Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No es un Libro Común
Eduardo García Gaspar
6 mayo 2011
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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No es un libro como cualquier otro. Es lógico que no pueda ser leído como si fuera uno más. Llegamos a esa conclusión y nada más. Hablábamos de la Biblia.

Por mi parte, más tarde me quedé con la idea de que su lectura debería ser dosificada. Un poco a poco no necesariamente en orden.

Muchas partes de la Biblia contienen narraciones que son como cuentos, breves y que exponen algún suceso obviamente digno de señalar. Uno de ellos es el de la curación de Naamán (Libro II de Los Reyes 5, 1-19). Tiene incluso su gracia.

La narración comienza con ese general del ejército del rey de Aram, el que era un hombre prestigioso y altamente estimado por su rey.

Naamán, el general, era un militar valiente, pero padecía una enfermedad de la piel, lepra de seguro. Comienza con esto un patrón de eventos. El poderoso y admirado militar no está exento de eso que afecta a la gente común.

Una sirviente de la casa del general, una esclava sugiere un remedio. Dice ella que “¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaria! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”.

De nuevo eso: el poderoso militar recibe un consejo de una esclava, una persona muy inferior a él. Podemos suponer que un tanto desesperado, el general va con su rey y le cuenta el asunto, le pide permiso para ir de Aram a Israel y buscar su curación.

El rey da su permiso y escribe una carta al rey de Israel narrando la causa de la visita de Naamán.

Tenemos, pues, a tres hombres poderosos: dos reyes y un general que se ponen en contacto con la idea de curar al general de su enfermedad, la que de seguro era muy grave.

Por supuesto, el general parte hacia Israel y lleva consigo “diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala”.

Llega Naamán a Israel, se presenta con el rey, le entrega la carta del otro rey y este la lee. La carta dice, “Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi servidor, para que lo libres de su enfermedad”.

Se había supuesto que era el rey de Israel quien podía curarlo, pero este se enoja y dice, “¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer morir y vivir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí”.

Hasta gracioso es el asunto.

El que puede curar la enfermedad debe ser el rey, otro poderoso, como ellos. Pero el rey de Israel lo niega. No es él capaz de curar al general y se trata posiblemente de un truco para entrar en guerra. Y todo se queda inmóvil hasta que un hombre de Dios se entera de lo sucedido.

Eliseo manda preguntar al rey la causa de su enojo y pide que Naamán vaya a verlo. Y el general eso hace, llevando su carruaje y sus caballos.

Llega a la casa de Eliseo y Eliseo no sale a recibirlo, manda a un criado que es quien le da la receta: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”. ¡No sale Eliseo a ver al poderoso general!

El gran general ha recibido lecciones: está enfermo, ha tenido que viajar para buscar su curación, esa curación no se la da un rey, sino un hombre cualquiera que no lo recibe, sino que envía a su criado con una receta la verdad muy tonta.

Naamán revienta y dice, “Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?”

Y, harto, decide abandonar el lugar, pero sus criados lo convencen de darse esos siete baños.

Nada tiene que perder. Lo hace y queda sano y dice, “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”. Eliseo, para sorpresa de Naamán, rechaza el regalo a pesar de una nueva insistencia.

En la Biblia, la curación de Naamán está contada en algo más de 600 palabras y muestra eso que dije al principio: la Biblia no puede leerse como un libro cualquiera.

Esta historia, en sí misma, vale mucho y tiene sus sutilezas, especialmente ésa, la de las consistentes lecciones de humildad que recibe Naamán y la reacción tan humana que tiene hasta que se ve curado y entiende la realidad

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