Sospechar siempre de todo gobernante. La más sana actitud que puede haber en la política. Jamás suponer que el gobernante es incapaz de usar su poder para su beneficio. Nuevas ideas para prevenir eso dividiendo al poder.

Introducción

La preocupación no es nueva. Montesquieu es quizá quien le dio la solución más conocida: la división del poder político en tres ramas que se balancean unas con otras para impedir el abuso del poder.

¿Por qué? Porque la más sana hipótesis política es sospechar siempre de todo gobernante, sin excepción. Pero esa solución es solo un principio general que merece más detalle y que es precisamente lo que hace Elster.

No solo provee detalles para evitar abusos de poder, también da justificación a toda la idea de la división del poder de los gobiernos.

En buena medida, esta idea de Elster tiene un fuerte apoyo en otra concepción, la de Popper que habla abiertamente del riesgo de elegir a gobernantes indeseables. Un riesgo siempre presente que merece una solución sólida.

La idea de Sospechar siempre de todo gobernante, y cómo solucionar el problema, fue encontrada en Elster, J. (2007). Explaining Social Behavior: More Nuts and Bolts for the Social Sciences, Cambridge University Press, pp. 434-439.

Punto de partida, enfrentar la desconfianza

El autor inicia esta parte usando el título «The Organization of Distrust», la organización de la desconfianza, para tratar el tema de la división del poder político, la fragmentación del poder gubernamental, la protección contra bribones.

Las constituciones políticas, dice, desean ser mecanismos circulares, sistemas de pesos y contrapesos que balancean el poder de las instituciones políticas.

Cada institución vigila a las otras contraponiendo un poder contra otro, lo que no siempre es logrado, resultando en la existencia de una de ellas que es el peso no contrapesado.

Pero aún así, la idea es dividir el poder político basado en la idea de David Hume: es una máxima política suponer que toda persona es un pillo (‘knave´= bellaco, bribón, villano), que tenderá a abusar del poder en su favor.

El problema a solucionar es cómo enfrentar la desconfianza que produce el temer a bribones en puestos de gran poder. La solución all problema de sospechar y suponer siempre que todo gobernante es potencialmente un pillo.

Bribones en el poder, la mejor hipótesis

Después de tratar algunos ejemplos particulares de constituciones nacionales, el autor vuelve a la base de la división del poder. A la máxima de Hume le da una solución más elaborada.

Debe suponerse que todos los que están en el poder tratarán de mantenerse en él. Que aunque los gobernantes afirmen que ellos trabajan por el bien común, las personas debemos reducir nuestra confianza en ellos.

La más sana hipótesis de que quienes están en el poder son bribones. Por eso, siempre se debe sospechar de todo gobernante.

Puesto en otras palabras, Elster toma como punto de partida la misma idea de Popper: es una locura suponer que debe confiarse ciegamente en los gobernantes. Por tanto, lo más razonable es dudar siempre acerca de la bondad de todo político.

Como un principio razonable en extremo, debe suponerse que no son del todo confiables y, mediante una constitución, organizar esa desconfianza que todo gobernante merece.

Y más aún, dice Elster, debe suponerse que aquellos que están en el poder intentarán usar ese poder para mantenerse en él y expandirlo si se les presenta la ocasión. Nunca debe suponerse que están libres de sospecha.

Aplicar estas suposiciones a los gobernantes dependerá de si quienes crean una constitución persiguen el logro del bien común más que la satisfacción de sus intereses propios.

Un gobierno en el que se desconfía

La fuerza de la razón, persiguiendo el bien común más que el beneficio partidista, será más propio de una asamblea constituyente que de una legislatura normal.

Bajo estas consideraciones, Elster propone ahora ideas para la organización de la desconfianza política. Lo que debe contener una constitución que parte de la hipótesis de sospechar de todo gobernante.

Elster propone 12 ideas que siguen el mismo espíritu de la división del poder que Montesquieu sistematizó. Aquí, ellas han sido condensadas ligeramente en 9, agrupando a las que están ligadas entre sí.

Pero lo esencial es el mérito del autor al haber establecido con un nuevo énfasis la base que justifica estos nuevos detalles de la división del poder gubernamental. Más allá del bicameralismo y cosas similares.

No es razonable otorgar un poder sin límites y frenos a quien sea que esté en el poder. Siempre y en todo lugar debe sospecharse de los gobernantes.

¿Cómo prevenir las consecuencias de un mal gobernante? Estas son las ideas de Elster. Nuevas perspectivas de la división del poder.

1. Asignación aleatoria de tribunales

Evitar que el gobierno intervenga en cuestiones de justicia política, mediante la asignación aleatoria de tribunales o jueces, en casos de juicios criminales.

Si esto no se hace aleatorio, el gobierno puede llevar a sus opositores a juicios que aseguren un dictamen de culpabilidad. Es una defensa de la oposición y de sus críticos.

2. Elecciones independientes

Evitar que el gobierno manipule las elecciones, mediante una ley electoral muy detallada que se incluya en la constitución misma, sin dejarla a leyes posteriores.

Los cálculos y definiciones de distritos electorales deben ser fórmulas preestablecidas, o bien dejarse en manos de una institución independiente del gobierno.

Es una defensa de la posibilidad de elegir por medios pacíficos a otros gobernantes y presupone que quien ya está en el poder tratará de mantenerse en él.

3. Independencia de medios

Otra de las formas de solucionar el sospechar siempre de todo gobernante. Lo que se llama transparencia de la gestión de gobierno.

Evitar que el gobierno intervenga en el flujo de la información, mediante disposiciones que permitan la exhibición pública de actos de los gobernantes. Si hay medios gubernamentales, deben ser manejados por comisiones autónomas, no nombradas por el gobierno.

Los medios privados deben tener protección y las frecuencias de transmisión así como el papel deben ser manejados sin posibilidad de racionamiento gubernamental. Es una defensa, en detalle, de la libertad de expresión en general y de la crítica al gobierno en específico.

4. Banco central autónomo

Evitar que el gobierno manipule la política monetaria, mediante la creación de un banco central autónomo, que a su vez debe ser protegido de la posibilidad de tener funcionarios con ideologías que produzcan acciones desastrosas.

Esta protección puede ser la aprobación por parte de una supermayoría parlamentaria, y, desde luego, la existencia de períodos preestablecidos de función.

Es una defensa de la libertad en el sentido de frenar la posibilidad de manejar la moneda en beneficio de quien está en el poder, sus planes y ambiciones.

5. Información autónoma

Evitar que el gobierno manipule la información estadística, mediante la asignación de esta función a instituciones autónomas.

Se trata de, como en el resto de las sugerencias anteriores, presuponer que el gobernante tiene un interés personal en mantener su poder y expandirlo, pudiendo alterar cifras oficiales que le favorezcan.

Es una defensa de las libertades que permite conocer la realidad.

6. Reglas de finanzas partidistas

Evitar que el gobierno mate de hambre a la oposición, mediante disposiciones que permitan subsidiar a los partidos de acuerdo al número de votos y su proporción en las cámaras de legisladores o el parlamento.

Ese subsidio debe estar fijado en la constitución y tener una manera preestablecida de ajustarse en el tiempo. Es una defensa de la libertad política al mantener la posibilidad de opciones electorales.

7. Leyes no inmediatas

Evitar que el gobierno emita leyes que le beneficien, mediante disposiciones constitucionales que fijen que ciertos tipos de leyes entrarán en efecto tiempo después de su emisión, más de un año quizá.

La ignorancia sobre la situación futura será un freno a leyes de beneficio partidista inmediato. Es una defensa de la libertad, especialmente diseñada para frenar intentos de beneficio partidista inmediato.

Como el resto, esta propuesta constitucional surge de la idea de sospechar siempre de todo gobernante, sin excepción.

8. Cambios constitucionales con supermayoría

Evitar que el gobierno salte las disposiciones constitucionales usando su mayoría en las legislaturas, mediante reformas constitucionales que requieran supermayorías, o retrasos de aplicación. Y considerando a esas cláusulas de reforma protegidas de un cambio.

Más aún, los cambios constitucionales pueden deber ser revisados por la suprema corte o algo similar. Es una defensa de la libertad, sustentada en dificultades para hacer cambios constitucionales de beneficio al gobernante en el poder.

El sospechar siempre de todo gobernante lleva a la idea de proteger al país de cambios constitucionales de beneficio al partido en el poder, haciéndolos más difíciles.

9. Fuera ideologías en la corte suprema

Evitar la existencia de jueces ideológicos o dogmáticos en la suprema corte, mediante disposiciones que permitan destituirlos, con supermayorías parlamentarias, por ejemplo.

No deben existir jueces de por vida, ni deben poder ser reelegidos. Es una defensa de la libertad, que permite hacer cambios en el poder judicial en casos extremos y promueve renovaciones sistemáticas.

El sospechar de todo gobernante toma aquí una defensa contra la ideología que quiera implantarse haciendo uso del poder del gobernante mismo.

La constitución

Una constitución, dice Elster, puede ser un mecanismo intrincado de piezas. Si alguna de ellas falta, las otras pueden resultar ineficaces.

Pero, de igual manera, una constitución puede tener tal nivel de rigidez que impida la acción gubernamental en tiempos de excepción. Es imposible prever todas las situaciones futuras posibles, por lo que debe dejarse un cierto margen de acción.

Resumen en dos puntos

La idea central de Elster es muy valiosa en dos sentidos. Ambos basados en la aceptación de que la mejor actitud que puede tenerse en cuestiones de poder es sospechar siempre de todo gobernante.

Es una imprudencia de graves consecuencias el suponer que los gobernantes tienen buenas intenciones, son capaces y no harán uso del poder en su propio beneficio.

Sospechar de todo gobernante

Uno, ha hecho explícito el fundamento de la fragmentación del poder y que es el suponer, como punto de partida, que toda persona es potencialmente alguien que aprovechará su posición de poder gubernamental para beneficio propio.

Ir más allá de la división del poder

Dos, ha entrado en el detalle más allá de la simple división del poder en ejecutivo, legislativo y judicial. La autonomía del banco central es sólo un ejemplo del espíritu de esas sugerencias que persiguen organizar la desconfianza que se debe tener en todo gobernante.

Sin dejar de considerar adicionalmente la realidad del efecto que tiene el poder en los gobernantes, el de dejar de ver a la realidad.

Y unas cosas más…

Más sobre el tema en La democracia necesita ciudadanos capaces, El problema del poder sin límites. También, Calidad del gobierno, calidad del gobernante.

Más sobre eso de que la mejor premisa política que puede haber es la de sospechar de todo gobernante. Lo que justifica a la división del poder.

Gobernantes que creen ser sabios

Por Eduardo García Gaspar 

Es la justificación moral del dictador. Del autoritario. De todo gobernante que suplanta la voluntad del ciudadano. Causa suficiente como para sospechar de todo gobernante siempre y en todo lugar.

I. Berlin (1909-1997) trató el punto al examinar las ideas de J. J. Rousseau (1712-1778).

El gobernante que cree ser sabio

Explica las conductas y actos de «jacobinos, Robespierre, Hitler, Mussolini y los comunistas». En el fondo de estas mentes y muchas otras más hay un común denominador que permanece oculto para el observador superficial.

Estos gobernantes tienen como cimiento la idea de que las personas, usted y yo, no saben lo que quieren, no tienen idea de lo que desean.

Es esa la primera pieza clave, el creer que las personas no saben lo que quieren. De la que naturalmente surge la otra, el gobernante sí sabe lo que las personas quieren.

En otras palabras, en la mente del gobernante, hay un pensamiento potencial eterno y básico: «ellos no saben lo que quieren, en cambio yo sí lo sé lo que les conviene».

No importa que la persona diga «yo sí sé». El gobernante piensa que en realidad no sabemos, que los deseos de los ciudadanos son un engaño, que solo él conoce lo que de verdad necesita la persona. El es el sabio, los demás son ignorantes.

La mente de este gobernante le dice que él hace lo que en el fondo desean los ciudadanos para ellos mismos, aunque los ciudadanos lo nieguen. Si lo niegan y protestan, es porque no lo saben.

Berlin lo expresa bien al describir la reflexión del dictador:

«Cuando yo ejecuto a un criminal, cuando someto a seres humanos a mi voluntad, aún cuando organizo yo inquisiciones, cuando torturo y mato hombres, no solo estoy haciendo algo que es bueno para ellos […], estoy haciendo lo que ellos en realidad desean, aunque puedan negarlo mil veces. Si lo niegan, es porque no saben lo que son, lo que desean, cómo es el mundo».

El gobernante decide por el resto

Este gobernante es, por eso, un iluminado que habla a nombre del resto. De todos los demás. Un síndrome que, por sí mismo, indica la conveniencia de sospechar de todo gobernante e implantar a la división del poder.

La libertad para él no es válida para las personas. Escogerían ellas lo que realmente no desean. Lo que no les conviene. Si fueran libres, cometerían errores, que solo el gobernante puede corregir al obligarles a actuar de acuerdo con su voluntad.

En esta idea, el ciudadano es un ignorante, poco ilustrado, que en caso de ser libre cometería un error detrás de otro.

El gobernante, en cambio, es el sabio compasivo que entra a resolver ese problema y toma decisiones que sustituyen las del ciudadano. Así sean las más crueles y despiadadas, porque todo tiene una buena intención, la de ayudar al ignorante que no sabe lo que quiere.

Más que una dictadura, este tipo de mentalidad es totalitaria. El gobernante impone un régimen por el que se rige la vida de los ciudadanos, incluso en sus más pequeños detalles.

La mentalidad de Stalin y Mao Tse-tung lo ilustra el extremo con claridad. Igual que la del régimen de Cuba y de Venezuela.

Un aviso de precaución

No es infrecuente que en los inicios de implantación de este tipo de régimen, se vea solamente el elemento compasivo del nuevo gobierno.

A lo que temo es que en la primera impresión, solo sea percibido el altruismo de las buenas intenciones caritativas que acompañan a esta mentalidad que usa el poder en provecho propio.

Aprovecha ella situaciones de injusticia y miseria a las que quiere solucionar y gana con ello adeptos ingenuos que no suelen percibir nada más allá de la superficie. No comprenden que se trata de un régimen en el que se pierde la libertad.

Finalmente, esta mentalidad totalitaria tiene gradaciones en su intensidad. Los regímenes de la URSS, del nazismo, lo ilustran en alta intensidad.

Pero también, hay regímenes de menor magnitud, como los del estado de bienestar, cuando el gobierno se hace cargo de la felicidad desde la cuna hasta la tumba.

Esta hipótesis doble, del ciudadano tonto y el gobernante sabio, es por necesidad el punto de partida de todo sistema político que limita libertades. La razón por la que debe implantarse a la división del poder.

Otra manera de ver esto es el monto de la concentración del poder en el gobierno. A más poder acumulado en él, más fuerte es la creencia en la estupidez del ciudadano y del gobernante sabio.

Esta tendencia a creerse sabio hace que la mejor premisa de la que parta todo ciudadano cuando piense en política es sospechar de todo gobernante sin excepción. Y volverse defensor de la división del poder como el mayor sistema de defensa en contra de la pérdida de su libertad.

Nota

El libro consultado fue Berlin, I. (2004). La traición de la libertad. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 72-73.

[La columna fue actualizada en 2019-10]