Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sí, Son Los Cimientos
Eduardo García Gaspar
8 marzo 2011
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Es como una obsesión que a todos y en todas partes se aplica. La sufren demasiados. Especialmente aquellos que tienen la pasión por formar grupos que están en conflicto.

El clásico ejemplo es el de pobres contra ricos. O el de hombres contra mujeres. O el de blancos contra negros.

O cualquier otro en el que se pueda pensar, como Norte contra Sur, progresistas contra conservadores, el que sea. Una vez formados los dos grupos, sobre la rivalidad entre ellos se construye una teoría que todo lo explica, o casi todo.

Esa teoría, por supuesto, tiene que crear palabras, usar términos complejos y tener un lenguaje incomprensible.

Con esos elementos, el éxito de la teoría está casi garantizado y se pone de moda al crearse ideas que la acompañan, como “visión de género”, o “derechos sociales”, o “equidad de ingreso”.

Del círculo académico, donde suele nacer, la teoría se difunde a otras partes. Se populariza en ideas simples que se toman como verdades reveladas y es entonces cuando la teoría llega a los gobiernos. La toman como herramienta de generación de popularidad e implantan medidas sustentadas en una teoría tan sólida como una gelatina.

Por ejemplo, tome usted la idea simplificada del marxismo, la de la lucha de clases.

Ella pone en oposición los intereses de trabajadores y los empresarios. Lo que beneficia a uno daña al otro. Y cuando la idea toma raíces en la gente, el gobernante la implanta en leyes laborales sesgadas que van a dañar a unos y beneficiar a otros.

Es natural que esas medidas producirán malos resultados en el bienestar de todos, incluyendo esos a los que se pretende ayudar. Y todo sucede por una razón que pocas veces se trata abiertamente: la idea de la que se parte está equivocada.

Todas esas ideas son artificiales. Dividen por la fuerza a la sociedad en dos grupos, solamente en dos y nada más. Hacer esto es irreal.

No hay solamente obreros y empresarios, todos iguales. Hay otro tipo de personas también y que no son consideradas: profesionales independientes, administradores, inventores, muchos más.

Cada persona es diferente y pertenece a varios grupos reales. No sólo hay dos grupos en una sociedad, hay cientos de ellos. De muy diversa naturaleza e intensidad. Reducir todo a dos grupos, dentro de los que todos sus miembros son iguales es un artificio.

Por si lo anterior fuera poco, esas teorías artificiales que obligan a clasificar en sólo dos grupos a todas las personas, hacen otro supuesto falso. Postulan ellas que hay un conflicto inevitable entre esos dos grupos.

Por definición son grupos en lucha eterna. Una situación en la que siempre y sin excepción un grupo somete a otro.

El efecto de pensar así es de consideración: llevan a concluir que la esencia de una sociedad es la lucha por la victoria de uno de esos grupos. Los burgueses deben ser aplastados, los hombres deben ser dominados, los países ricos deben ceder a todo.

Esta mentalidad socava la posibilidad de cooperación y colaboración. Se cierra la posibilidad de dialogar razonando. No hay otra salida que la victoria de uno de los grupos y el sometimiento el otro.

Peor aún, se crea la idea de la culpa colectiva. El mero hecho de ser hombre, por ejemplo, es una declaración de culpabilidad. O de ser estadounidense, o ser empresario, o ser blanco.

Ha sido dicho que la mejor forma de destruir una economía es minar el valor de su moneda. Sí, pero hay también una forma de destruir a una sociedad y es la de reducir el valor de sus ideas.

Y pocas cosas hay más destructivas que hacer creer que la sociedad es un escenario natural de luchas entre dos grupos irreconciliables.

Pensando como ciertas esas luchas, se destruyen los cimientos de la civilización, esas ideas de justicia, razón, individualidad, virtud, trabajo, disciplina, posposición de gozos.

Nuestro bienestar depende de la colaboración, no de la lucha. De la razón, no del artificio. De la justicia y de la virtud, no del favoritismo ni del vicio. De la disciplina, no del desacato.

Nuestras sociedades son entes sumamente frágiles y delicados. Están construidas sobre millones de experiencias e ideas de las que apenas nos damos cuenta, pero que son sus fundamentos. Quizá sea ese el peligro, el no ver los cimientos en los que estamos parados.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: División Social.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras