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Sí, Hay Guerras Religiosas
Selección de ContraPeso.info
1 marzo 2011
Sección: DIPLOMACIA, RELIGION, Sección: AmaYi
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Este resumen presenta una idea de Pearse sobre una opinión más o menos generalizada, la que señala que la causa principal de las guerras ha sido y es la religión. Toda la obra del autor está destinada a examinar esa opinión, a la que encuentra débil e imposibilitada de probar su argumento.

No sólo ha habido guerras en las que la religión no ha jugado siquiera un papel, esas guerras sin religión se han dado desde la antigüedad y en el caso de las modernas, ellas han sido las más sangrientas.

La obra examinada en este resumen es la de Pearse, Meic. The Gods of War: Is Religion the Primary Cause of Violent Conflict? IVP Books, 2007.

El autor ofrece cuatro principios bajo los que examina el tema y que para cualquier lector presentan una tesis razonable: el tema es complicado y no admite una explicación de una sola variable. Hay otras causas de guerras, y que juegan papeles vitales.

El examen que hace Pearse del tema indica, desde un principio una conclusión directa e inequívoca: sólo existe algo que tiene más responsabilidad de producir guerras que la religión; esa cosa es la falta de religión.

La acusación que se hace a la religión de ser la mayor causa de la guerra es una aseveración simplista, que tiene una validez superficial, pero que está alejada de la verdad. La acusación es un intento de imponer formas accidentales de democracias seculares y esto ha provocado gobiernos inestables.

No hay duda, dice Pearse, de que la religión ha provocado conflictos bélicos. Es cierto, pero sería equivocado no examinar la situación con mayor profundidad.

Si esto no se hace, se llegaría a la conclusión más obvia y equivocada, la de que para evitar la guerra todo lo que hace falta es prohibir a la religión.

Hay cosas de simple sentido común. Por ejemplo, no puede descartarse el papel que en las guerras juegan la codicia y la cultura humanas. Sería un error hacer estas consideraciones de lado y colocar toda la atención en una sola variable a examinar, la religión.

Así llega el autor a establecer cuatro principios de interpretación del tema.

El primero de ellos ya fue establecido al inicio: es cierto, la religión ha producido guerras, pero la falta de religión lleva a guerras aún peores.

Segundo, no puede hablarse en general de religión, agrupando bajo esa etiqueta a todas las creencias religiosas. Es necesario que se distinga entre ellas en un criterio: separar a las religiones que por esencia son beligerantes de las que no lo son.

Tercero, la cultura de una sociedad tiene un componente religioso y llega a entronizar a la religión, por lo que un conflicto que en realidad es entre culturas, puede dar una apariencia religiosa en un examen superficial.

Cuarto, quienes piensan que retirando a la religión evitarán la guerra, son un movimiento secular en contra de la religión y las culturas tradicionales, que producirá más violencia y donde no se percibe con facilidad que los secularistas reclaman para sí una posición moral superior a la del resto.

Hay guerras en las que claramente no hay una influencia religiosa determinante. Las guerras totales modernas son un ejemplo claro: la II Guerra Mundial, la rebelión de T’ai Ping en China, la I Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique.

Ellas produjeron decenas de millones de muertes y su responsabilidad puede ser colocada en credos sin religión o bien antireligiosos.

La religión, por otro lado, si ella sostiene que la vida tiene valor, tenderá a limitar las condiciones que requiere una guerra y cómo ella debe librarse. Cuando la vida humana se despoja de su valor, como en el ateísmo y el agnosticismo, ese freno desaparece, como en las variantes modernas de regímenes totalitarios.

Pearse insiste en su punto: sí, la religión puede ser acusada de ser causa de guerras, pero las guerras también han sido causadas por lo que la religión trata de limitar: codicia, orgullo, venganza, ideologías que desprecian la vida humana.

Las conquistas de Alejandro Magno son un ejemplo de esto, en las que ninguna motivación religiosa existió.

Mucho de la sabiduría convencional que insiste en que la religión es la causa principal de las guerras, usa el ejemplo de las cruzadas. Allí, la religión debe aceptar su culpabilidad.

Las cruzadas fueron una catástrofe llena de sangre y una distorsión severa del Cristianismo. Más específicamente, la religión fue causa de guerras en dos períodos principales.

Uno, durante la Edad Media, con los conflictos que enfrentaron a cristianos y musulmanes.

El segundo período fue durante los siglos 16 y 17, durante los que hubo enfrentamientos entre católicos y protestantes.

Pearse apunta a la actualidad con otra serie de conflictos en los que la religión juega un papel importante.

Para ver el tema sin pasiones, el autor vuelve a uno de sus puntos de análisis: es necesario distinguir entre las diversas religiones y conocerlas en cuanto a su doctrina, si es que ellas son o no doctrinalmente beligerantes, es decir, inclinadas a la violencia en sus creencias básicas.

Y a otro de sus puntos: es una posibilidad real que la religión sea empleada como un disfraz de guerra, una excusa que se use para iniciar acciones bélicas.

Pueden hacerse, de acuerdo con lo anterior, distinciones claras entre guerras. Algunas claramente han sido causadas por motivos religiosos obvios y reconocibles.

Pero otras guerras no pueden tener una responsabilidad asignada a la religión; sus causas han sido de otra naturaleza, como orgullo, codicia, expansión territorial y demás.

Pero hay un tercer tipo de guerra, el de conflictos en los que la responsabilidad religiosa es ambigua, es decir, jugó un papel pero también hubo otras causas importantes. Son las guerras, como la que tuvo la batalla de Lepanto, la conquista ibérica de América Latina, la Guerra Civil inglesa y la de EEUU. Tuvieron facetas religiosas claras, pero ellas no explican la totalidad del conflicto.

Lo anterior sirve para insistir en otro de sus puntos de análisis, el de que muchos conflictos culturales se expresan en términos que son religiosos, muchos de ellos comprendidos en el nacionalismo que usa mitos religiosos y que según el autor son en realidad idólatras y blasfemos.

Si uno se remonta a las más antiguas guerras, y de otros muchos conflictos posteriores, es fácil encontrar causas no religiosas, e incluso acciones que las religiones reprueban: el deseo de posesión de bienes de otros, codicia, orgullo nacional, o el simple deseo de gloria militar.

Los conflictos bélicos de la antigüedad fueron guerras en las que la religión no jugó un papel, pero sí lo tuvieron las ansias de botín, los conflictos personales entre monarcas, el deseo de control territorial, los derechos dinásticos. Todos ellos capaces de ser comprendidos como egoístas, o bien motivados por el deseo de seguridad.

Incluso en la Edad Media, la religión fue rara vez causa de guerra y ella jugó más bien un papel de control y limitación para restringirla en lo posible. La lamentación de Maquiavelo al respecto es muy ilustrativa: las creencias religiosas han hecho débiles los motivos de gloria militar.

Más aún, existe otra consideración por hacer: la existencia de personajes como Gengis Kan, para quienes la guerra es forma de vida, su razón de existencia. Son personajes en los que la religión no tiene influencia alguna.

Examinando al Cristianismo, Pearse apunta que durante sus primeros tres siglos de existencia, esta religión nada tuvo que ver con los poderes políticos, ni para aprobar o desaprobar la guerra.

Solamente en un nivel personal, el Cristianismo trató de limitar los instintos de venganza y violencia. Sin embargo, a partir del siglo 4, las cosas cambiaron.

Contando con el apoyo de Constantino, el Cristianismo se vio involucrado en cuestiones de poderes políticos y su actitud cambió, como puede verse en el desarrollo de la tesis de la guerra justa, algo que habría sido irrelevante en los siglos anteriores.

Pearse lo explica haciendo uso de la frase “naciones cristianas”.

Si las naciones pueden hacer la guerra y existen naciones definidas como cristianas, existirán guerras religiosas. Es un principio que puede aplicarse a cualquier otra religión: cuando ella se vea mezclada con el poder político, se abrirá la posibilidad de guerras religiosas.

Y en sentido contrario: las naciones que no se definan como religiosas carecerán de este tipo de motivación.

Para el Cristianismo, dice el autor, en la actualidad la opción de una guerra religiosa no existe. Las naciones no se han definido como cristianas. Los únicos que pueden ser cristianos son los seres humanos. Fue la alianza entre el Cristianismo y los Estados, a partir del siglo 4, lo que abrió sin remedio la puerta a las guerras religiosas cristianas.

Cuando alguna religión, la que sea, se usa para dar legitimidad a un gobierno, esa religión, dice Pearse, creará una teoría sobre la guerra, como lo hizo San Agustín en el caso cristiano, si es que no la tiene ya. Las cosas son diferentes ahora para el Cristianismo.

Un cristiano puede participar en una guerra y hacerlo con legitimidad, pero su motivación no puede ser la defensa de su fe. Podrá ser para la protección propia o de otros, una causa válida, pero no para siquiera defender su fe de ataques de la autoridad.

Lo que hace el autor en su obra es un examen de una idea común, la que establece que existe una causa central en las guerras, las creencias religiosas. De lo que se concluye que de no existir las religiones, las guerras serían cosas del pasado.

El examen de Pearse muestra que esa idea es al menos débil y poco sustentada.

Ese examen fue soportado en cuatro ideas centrales. Todas ellas dirigidas a demostrar como falsa la concepción común.

La más impresionante de ellas es la que apunta que efectivamente la religión ha provocado guerras. De eso no puede haber duda, pero las peores y mayores guerras se han dado cuando se ha implantado el secularismo, cuando la religión ha querido ser erradicada.

La segunda idea es una muy intuitiva y de gran sentido. Afirma que no resulta útil examinar el tema de la religión como causa de guerra si no se hace una separación entre las religiones. Una que diferencie a las religiones en su inclinación doctrinal por la violencia.

Si alguna religión aprueba dentro de su credo la realización de actos violentos como acciones positivas, ella no puede hacerse equivalente a otra que en su doctrina las condene.

La tercera de ellas señala que las guerras en las que la religión se ve implicada, en casos contemporáneos, mayoritariamente se hace entre culturas en los que una fe cualquiera, por razones históricas, está ligada a la cultura. Esto aplica a casos en los que no tener una religión es la religión sostenida culturalmente.

Y, por último, la idea de que no hay posibilidad de abandonar el concepto de verdad. Es una crítica al relativismo occidental que intenta hacer universal su creencia, repudiando culturas tradicionales y sus religiones, lo que a su ver genera nuevas ocasiones bélicas.

Nota del Editor

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La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.


1 comentario en “Sí, Hay Guerras Religiosas”
  1. paola Dijo:

    no me sirvio de NADA para q hacen paginas q no sirven





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