Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Quién Eres tú Para…?
Eduardo García Gaspar
24 junio 2011
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


El caso es interesante, si se le examina con alguna profundidad. Suponga usted que su mejor amigo le hace una consulta. Le pide un consejo. Suponga que su amigo está a punto de tomar una decisión muy grave en su vida.

No importa cuál decisión. El punto es que ella es de consecuencias.

Su amigo le pide consejo sobre esa decisión y, por la razón que sea, usted tiene la seguridad de que es una mala decisión. Puede que sea el hacer una inversión cuantiosa, o más grave, el contraer matrimonio con una persona poco propicia.

La situación tiene dos partes claras.

  • De un lado su amigo, que le pide consejo sobre esa decisión. ¿Es buena o no?
  • Del otro lado, está usted y todo lo que sabe es que la decisión es mala. Usted es ahora el que debe decidir qué hacer.

Una posibilidad es quedarse callado, o casi. Usted no le dice a su amigo que es una mala decisión. Se queda callado, o cuando mucho le dice que lo piense mejor, que posponga la decisión un tiempo, o alguna cosa similar. Su amigo se lo agradece y se despiden. Quedan tan amigos como siempre.

La otra posibilidad es hablar claro. Si usted hace eso, le dirá que la decisión es mala, que no le conviene hacer eso, que usted le recomienda un claro “no”.

Y le explica las razones de su consejo. Me parece que si esto se hace con prudencia, es la mejor opción y usted se muestra como el real amigo que se necesita.

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Vayamos ahora con su amigo, al que usted le ha dicho que no tome esa decisión, que se va a arrepentir, que no haga eso sobre lo que le pidió consejo. Su amigo puede reaccionar con un agradecimiento por la franqueza. Pero también es posible que reaccione con más emoción que talento.

Podrá decirle a usted,

“Lo que yo buscaba era que me apoyaras en mi decisión, no que me dijeras que no hiciera eso. Eres un mal amigo que no me apoyas en lo que hago. Además, ¿quién eres tú para decir lo que está bien o lo que está mal? Yo creo que mi decisión es buena”.

Esta reacción posible y quizá común de los amigos en situaciones parecidas es lo que bien vale una segunda opinión.

Sin duda, es una mala reacción. Su amigo buscaba su consejo y usted se lo dio con franqueza. Eso fue lo que él pidió y usted cumplió. Usted puede sentirse satisfecho con el consejo que le dio.

Y queda la parte más interesante de todo, esa pregunta que hizo su amigo: ¿quién eres tú para decir lo que está bien o lo que está mal?

La pregunta es frecuente y a ella se recurre mucho en ocasiones similares. La pregunta funciona muy bien como un rechazo a críticas personales. Al oponerme al aborto, por ejemplo, se me suele responder así, ¿quién eres tu para decir lo que está bien o lo que está mal?

Razonar así no tiene lógica.

Cuando alguien pregunta eso de quién eres tú para…, está cometiendo un error de razonamiento: cuando nadie puede decir lo que es bueno, tampoco puede decirlo quien hace la pregunta (a la que se supone buena).

Es decir, el que hace la pregunta supone que lo que pregunta es bueno y eso supone que alguien sí puede decir lo que es bueno (lo que niega su pregunta).

No todos entenderán esa falla de lógica y serán tercos en su opinión: la decisión que tomaron es buena, dirán, y los demás no son nadie con autoridad para decidir lo que es bueno. En otras palabras, los demás no pueden decir si algo es bueno o malo, sólo la persona que argumenta así es la que sí puede decirlo.

En mi experiencia, el señalar ese error en el razonamiento sirve para lo mismo que un águila con acrofobia, o que una toalla de lavado en seco.

No lo entienden o no lo quieren entender. Lo que sí suele comprenderse es decirle al otro que es posible que una persona tenga una mejor opinión que otra, y que la mejor opinión es la que más se acerca a la verdad.

Pero contra lo que muy poco puede hacerse es la terquedad supina, la testarudez absoluta. Ella es el mayor obstáculo posible de encontrar en situaciones de este tipo. Contra ella poco o nada puede hacerse. No importa que se presenten las más convincentes razones y las más innegables evidencias, contra esa necedad es imposible luchar.

En fin, todo lo que quise hacer es ver un poco más de cerca una situación que suele ser común entre personas y las conversaciones que ellas sostienen. Llegando a concluir que una buena disposición a escuchar es un gran hábito a cultivar.

Post Scriptum

Hay más material sobre el tema en ContraPeso.info: Razonamiento y en ContraPeso.info: Conversaciones.

El suceso que sirvió para detonar esta columna fue el leer una columna que hacía esa misma pregunta: ¿quién es la Iglesia [Católica] para decir lo que está bien o está mal? Con esta pregunta se pensaba que podía anularse la posición del Vaticano sobre el uso del condón.

No es un argumento válido. Puede voltearse en contra de quien hizo la pregunta. ¿Quién es él para decidir que el condón es bueno?

Si el resto no tienen esa autoridad, tampoco puede tenerla quien hace la pregunta primero. Si la iglesia no puede declarar que el condón es malo, tampoco el tendría el poder para declararlo bueno.

No entro a la discusión sobre el condón, que es otro tema. Sólo pongo atención en la mala calidad de un argumento en toda discusión de ese tipo.

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