Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Trabajo: Maldición y Gracia
Selección de ContraPeso.info
2 diciembre 2011
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

El autor es research fellow en el Acton Institute y executive editor del Journal of Markets & Morality.. El título original del escrito es Work, the Curse, and Common Grace.

Que los seres humanos fueron creados para ser creadores, para trabajar, es innegable. El concepto antropológico del homo faber, el creador de herramientas, comprueba este aspecto básico de lo que significa ser humano.

Desde la perspectiva cristiana, creemos que los seres humanos hacen las cosas de una manera que imita a su Creador.

Mientras que Dios “crea de la nada” (ex nihilo) y entonces lo ordena y arregla, nosotros creamos a la manera de las criaturas, dependiendo de las primeros actos de creación de Dios.

Todo esto es cierto sobre la persona humana y es bueno que así sea.

Pero desde la caída en el pecado, el trabajo ha sido agridulce. Este aspecto negativo del trabajo nos ha sido comunicado en la narración bíblica como una maldición. Como Dios dice a Adán:

“… maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado.¡Porque eres polvo y al polvo volverás!” (Génesis, 3: 17-19)

Como criaturas caídas, no estamos más en relación con el mundo a nuestro alrededor, sea el mundo de plantas, animales, seres humanos, o verdades espirituales, de la manera en la que lo estábamos antes.

Así, de un lado, el trabajo es un bien básico creado que Dios nos ha dado para satisfacer nuestras necesidades temporales y formar nuestras almas en obediente disciplina. Pero, del otro lado, el trabajo a menudo se hace una carga —laborioso, monótono, repetitivo y frustrante.

Esta insatisfacción crea en nosotros un sentido profundo y permanente de que las cosas no son como deberían ser. Como se lee en el libro del Eclesiastés, Dios “puso en el corazón del hombre el sentido del tiempo pasado y futuro”, de manera que las cosas de este mundo a menudo palidecen en comparación con nuestra atracción por las cosas espirituales (Eclesiastés, 3:11).

Imaginamos, creemos, tenemos la esperanza de que debe haber un mejor mundo por venir.

Encontramos esta sensación de ruptura en algo tan común como la pesca. En una historia de radio de Michigan, el pasado verano, sobre los retos que enfrenta la industria pesquera de ese estado de EEUU, el pescador veterano, Ed Patnode, reflexionó sobre “lo ricos que seríamos si pudiésemos conocer la mente de los peces”.

Algunas veces los peces parecen gustar un color del señuelo y, dice Patnode, si pudiésemos “hablar con el pez y que nos diga por qué le gusta el color rosa, o que nos diga qué días va a morder el rosa y que otros factores influyen en su decisión de morder el rosa este día”, la pesca sería mucho más fácil.

La idea de Patnode, de que los retos de la pesca serían superados si se pudiera entender cómo “piensan” los peces, parece apuntar a la posibilidad de que los seres humanos algún día estuvieron en relación, y quizá lo estén de nuevo, con el resto del mundo de una manera que percibe cómo las cosas realmente funcionan.

Y mientras vivimos en una existencia marcada por la maldición, aún así vivimos. Podemos todavía trabajar, incluso si el trabajo es más complicado y difícil de lo que hubiera sido de otra manera.

Abraham Kuyper, teólogo y estadista holandés, describe esta dinámica de las cosas siendo imperfectas y aún así buenas, en su doctrina sobre la “gracia común”. Una idea que disfruta de atención renovada con la publicación en inglés de parte de su magnum opus sobre el tema.

En Wisdom & Wonder: Common Grace in Science & Art, Kuyper escribe que, después de la caída, “podemos llegar al conocimiento de las cosas sólo por la observación y el análisis. Pero no fue así en el paraíso”.

Antes de la caída, leemos que Adán dio nombres a los animales, de lo que debemos entender que “Adán de inmediato percibió la naturaleza de cada animal y expresó su comprensión de la naturaleza del animal al darle el nombre que le correspondía a su naturaleza”.

Sin embargo, las cosas son muy diferentes ahora, como vemos en el caso de Ed Patnote y otros pescadores, o de cualquier profesional que trata con el mundo natural.

Kuyper escribe, “Si queremos aprender a entender una planta o un animal, entonces tenemos que observar al animal y la planta, con cuidado, por largo tiempo, y de lo que observamos gradualmente sacamos conclusiones sobre su naturaleza. Esto es distinto a nosotros jamás aprendiendo a comprender su esencia”.

En verdad, dice Kuyper, “Incluso sus instintos permanecen aún como un misterio completamente sin solución”, hasta el punto en el que realmente no conocemos qué causa que la trucha de lago prefiera los señuelos rosas a los verdes o naranjas en ciertos días.

De esta manera, la diaria rutina del trabajo nos recuerda lo que hemos perdido, pero también lo bendecidos que hemos sido. Nos recuerda que en medio de la ruptura y la ceguera del pecado, Dios no ha abandonado este mundo.

Y así somos llamados, a nuestra limitada y a menudo caprichosa manera: “Todo lo que esté al alcance de tu mano realízalo con tus propias fuerzas” (Eclesiastés, 9:10).

Es ésta la naturaleza de “esta parte en la vida”, y nuestro “esfuerzo bajo el sol” (Eclesiastés, 9: 9), hasta conocer completamente la medida de la gracia redentora de Dios.

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