Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Pato, Cuatro Picos
Eduardo García Gaspar
25 julio 2011
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La persona hablaba de visitas extraterrestres a la tierra.

En tiempos inmemoriales habían visitado el planeta y dejado evidencia como las pirámides de Egipto y una imagen curiosa en las ruinas mayas, de una figura que parece un astronauta actual.

Creía en lo que decía.

No tengo problema con esas creencias y resultan un tema curioso en las conversaciones, como leer un libro de ciencia ficción.

Pero con lo que tengo problemas es con la manera con la que suele ser defendido eso de las visitas extraterrestres hace miles de años.

Decía esta persona que no había evidencia alguna que demostrara que esas visitas no se habían realizado. Ya que ningún científico había logrado probar que los extraterrestres no habían estado en la tierra y realizado algunas construcciones, tenía que ser verdad.

No necesariamente.

Recuerdo haber leído una crítica un tanto sarcástica de esta manera de razonar. Si alguien sostiene que hay un plato de porcelana flotando en algún lugar del universo, no puede alegar que el no poder probar que eso es falso, demuestra que es cierto lo del plato flotante.

Esto tiene un nombre elegante.

Se llama argumentum ad ignorantiam (usar palabras en latín da cierta altura a la columna).

Es decir, una especie de argumentación que se cimienta en la realidad del desconocimiento. En el caso de esa persona, ella cree poder demostrar su opinión diciendo que no se sabe que haya sido demostrada falsa y, por tanto, es verdadera.

De esta manera, podría usted sostener que existe un pato que tiene cuatro picos. Nunca nadie ha demostrado que no existe. Es por tanto cierto, ese pato debe existir.

La situación tiene aplicaciones más reales, como la que afirma que nunca nadie ha demostrado que usted no ha sido infiel con su cónyuge y que por eso, definitivamente lo es.

Cuando estas cosas se explican suele suceder que las personas reaccionan diciendo que es obvio, que nadie caería en esa trampa. Y sin embargo, se cae, como mi amigo el de los extraterrestres que es muy dado a la teoría de los complots, los que demuestra diciendo que existen porque nadie ha ha oído de ellos ni probado que no existen.

Esto sucede en la vieja discusión religiosa sobre la existencia de Dios. Quien defiende su existencia puede hacerlo diciendo que nunca nadie ha probado su inexistencia y, por lo tanto, existe.

Es el mismo error, pero al revés, del que dice que no existe porque nunca nadie ha probado su existencia.

Ninguna de esas dos maneras de hablar sobre Dios es atinada. Debe admitirse que cabe la posibilidad de probarla o de lo contrario, que no exista evidencia en un sentido o el otro, no tiene nada que ver con la realidad. Es obvio que debe acudirse a otras maneras de probar su existencia o inexistencia. Esta no es la adecuada.

Volvamos al caso del marido infiel, o mejor dicho, supuestamente infiel.

Si no existe evidencia alguna de que haya sido siempre fiel, eso no es prueba de que haya sido infiel a su mujer. Y lo opuesto, la evidencia de que no haya sido infiel no demuestra que siempre haya sido fiel.

Si no hay evidencias en un sentido o el otro, no puede emitirse un juicio sobre su fidelidad y el principio que se aplica es el de ser inocente: la inocencia no necesita ser demostrada, es la culpabilidad la que debe probarse (un principio natural que no se reconoce en la justicia mexicana práctica).

La corrupción de un gobernante es un caso típico para este tipo de argumentaciones. Sin pruebas innegables es imposible probar que es corrupto, aunque lo sea. El hecho de que sea un gobernante no permite concluir que sea corrupto de manera absoluta.

Pero quedan caminos alternos, los de consistencia entre, por ejemplo, sus posesiones y su ingreso. Una discrepancia notable entre ellas, lo haría en extremo sospechoso y el juicio se encaminaría a probar el origen de su fortuna.

Una aplicación de esto se da en los deportes. Recuerdo un caso en el que un gol fue anulado por fuera de lugar, lo que la repetición de la jugada indicó como claramente falso. Era una jugada legítima.

Y alguna gente arguyó que el árbitro había recibido dinero por hacer eso: ya que no podía probarse que no lo recibiría, debía ser cierto.

No necesariamente. Había otra explicación, la ineptitud del árbitro, la que sí podía demostrarse en el video.

Post Scriptum

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