Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
13 Domingo Ordinario (2012)
Textos de un Laico
29 junio 2012
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La primera lectura (Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24) pone sobre la mesa un punto de partida en las lecturas de Duda de Santo Tomáseste domingo: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”.

Y dice que

“Dios no ha hecho la muerte, ni se compadece en el exterminio de los vivos. El lo creó todo para que subsistiera, y las criaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno de muerte, ni el imperio del abismo reina sobre la tierra”.

Tan sólo leyendo esa parte es posible sacar una conclusión, la de que Dios creó a los hombres para la inmortalidad. La conclusión puede sonar extrema, pero es real.

La misma lectura usa esas palabras:

“Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y sus seguidores tienen que sufrirla”.

No tendría sentido crear al hombre para dejarlo morir. Un ser creado a semejanza divina debe por necesidad lógica permanecer con vida.

Esto puede verse como una promesa de inmortalidad, aplicable incluso ahora, bajo las circunstancias de la perturbación creada por la intromisión del maligno en la creación.

Sí, a pesar de que hay muerte en el mundo, la inmortalidad está abierta para nosotros. Dios no puede romper sus promesas.

Las palabras del salmo responsorial tienen implícita esta inmortalidad. Dice, “Te alabaré, Señor, eternamente”.

¿Cómo podría un ser mortal alabar a Dios eternamente? La única posibilidad es también ser inmortal.

Si la muerte se entiende como un abismo, el salmo nos dice, “Tú, Señor, me libraste del abismo, me reanimaste cuando estaba a punto de morir. Te alabaré, Señor, eternamente”.

 

• El evangelio (Marcos 5, 21-43) de este domingo continúa con el tema de la inmortalidad humana.

La narración inicia contando que,

“Al regresar Jesús a la otra orilla, se le aglomeró mucha gente mientras el permanecía junto al lago. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia, diciendo: ‘Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que viva’ Jesús se fue con él”.

No requiere mucho esfuerzo el imaginar la desesperación y el desconsuelo que sentía Jairo, pues pocas cosas tan malas pueden suceder a una persona como la muerte de un hijo.

Sin embargo, “llegaron unos de la casa del jefe de la sinagoga diciendo: ‘Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro’”. Lo peor había sucedido.

A lo que el evangelista añade,

“Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga: ‘No temas; basta con que sigas creyendo’. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el tumulto, unos que lloraban y otros que daban gritos, entró y les dijo: ‘¿Por qué este tumulto y estos llantos? La niña no ha muerto; está dormida’”.

Otro ejercicio de imaginación es también sencillo de hacer. La hija había muerto, había lloros y gritos, las personas estaban reaccionado naturalmente.

Y, a pesar de todo, un tipo que llega por allí, llamado por el mismo Jairo, les dice que la niña no ha muerto, que está dormida. La burla era la otra reacción humana posible.

Dice el evangelista a continuación,

“Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña. La tomó de la mano y dijo: ‘Talitha Kum’ (que significa: Niña, a ti te hablo, levántate). La niña se levantó al instante y se puso a caminar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron totalmente admirados”.

La burla se convirtió en estupor. Lo imposible había sucedido.

¿Imposible? No, al contrario. Sólo había que recordar la lectura anterior, “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”.

No sólo no era imposible, sino que era precisamente lo que sí debía suceder, por extraño que a los sentidos pareciera. Aunque ahora con una diferencia, Jairo había acudido a Jesús con fe, creyendo en él, buscando que su hija no muriera. Y Jesús atendió el llamado.

Atendió el llamado haciendo algo notable, “Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña”.

No todos fueron los que llevó Jesús con la niña. Echó antes fuera a algunos. Se quedó con los más cercanos.

Tal vez podamos ver esto como esa distinción que hacemos nosotros mismos: podemos ser los que se burlan de la promesa de vida inmortal, pero podemos decidir ser de esos que creen en que la promesa de Dios es real. Sí, estamos destinados a la inmortalidad.

Pero lo estamos dependiendo de nuestra decisión. Dios nos creó para vivir con el eternamente, pero al mismo tiempo nos hizo libres.

Podemos decir no a Dios, pero podemos decir sí, llamarle como lo hizo Jairo, con fe, creyendo en él. Amándolo. Haciendo caso de las palabras de Jesús, “No temas; basta con que sigas creyendo”.

 

• La segunda lectura (2 Corintios 8, 7-9.13-15) lleva esto a una conclusión lógica. Escribe San Pablo,

“Hermanos: Ya que sobresalen en todo: en fe, en expresarse bien, en ciencia, en toda clase de preocupación por los demás y hasta en el cariño que les profesamos, sean también los primeros en esta obra de caridad. No digo esto como una orden, sino para que, viendo la preocupación de los demás, pueda yo comprobar la autenticidad de su amor”.

No son órdenes las que recibimos, sino invitaciones y llamadas, las que aceptadas muestren lo auténtico del amor que profesamos.

Porque en última instancia todo puede expresarse en eso, en amor, a tal punto que se dice repetidamente que Dios es amor.

Fue amor de Dios lo que nos creó y es amor nuestro lo nos lleva a él. Y así el amor se torna inmortalidad para nosotros en Dios. “No temas; basta con que sigas creyendo”.

 

• Las tres lecturas en conjunto hablan de alque que es lógico, estamos destinados a la inmortalidad por promesa de Dios.

La primera lectura lo promete y es palabra sagrada. El evangelio lo muestra, con el poder de Jesús sobre la muerte. La segunda lectura lo comprueba en su misma base, que es el amor. Dios no puede dejar all que ama y ha creado a su semejanza.

Ahora el turno es nuestro, por medio del amor lograr la inmortalidad junto a Jesucristo. Creer en nuestra inmortalidad es amar y tener fe, al mismo tiempo. Ni el amor ni la fe pueden ser ordenados, ni obligados. Deben nacer desde dentro de nosotros. El saber que somos inmortales es un buen comienzo para amar, para tener fe.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comunes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.





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