Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Santísima Trinidad (2011)
Textos de un Laico
17 junio 2011
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La primera lectura (Éxodo 34, 4-6, 8-9) muestra a Moisés frente a Dios, por mandato suyo, suplicando, “Si de Duda de Santo Tomásveras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros, aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y tómanos como cosa tuya.”

Es una solicitud que ruega a Dios por su presencia con nosotros, que implora que Dios nos acompañe en nuestra vida. La idea continúa con Pablo.

La segunda lectura, de San Pablo (Corintios 2, 13, 11-14) pide también por la presencia de Dios. Escribe el apóstol, “Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.”

Con otras palabras pide lo mismo que Moisés, pero añade cómo lograrlo mencionando esos consejos. Dice que quien vive en paz, quien está alegre, quien da ánimo a otros, quien trabaja por su perfeccionamiento, ése será acompañado por Dios.

• Y el evangelio de este domingo (Juan 3, 16-18) habla de eso mismo, de Dios acompañándonos. Más aún de Dios estando entre nosotros. Dice, “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.”

Y a eso añade una referencia a la súplica de Moisés cuando habla de tener cabeza dura, pues dice, “El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.”

Las tres lecturas juntas presentan una idea común, la de desear que Dios esté con nosotros, lo que ya supone un paso importante, el de no ser cabeza dura y creer en él.

Porque creyendo en él, debe decirse, necesariamente supone el querer tenerlo al lado, el implorarle que nos acompañe. Por su parte, Dios nos ha demostrado su amor, él quiere estar con nosotros, tanto lo quiere y tanto nos ama, que como dice Juan, entregó a su hijo.

Toca ahora a nosotros, a cada uno en lo individual, el dar el paso siguiente y hacer la misma súplica: reconocerle como Dios único y verdadero, y por ello rogar su compañía.

¿Cómo lograrla? De nuevo, es San Pablo el que nos dice qué hacer para que nuestra súplica se realice: llevar una vida de alegría, de amor, de paz, de armonía, de acercamiento a la perfección… y así, de manera automática estará Dios con nosotros.

La decisión es nuestra, enteramente nuestra. Si pedimos que Dios esté con nosotros él lo hará, pero la iniciativa es de cada uno y de nadie más. Moisés llama “cabeza dura” a quien no hace eso y tiene razón.

Si sabemos que al llamarle, Dios vendrá a nuestras vidas, el no hacerlo es un serio error nuestro.

Podemos usar la misa de este domingo para pedir a Dios que cuando lleguen nuestros momentos de cabeza dura, que de seguro los tendremos, nos haga simplemente recordarle y retomar el camino hacia él.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).

 





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