Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pareloctita, Focepción
ContraPedia ContraPedia
17 junio 2011
Sección: Sección: Listas, Y CONTRAPEDIA
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Pareloctita

Las rebanadas demasiado delgadas del pan de caja reciben este nombre. En cambio, las rebanadas demasiado gruesas son llamadas pareloctotas.

El origen de esta palabra ha desafiado a los estudiosos del tema, sin que hasta ahora se haya podido establecer siquiera una teoría razonable al respeto.

El único uso aceptable de estas palabras es el de su aplicación a regímenes de dietas, pues al parecer las pareloctitas son más adecuadas a esas personas que se consideran dentro del algún régimen alimenticio ya que por definición ellas suponen un consumo menor de pan.

Es decir, al ser menor el pan de un sándwich significa en teoría la ingestión de un menor número de calorías y alimento en general, con la obvia salvedad de lo que el sándwich contiene entre ambas rebanadas.

Algunos fabricantes de pan de caja han encontrado que el mismo pan que ellos hacen puede ser llevado al mercado en dos presentaciones diferentes, la de pareloctitas para el segmento de personas que desean alimentos light y la de pareloctotas para el segmento de personas que no tienen complejo alguno sobre su apariencia física.

Aunque en realidad esto no funciona según las investigaciones del Mundabullangana Institute for de Study of Ridiculous Diets, en Australia, la verdad es que a las personas que se sienten obesas les ayuda a sentirse mejor.

La tesis del mencionado instituto es en resumen la siguiente: el consumo de alimentos light por parte de los pasados de peso les hace entran en funcionamiento un mecanismo de justificación mental que les permite consumir alimentos verdaderamente fuertes; por ejemplo, una persona hace un sándwich con pareloctitas e inconscientemente justifica la adición de cantidades industriales de mayonesa a ese alimento; o bien una persona ingiere una soda sin calorías al mismo tiempo que pide un pastel doble de chocolate.

Esta es la causa de fondo por la que es común ver esos casos tan paradójicos de personas que toman el café con endulzantes dietéticos habiendo antes ingerido dos enormes rebanadas de pastel.

Focepción

Combinación muy desafortunada de los términos teléfono y decepción, esta palabra se aplica a la sensación de las personas que corren a contestar el teléfono y al estar cerca deja de timbrar, o bien en el momento de levantar el auricular se nota que quien ha llamado también ha colgado.

La situación más típica de esta situación de todos los días es quizá la narrada en una de las más famosas novelas del realismo mágico, Lepercia en Visitas, de Cándido Fraggaz, un escritor de un solo libro que sobre él ha podido construir una reputación capaz de hacerle vivir durante años sin escribir nada adicional de mérito; sin embargo, bien vale la pena el recordar el pasaje en el que él acuña esta palabra.

Sentado, sobre la cama, habló con su abuelo materno, como todas las noches desde que recuerda. Siempre el mismo tema. Siempre las mismas palabras. Los muertos deben tener una memoria mayor a la de los vivos. Conversaron como siempre, con brevedad y hasta sequedad, pues el abuelo era español y su educación no había incluido el suave trato meloso de México.

Lo mismo, esa vez en la que el abuelo fue acribillado por un fuego cruzado. Nunca, nadie, ha sabido de dónde vino la maldita bala asesina, si del enemigo o del compañero. Ni el mismo abuelo lo sabe, pero le gusta pensar en hipótesis. Otro día, otra conversación con el abuelo, igual que desde el día de su muerte a muchos kilómetros de allí.

Porque sí, el abuelo estaba muerto, treinta y pico años de muerto ya, sin que una sola noche haya fallado en su visita nocturna. El sonido lejano del teléfono interrumpió la conversación un segundo, pero el abuelo continuó hablando y el teléfono continuó sonando, sin que ninguno de los dos se rindiera.

Sentado en la cama, llegó a pensar que era una batalla, que el abuelo libraba su pequeño combate con el teléfono. Ninguno se rendía. El sabía que esa noche Lepercia llamaría, o al menos eso él creía. Largos, larguísimos instantes de combate del ring-ring con el tono también metálico del abuelo, pues lo habían enterrado en un ataúd metálico.

Impaciente esperó a que el abuelo terminara y como siempre desapareciera entre las paredes húmedas de tanta lluvia. Se paró como un rayo y corrió por el eterno corredor que va de su recámara hasta la sala, pasando por las cinco puertas de las recámaras, por la puerta de la entrada, hasta llegar allí, al mueble donde el técnico de la compañía de teléfonos había dicho que era mejor colocar el aparato.

Ring-ring hacía el insistente aparato. Cayó al piso y se lastimó una mano. Se levantó y aún con dolor, usó la otra mano para levantar el auricular en el momento preciso en el que oyó a Lepercia colgar. Sin duda era ella porque la podía oler, podía percibir ese aroma de sudor ansioso en piel morena, casi negra, aún por el teléfono.

Se sintió decepcionado con el teléfono, “es una focepción”, pensó y se rió, algo que él iba a contar a Lepercia otro día, cuando el abuelo lo dejara de visitar, o mejor aún, invitaría a Lepercia a sentarse en su cama y escuchar al abuelo.

ContraPedia tiene un antecedente en los 80, cuando fueron publicadas una serie de propuestas de palabras y personajes que no existían. Eran muy breves. Esta versión respeta la idea original, jamás publicada antes, con textos más amplios.





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