Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Siempre Sirve el Voto
Leonardo Girondella Mora
25 noviembre 2011
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


En lo que sigue, pretendo demostrar que los excesos democráticos conducen a la aniquilación de eso mismo que los alimentó.

Comienzo con la razón de ser de la democracia: una sistema político, con mecanismos propios que tienen una meta central —la de evitar significativamente los abusos que le son naturales al gobierno y que logra aplicando procedimientos importantes:

1 Cambios de gobernantes y gobierno mediante elecciones periódicas preestablecidas —una herramienta que evita que los gobernantes permanezcan indefinidamente en el poder.

2 División de poderes funcionales de gobierno —un arreglo de fragmentación de poderes ejecutivos, legislativos y judiciales, el que evita concentración de poder en una sola persona; y más aún, los poderes legislativos y judiciales suelen fragmentarse incluso más en diferentes personas y puestos.

3 División territorial del poder político —arreglos de diferentes niveles y grados de autonomía local; se refiere a división política de provincias, estados, con cierta soberanía e independencia con respeto al gobierno central.

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Entre esos tres mecanismo de división del poder gubernamental, el primero es el más visible de todos —son las elecciones periódicas: los ciudadanos votan, se cuentan esos votos, y resulta ganador quien más votos recibe.

A este sistema es al que me quiero referir por las consecuencias que puede tener y que son perturbadoras.

El problema que soluciona un conteo de votos es el del nombramiento de los gobernantes siguientes y su valor reside no en su capacidad para seleccionar a los mejores, sino en su habilidad para reconocer ganadores aceptados por todos —es decir, es una regla de juego destinada a evitar un conflicto en el cambio de gobierno.

Brevemente, siguiendo a Popper, hay dos formas de cambiar a los gobernantes: violenta o pacíficamente. La vía violenta es indeseable. La manera pacífica la provee el conteo de votos, con esa regla general: gana quien más votos tenga (aunque hay variaciones sobre el mismo tema, como nuevas elecciones entre los dos finalistas).

El sistema de elecciones, ganando quien más votos tenga, significa reconocer a la mayoría como el poder central de la elección —la mayoría gana y lleva al gobierno a sus preferidos en cada puesto votado.

Esto es un peligro latente de consideración, que explico.

Ganan quienes obtuvieron la mayoría de los votos en cada puesto de elección —eso es todo y no es más que un método simple, comprensible para todos, de tener un cambio pacífico de gobierno.

Los problemas comienzan cuando se exalta a la mayoría dándole una naturaleza que no tiene.

La mayoría de votos no implica haber seleccionado a los mejores —no significará tener un gobierno mejor al de quienes perdieron.

No puede concluirse que la mayoría indica un mejor conocimiento, ni mayor sabiduría que el resto —pero cuando se piensa que en la mayoría hay más cordura y sensatez que en el resto, nacen los problemas.

Nacen al sucumbirse a la terrible tentación de querer solucionar todo por la vía del voto mayoritario —cuando cualquier problema desea solucionarse por medio del voto, dando por ganadora a la postura que más votos reciba.

Ese mecanismo de votos de mayoría no sólo se usa en las elecciones a puestos de elección popular; también en la emisión de leyes, en las cámaras legislativas y no es malo en sí mismo —también es una buena solución pacífica para emitir leyes, pero sigue teniendo el mismo riesgo de llevarlo a situaciones en las que la mayoría no necesariamente tiene la razón.

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En específico, los sistemas de votos, que dan como ganador a quien recibe mayoría, contienen un peligro eminente: el riesgo de ser aplicados a situaciones en las que no deben serlo —es decir, existen asuntos en los que el voto no tiene aplicación; particulares que no pueden estar sujetos a votación.

Un caso excesivo ejemplifica esto: supóngase que en la cámara de legisladores se pone a votación un cambio constitucional por el que se traslada al ejecutivo la facultad de hacer leyes —no importa si la iniciativa pierde o gana, es algo que no está sujeto a votación.

Aún más excesivo: supóngase que se pone a votación, en un referéndum, la iniciativa de que el actual presidente permanezca en el poder otros período sin necesidad de pasar por elecciones —tampoco importa qué número de votos reciba la iniciativa, es un tema que no está sujeto a voto.

La idea central que expongo es la de que existen temas que no están sujetos a votación —y que mucho de la sapiencia política del ciudadano debe dirigirse a reconocer lo que está sujeto a voto y lo que no lo está. No es una tarea sencilla.

Muchos de los temas más álgidos de actualidad tienen ese trasfondo real —que casi siempre pasa desapercibido.

Un ejemplo tiene aplicación particular, el de la determinación por mayoría de votos de legisladores sobre el momento en el que comienza la vida. No importa qué tantos votos reciba cada postura, eso no puede resolverse por medio de votos.

Y si se intenta, los peligros se intensifican, en ese caso como en cualquiera similar: los partidarios de las diversas posturas al respecto concentrarán sus esfuerzos en el cabildeo de los legisladores a los que, sin quererlo, darán la autoridad de solucionar un asunto en el que el mecanismo de mayorías es inaplicable.

Mi intención ha sido dar algunos antecedentes que exponen una situación peligrosa en cualquier sociedad: el usar el sistema de mayoría de votos en asuntos en los que no es aplicable y si llega a usarse hace del gobierno un ente aún más poderoso y por eso, más inclinado a abusar de su poder, que es lo que la democracia intenta a evitar.

El mecanismo de voto mayoritario, que es una invención democrática, cuando se aplica sin criterio, acarrea la destrucción de eso mismo que quiere defender.

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