Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Costosa Confusión
Eduardo García Gaspar
7 noviembre 2011
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Hay una idea que flota en el ambiente y a la que se suele adorar con más consideración que la que ella afirma.

En un síntoma de nuestros tiempos el rendir pleitesía al pensamiento independiente, a la mente abierta, a las ideas heterodoxas.

Todo eso se aprueba, muchas veces hasta el éxtasis y con la reprobación consiguiente de su opuesto.

Se reprueba la ortodoxia, la disciplina, las ideas de otros tiempos. A todo ellos se le califica de dependencia, de mente cerrada.

El fenómeno es curioso.

Digo, curioso, porque si en verdad existiera el pensamiento absolutamente independiente, la persona tendría que reinventar todo de nuevo. Todo.

No habría posibilidad de acudir a Newton, ni a Einstein. Eso sería tener una mente dependiente. Y, más curioso aún, porque tener una mente independiente es por necesidad depender de la idea que otros ya tuvieron.

La cosa, me parece, establece que existen una relación directa y proporcional entre el progresar y el pensar de manera independiente.

Creo que la cosa es exactamente al revés: sólo puede progresarse si se acepta la influencia de otros, las ideas de otros, el pensamiento de otros.

Es imposible adelantar y mejorar haciendo caso omiso del resto. Incluso el mismo retar las ideas de otros es tener un pensamiento no independiente: se han tomado ideas ajenas y sobre ellas se ha construido algo, quizá contrario, pero no independiente.

Un caso notable es el de los ataques al Cristianismo: ellos son sólo posibles porque dependen del Cristianismo mismo.

Lo que debe temerse del pensamiento independiente es, me parece, el defecto en el que necesariamente cae: la búsqueda de la originalidad por la originalidad misma, la que acude a la herramienta del incapaz, la controversia sin sentido.

Pero incluso la controversia sólo puede serlo sin hay algo antes de lo que depende. Si un pintor hace una exhibición polémica, podrá serlo si antes existe algo contra lo que él va.

Tener un pensamiento original, realmente digno de considerarse así, no significa tener una mente abierta, sino una con vista aguda y oído fino.

La mente abierta lo acepta todo sin gran criterio. La mente independiente lo puede ser sólo si se independiza de algo anterior, pero no puede crearlo todo de la nada, otra vez.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es ver la nada en el fondo de frases huecas, como esas de pensamiento independiente, de mente abierta y de ideas heterodoxas, como algo loable en sí mismo, sin nada más que lo justifique.

El pensamiento independiente es un imposible físico: su independencia necesita algo antes, de lo que depende.

La mente abierta se vuelve un cerebro que acepta todo y discrimina nada y puede sólo presumir de ser ser una colección de ideas indiscriminadas y contradictorias. Las ideas heterodoxas requieren de algo previo, la ortodoxia misma.

Y el peligro de la admiración sin límites por la mente abierta, las ideas heterodoxas y el pensamiento independiente es que, vueltas una meta en sí mismas, producen basura intelectual.

Una mente que en verdad quiera ser independiente, tendría que admitir la bondad del robo. Una gente que quiera ser abierta deberá admitir que la libertad y la esclavitud tienen igual valor. Quien presuma de heterodoxo tendrá que pensar de manera ortodoxa para serlo.

Creo que lo que vale y mucho no es eso de mentes abiertas, independientes y heterodoxas.

Lo que sí tiene valor es la mente hábil, aguda, sagaz, sutil y avispada. La mente inteligente, razonada, lógica y que, paradójicamente, entienda sus limitaciones. Es decir, creo, casi lo opuesto de esas mentes que presumen de apertura e independencia.

En otras palabras, un error no pequeño de nuestros tiempos es el haber confundido al pensamiento independiente con el pensamiento inteligente. A la mente abierta con la mente perspicaz. A las ideas heterodoxas con las ideas penetrantes.

Una confusión costosa que engaña haciendo pensar que la controversia equivale a talento y que a más controversia mayor talento.

Una confusión grave que hace del incapaz una celebridad y del talentoso un ser poco conocido. Son, los nuestros, tiempos de escasa razón y abundante televisión, en los que esa confusión logra hacer de la chatarra intelectual del día creencias no sujetas a discusión.

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