Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No, no Existe Ese Hombre
Eduardo García Gaspar
1 junio 2011
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Empezó ya hace muchos meses. Es el fenómeno que anticipa al siguiente gobierno en México. Y como en cualquier otro lugar, tiene lugar en dos sitios muy distintos.

Sucede, desde luego, en los mismísimos círculos de la clase política. Pero también en medio de las conversaciones del ciudadano común.

Los ciudadanos se hacen una pregunta, “¿Quién será el mejor para el siguiente gobierno?” Los políticos no preguntan, afirman “Yo seré lo mejor”.

Interesante contraste de posiciones entre unos y otros. Los ciudadanos dudan entre los presidenciables, como los llaman. Los políticos no dudan, creen ser cada uno el mejor.

Así se entiende a la democracia en nuestros días de demasiada televisión y escasa razón, como una cuestión de búsqueda del mejor. Claro que el problema es definir eso de ser el mejor, sobre lo que mucho me temo no haya acuerdos sustanciales. Escoger al mejor termina siendo una colección de impresiones desorganizadas.

Pero no sólo eso, sino que resulta un tanto curioso que en tiempos en los que la igualdad es llevada a extremos, la democracia vaya en contra de esa idea y discrimine buscado al que se piensa es mejor (como quiera que se defina).

Parece, pues, que la idea de la igualdad no es tan practicada como se hubiera pensado.

Es claro que el político no cree en eso de la igualdad. Si creyera, no se vería como el mejor de todos los posibles. Mucho menos se vería como la salvación del país, lo que muchos de ellos piensan ser.

Pero más llama la atención ser testigo de todas esas conversaciones en las que se trata de encontrar al mejor posible siguiente presidente.

Lo anterior bien vale una segunda opinión para apuntar la paradoja de que la democracia tiene una dosis aristocrática. Cada político piensa ser el superior y noble en el que todos pueden confiar. Y casi todo ciudadano piensa en votar por alguien superior a él, ese ser mayor y mejor que debe gobernar.

El componente aristócrata de la democracia jamás es más claro que en las elecciones, cuando los ciudadanos piensan en contestar la pregunta que les hace la casilla en la que votan, “¿A quién quieres como presidente?”.

La han contestado antes como pudieron y marcan su voto, dejando ver algo de su mentalidad: no se fían de ellos mismos tanto como sería deseable.

Y como no se fían de ellos mismos, su mentalidad es la de pensar en la selección del mejor presidente, ahora más claramente entendido: alguien en el que se pueda confiar más que ellos en sí mismos.

Uno pensaría que la democracia es opuesta a esa mentalidad, y lo es, pero las elecciones la han convertido en una gran búsqueda de aquél en el que pueda confiarse al país.

La democracia, la real, tiene otra base muy distinta. No es la mentalidad de buscar al mejor, ese en el que pueda confiarse al país, porque el país se confía en todos y todos sienten tener capacidad de hacer lo que deben. No es la mentalidad de buscar al mejor porque es aceptado que nadie es el mejor, que nadie está preparado para confiársele a la nación entera.

Consecuentemente, la democracia no tiene tanto esa preocupación obsesiva con la búsqueda del mejor. Tiene otra obsesión, quizá aún mayor, la de cuidar a la clase política para que no exceda sus poderes, porque sabe que el poder siempre tiende a crecer y a ser abusado.

Es así que el ciudadano menos crédulo, más escéptico, no se pierde en la obsesión de seleccionar al mejor gobernante. Por supuesto, pone atención en tal selección y trata de hacerla con cuidado. Pero su real y fuerte obsesión es la forma de gobierno, la que impone límites al ya de por sí gran poder gubernamental.

Por su parte, el ciudadano más cándido e inocente, se pierde en la discusión obsesiva de la selección del mejor. Perdido en contestar quién es el mejor, se descuida y relaja, dejando abierta la puerta a la pérdida paulatina de libertades. Cree que con el mejor en el poder, puede confiarse a él a la nación, un error garrafal y común.

La obsesión de encontrar al mejor y confiar en él a la nación, mucho me temo, es más propio de mentalidades apocadas que no confían en sí mismas y por todas partes buscan soluciones que ellos creen no tener. Se ven a sí mismas como plebe débil en busca del aristócrata iluminado que en realidad no existe, ni puede existir.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en Contrapeso.info: Electorado. Es esa colección de columnas se examina al ciudadano que vota.

También, puede verse ContraPeso.info: Democracia.

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