Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mentes Marcadas
Leonardo Girondella Mora
2 febrero 2011
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
Catalogado en:


La noción de la lucha de clases es quizá la más útil de las herramientas creadas para justificar la expansión gubernamental —no en el sentido marxista, sino en el sentido de su popularización simple, que es el tema que quiero explorar.

La lucha de clases, en ese sentido popular, quizá pueda ser calificado de paradigma por ser aceptado sin mucha conciencia de esa aprobación. Es como un marco mental de interpretación de la realidad y que demasiadas personas usan sin darse cuenta de ello.

Un ejemplo ayudará a comprender esto.

Conversando con una profesora universitaria, ella afirmó que la legislación laboral mexicana era buena al estar sesgada en favor del trabajador y en contra del patrón, porque “los trabajadores son gente buena y débil, y los patronos son personas más fuertes y egoístas”.

Ese es el paradigma al que quiero referirme —y que visto esquemáticamente tiene los siguientes elementos.

• Una clasificación de las personas dentro de una sociedad, las que, por definición, pertenecen a uno de dos únicos grupos: trabajadores y patronos.

• Un conflicto entre esos dos grupos —es lo que se llama lucha entre ellos, un antagonismo irremediable. Sus intereses chocan de tal manera que el beneficio de un grupo es sin discusión el daño del otro. Entre ellos, su juego es de suma cero.

• Una calificación previa de cada uno de los dos grupos. Los patrones son minoría, un grupo formado por personas egoístas en su máxima expresión, que en la simplicidad popular con los villanos. El otro grupo es el de los trabajadores, la mayoría, entendidos con la simpleza de ser las víctimas.

En resumen, esos son los elementos del marco mental popular de la lucha de clases —una manera de pensar que presupone gratuitamente que la sociedad está dividida en dos grupos irreconciliables de villanos y víctimas.

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En lo que sigue, señalo una algunas consecuencias de esa manera de entender a la sociedad.

De esas mentes marcadas surge por lógica una conclusión de acción, la de remediar la injusticia presupuesta entre ambos grupos —una tarea que alguien debe realizar. Un alguien con poder sobre ambos, el gobierno.

O sea, el paradigma popular de la lucha de clases lleva a una deducción sin remedio: la existencia de otro grupo con poder sobre esos dos grupos, y cuya tarea es remediar el conflicto entre ambos.

No hay manera de evitar este colofón si es que se desea remediar el conflicto.

Podría dejarse que la lucha continuara, pero si existe el deseo de remediarlo, la única opción posible es aceptar la existencia de un tercer grupo. El grupo formado por personas con el poder suficiente para remediarlo.

Ese grupo es el gobierno y sus acciones estarán guiadas por otra conclusión obtenida del paradigma: es necesario ser parcial en favor del grupo al que se presupone es la víctima del villano.

De aquí es que surgen medidas gubernamentales, como un ley laboral que renuncia a tratar con igualdad a las partes y se sesga en favor de una de ellas, o en contra de la otra. El villano debe ser tratado desfavorablemente pues hacerlo es lo debido, igual que es debido el tratar favorablemente a la víctima.

Bajo esa mentalidad desaparece la igualdad para todos bajo la ley —y bajo toda acción gubernamental que, por ejemplo, obliga al patrón a pagar altos precios por despidos.

El conjunto de medidas gubernamentales tomadas bajo la influencia de la lucha de clases simplificada tiene un resultado transparente: la emisión de disposiciones que concentran poder en el gobierno justificando esa intervención en la defensa de la víctima supuesta.

Otro efecto adicional del paradigma popular de la lucha de clases es la colectivización de la sociedad —la persona individual deja de tener importancia en sí misma y sólo la puede tener en función de ser parte de uno de los dos grupos.

El trabajador que sea, no importa su conducta individual, es visto siempre como el débil incapaz que debe ser defendido por la autoridad —en oposición al patrón del que no importa su identidad, pues es siempre el poderoso egoísta que siempre abusa del débil.

Sin considerar la individualidad personal y sin aceptar la existencia de muchos otros grupos sociales —y la movilidad entre ellos—, las decisiones de gobierno, sus leyes y políticas tienen un origen simplista e irreal que, por definición lleva a cometer errores en la impartición de justicia, violan la igualdad, alteran derechos e implantan medidas económicas equivocadas.

Post Scriptum

Hay más idea sobre el tema en ContraPeso.info: Diviisión Social. Una de esas mentes marcadas por la creencia en grupos antagónicos es analizada en Sociedad Dividida, Otra Vez.

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