Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Se Busca la Razón Apacible
Eduardo García Gaspar
26 abril 2011
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Gozar de conversaciones productivas es un placer que niega la pasión desbordada. La que poseen quienes confunden el encuentro de la verdad con la imposición de sus ideas.

No ha mucho que varios pasamos por un momento de ese placer.

La conversación se restringió a cuestiones políticas. Uno de los participantes dijo algo notable. Dijo que era un asunto en el que se jugaba el bienestar o la miseria de un pueblo, el que los gobiernos fueran limitados o crecieran desorbitadamente.

Dijo que los gobiernos deben ser limitados por sus mismos gobernados y sus acciones. Los ciudadanos mismos tienen esa responsabilidad y si se asocian y organizan en organismos independientes, ello será suficiente para que los gobernantes comprendan que no deben rebasar ciertas fronteras.

Más aún, siguió diciendo, el origen de todo se encuentra en la mente del ciudadano, que es donde nacen y se establecen los límites naturales de los gobiernos. Cuando en esas mentes se comprende lo valioso que es la libertad personal y se aceptan las consecuencias de los propios actos, esas mentes encuentran repugnante el crecimiento del poder gubernamental.

Todo es una cuestión de razonamiento: si las personas desean ser ellas mismas, ambicionan logros personales, quieren ser amables y educadas, sólo existe el camino de dejarlas ser responsables de sus acciones.

Y lo opuesto. Si se quiere que las personas sean egoístas, perezosas, envidiosas, vulgares, materialistas y escasamente educadas, nada existe tan efectivo como hacerles vivir bajo un gobierno expandido, de amplios poderes, cuya función sea hacerlos felices durante su vida.

Es cierto lo que dijo esta persona. Lo admirable fue que habló con una quietud y un sosiego que hacía poner más atención en lo que decía.

No era una discusión acalorada, incluso cuando otros cuestionaron sus ideas, incluso cuando ignoró algunas observaciones soeces.

Para mí, al terminar la conversación comenzó la meditación.

Primero, sus puntos son ciertos, al menos eso creo. Los gobernantes tienen una naturaleza tal que sienten ser responsables de la felicidad ajena y al tratarlo de ser, no sólo hacen infelices a sus gobernados, también los vuelven ciudadanos apagados que nada hacen y todo esperan del gobernante.

Sí, creo que los argumentos más fuertes en contra del socialismo, el estado de bienestar, el intervencionismo económico, los totalitarismos, todos esos sistemas, no son de índole económica. Sabemos que todos ellos producen consistentemente menos bienestar, pero eso no basta.

Lo que debe argumentarse en contra de ellos es su contraposición a la naturaleza humana. Van en contra de ella: a la libertad la convierten en esclavitud, a la razón en servidumbre, a la responsabilidad en pereza, a la iniciativa en desgano, al esfuerzo en disimulo, al conocimiento en propaganda.

Segundo, ese dominio de la pasión que casi siempre encienden las cuestiones políticas, cuyas conversaciones son origen de agitación y enemistad.

Es una virtud enorme, la de poder hablar de cosas sensibles sin ser presa de las palpitaciones e incluso de la furia alimentada por el enemigo de la humanidad, la ideología.

Es en extremo llamativo que alguien tenga esa tranquilidad al tratar temas calientes. Basta ver el comportamiento de gobernantes en la realidad, para entender qué tan rara es esa cualidad. No la poseen quienes más la necesitan, como, por ejemplo, los legisladores en México.

Pero tampoco, me parece, la mayoría de los ciudadanos.

Tiempo atrás, varios siglos, existía la idea de que una mayor educación de los ciudadanos conduciría a una conducta más civilizada, más apacible. Todo, porque ellos habrían aprendido a razonar y serían personas enamoradas de la verdad y su encuentro.

Sí, somos ahora más educados, sabemos más de todo, pero aún no poseemos esa virtud que es signo de civilización: la posibilidad de conversar sin alterar los ánimos con quienes sostienen ideas ajenas e incluso opuestas a las nuestras.

Y, es notable, que para solucionar los desacuerdos se haya abandonado el uso de la razón apacible. Los gobiernos, salidos de sus límites naturales, han entrado a las discusiones y se han asignado una nueva tarea. Ya no sólo desean hacernos felices de por vida, también son ahora ellos los determinan qué es la verdad y qué es lo moral.

Post Scriptum

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