur.

Y, del otro lado, tenemos algo también de sentido común: si sucede lo que en Jordán, se tendrá menos producción de la que se podría tener pues un recurso escaso, el trabajo, se ha asignado a labores improductivas de gobierno.

Una historia ilustra esto con claridad.

Un visitante entra al ministerio de agricultura de un país y se le muestran pisos y pisos de escritorios con personas sentadas llenado formas y escribiendo. Todos están muy ocupados. Pero entre esos miles de empleados, uno de ellos tiene la cabeza sobre el escritorio y llora desconsoladamente.

Intrigado, el visitante pregunta sobre la causa de tal desconsuelo a lo que se le responde, “Es Rodríguez, un buen trabajador, pero al que le acaban de avisar que el agricultor que él supervisaba ha muerto esta mañana”. Y la conclusión es obvia: el número de burócratas debe mantenerse al mínimo absoluto necesario.

Es una cuestión universal el trabajar con eficiencia, hacer lo que debe hacerse con el mínimo de recursos. Y los gobiernos no deben ser excepción a ese principio. Si se sobrepasa el número, el gobierno deja de ser una ayuda y se convierte en un obstáculo.

Volvamos a Egipto con esto y saquemos una lección.

Quizá pueda ese país lograr un sistema político como el turco, con libertades razonables, pero será muy difícil desmantelar la burocracia y volverla a una proporción razonable. Eso implicaría despidos masivos y, de nuevo, protestas en las calles.

El gran estado construido y que ocupa a uno de cada tres egipcios es un freno para las libertades por las que se luchó.

Montar un estado grande, extenso, del que dependa una gran parte de la población será usualmente bienvenido por los ingenuos. Se aplaudirán su sentido de justicia social y su preocupación por el bienestar de la gente.

Pero el resultado será un estado imposible de mantener.

Desmantelarlo, para realmente progresar, será enfrentado con protestas y gritos. Y, sin embargo, es una tarea inevitable. Una buena razón por la que, en mi caso, rechazo como principio central la expansión estatal.

Post Scriptum

Uno de los principios claves para entender la conveniencia de un gobierno limitado es la diversificación de riesgos. Cuando demasiadas personas dependen del gobierno, la economía del país se vuelve dependiente de esa autoridad y los ingresos que ella tenga. Ingresos que son tomados por la fuerza de los sectores productivos y se asignan al sector público, que al ser grande se torna improductivo.

Una situación extrema, en la que un tercio o un cuarto de la población depende de su empleo en el gobierno es riesgosa. Constituye una concentración peligrosa de riesgo. Quizá una regla sería la de no aceptar más allá del 10-15% de empleo concentrado en el gobierno, como límite absoluto.

Es una cuestión de justicia el que las personas productivas no mantengan a un número elevado de burócratas.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Burocracia.

La fuente de los datos del tamaño de la burocracia fue principalmente el WSJ.

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