Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sonoro, Como el Silencio
Eduardo García Gaspar
10 noviembre 2011
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La gota que derramó el vaso cayó, curiosamente, en un bar.

Todo por una serie de televisiones planas, en las paredes, sin sonido… lo que permitía escuchar una música de fondo que era más bien una serie de ruidos.

La gente hablaba, sobre todo, por teléfono, ignorando a quienes estaban junto.

Un día antes, en el cine, sucedió algo curioso. Varios jóvenes, de menos de 20 años, se quejaron del volumen del sonido: demasiado fuerte para ellos. Puede usted imaginar lo que yo opiné al respecto.

La ventaja fue que dejamos de escuchar el sonido de la película de la sala de al lado.

Para balancear tal atmósfera habría sido necesario pasar un par de días en un convento, en la cima de alguna montaña. Quizá con monjes cartujos, o alguna otra orden a quienes no se les permita hablar.

Un lugar al que no lleguen coches cuya música pueda ser escuchada varios metros a la redonda.

Quizá todo esto valga una segunda opinión. Tal vez pueda señalar al arte perdido del silencio.

Posiblemente sea una falla de estos tiempos de demasiada televisión y escasa razón, de mucho ruido y pocas ideas. Dije arte porque creo que lo es: necesita dominio, habilidad y destreza.

Hablo del arte de pasear por un parque sin un artefacto conectado a los oídos, de sentarse en una silla en una playa y ver el mar, sin música junto.

De estar con otra persona sin necesidad imperiosa de hablar, de sobrevivir una tarde y una noche sin ver televisión. De estar en un sillón con un libro y nada más.

Situaciones como esas son, me temo, cada vez más escasas. Y eso, creo, es una pérdida sustancial.

Otro ejemplo, uno religioso: después de la comunión en las misas católicas, suele enfrentarse el problema de un cantante desafinado con una canción insoportable. Justo en el momento en el que más silencio es necesario.

Nada tengo en contra de la música, de los artefactos electrónicos, de los teléfonos móviles, de música en muchos lugares, ni de la televisión. Pero a lo que sí me opongo es a la desaparición de los momentos de silencio, o mejor dicho, de distracciones que quitan parte de nuestra esencia.

Recuerdo haber leído en algún lugar una explicación de la pérdida del arte del silencio. Argumentaba que desaparecemos los silencios porque les tenemos miedo.

Los llenamos con lo que sea, pero de silencio nada. Les tenemos horror a los momentos de silencio. Muy bien, es una explicación, como puede haber otras.

Pero la clave está en el por qué de esa fobia. La respuesta era: no queremos estar solos con nosotros. Tenemos miedo a nuestra persona y, por eso, deseamos distraernos para evitarlo, incluso viendo el más soez de los programas de televisión.

Todo, hacemos todo, con tal de impedir enfrentarnos a nosotros mismos, cara a cara, en nuestra propia soledad silenciosa.

Aún así, la respuesta no satisface. Debe conocerse la razón por la que no queremos quedarnos en silencio, con nosotros mismos y nadie más.

En eso que recuerdo que leí, la respuesta fue fuerte: tenemos miedo a hablarnos a nosotros mismo, a escuchar nuestras ideas. Algunos dirían, a escuchar nuestra conciencia: lo que pensamos de nosotros mismos.

No está nada mal esta idea. Otros la han expresado con esa noción de desconectarse del mundo para conectarse con uno mismo, lo que es un lujo que podemos darnos.

Son como vacaciones posibles a diario, unos minutos siquiera. Existe un grupo de personas que son expertas en esto de desconectarse del resto.

Trato de imitarlas cada vez que puedo. Ellas se retiran como hábito ciertos momentos del día alejados del resto y dejan que el silencio reine. Es importante porque nuestra tendencia es a hablar mucho y a escuchar poco.

Solamente en silencio puede realmente escucharse. Eso es de tener dos oídos y una boca, y apuntar que eso significa que escuchar es más importante.

Tiene esto que ver algo con el ocio, con el hacer nada, simplemente dar la oportunidad a escuchar lo que otras cosas impiden hacerlo. La maravilla de hacer esto es descubrir lo que estaba oculto en el ruido diario, donde hay tesoros nuestros.

Y es que en realidad nada hay como el silencio para escuchar lo que más vale. Los ruidos cotidianos son una manera de anular nuestra capacidad de escuchar lo que el silencio guarda para cada quien. Pocas cosas tan sonoras hay como un profundo silencio.

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