Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cambio, Poesía y Cinturones
Eduardo García Gaspar
21 junio 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una poesía. Una que está dedicada a los niños.

Tiene un propósito educativo, enseñar virtudes.

Trata sobre algo que olvidamos, el olvido de las omisiones.

No son las cosas que hiciste, mi bien,

Son las las cosas que dejaste de hacer

lo que te deja algo adolorido

al ponerse el sol.

La autora, Margaret E. Sanger, dejó una simple y memorable idea en esas líneas.

En términos cristianos, se llaman pecados de omisión. Y no son menores todas esas cosas que pudiendo hacerse para el bien se dejaron de lado.

Oportunidades perdidas. Debe ser cuantiosas a juzgar por la importancia que se les da.

Tiene su aplicación a la vida diaria de todos, a los negocios, a la política. Tome usted, por ejemplo, una frase electoral común en muchas partes, la de “votar por el cambio”.

Se toma al “cambio” como si fuera bueno en sí mismo y lo más deseable que pudiera tenerse. Pero sin saber qué es ese cambio en concreto, no hay manera de defenderlo.

El asunto se pone peor, porque en política un cambio es el efectivo disfraz que toma la continuación de políticas iguales a las anteriores. Llega incluso a creerse que la entrada de una persona nueva en los gobiernos es un cambio real, cuando en verdad es una cara nueva de lo mismo anterior.

Seamos lógicos y para eso debemos regresar a esa poesía infantil.

¿Cuáles son esas cosas que no se han hecho en México? Me refiero a esas que llevan años de ser propuestas y no realizadas. Las que se han dejado de hacer. Las faltas de omisión.

Tienen su nombre y es conocido, las llamamos “reformas estructurales”. Son un conjunto de medidas que modernizan al país.

Vistas del otro lado, son medidas que quitan obstáculos y frenos a la economía para que ella progrese. Son las cosas que no se han hecho y que al final de un gobierno producen dolor a todos. Realizarlas sería un cambio, real y tangible. Mantenerlas sin hacer seguirá siendo una pérdida de oportunidad.

Seamos claros. Si usted propone un cambio en el país, en lo que menos debe poner atención es en el cambio de personas o en el cambio de partidos en el gobierno.

Toda su atención debe colocarse en el cambio de políticas, medidas y decisiones de gobierno. Y la más clara oportunidad de un cambio veraz y franco es implantar esas reformas estructurales.

Quien cree que cambiando de presidente se tiene un cambio, se engaña profundamente. Quien cree que cambiando de partido en el poder se ha logrado cambiar, se tima a sí mismo.

¿Quiere usted un cambio? ¿De verdad quiere un cambio en serio? Abróchese el cinturón de seguridad porque el camino será difícil. Y los caminos difíciles no son nunca tomados por los políticos. Nunca.

Harán ellos todo lo posible por disfrazarse en una bandera de cambio que en el fondo ser el continuismo de la posición anterior.

La nueva cara nada significa en sí misma si en su cabeza no hay nuevas ideas y las nuevas ideas son lo que más rechazo causa en todos. Existe una especie de pasión terca por engañarse a sí mismo llamando cambio a una nueva cara en el poder.

Las elecciones presidenciales mexicanas son una ilustración de esta desordenada mentira. Sin una propuesta clara y definitiva de realización de reformas estructurales, puede usted apostar que nada nuevo sucederá en el país.

No habrá cambio real, sino cambio de caras. Y ellas no importan. Son esas cosas que se dejan de hacer lo que frena a la nación. Se llaman reformas, que sí son cambios.

Los cambios son siempre incómodos y penosos. La mayoría los rechazan, como le sucede a las innovaciones en su primera etapa. Nadie las quiere.

Dañan los intereses de los políticos que perderían poder con las reformas. Lastiman a empresas que se benefician del estado de cosas. Pulverizan a los sindicatos que obtienen favores gubernamentales. Dejan sin sentido a los grupos de presión.

¿Quiere alguien cambio realmente?

Modernice leyes, deje los mercados libres, desregule la economía, olvide a los sindicatos, renuncie a los subsidios, baje impuestos, olvide la reforma agraria. Esos sí son cambios.

No me diga que subsidiar gasolinas es un cambio, ni que elevar el gasto de gobierno lo es, ni que tener refinerías estatales es un cambio. Ni que reactivar a la economía con gasto público es un cambio.

Lo que debe cambiarse no son los políticos, lo que debe cambiarse son las políticas.

¿Quiere cambio en verdad? Haga todo eso que se ha olvidado hacer. “No son las cosas que hiciste, mi bien, / Son las las cosas que dejaste de hacer”.

Post Scriptum

Si se examinan las propuestas de los candidatos mexicanos en 2012, ellas son variaciones sobre el mismo estado de cosas que padecemos. Ninguna de ellas trata cambios reales. En mucho la razón es el temor de perder popularidad electoral entre ciudadanos que rechazan los cambios reales y se obsesionan con los cambios de presidente.

Fascinado en su manía presidencial, el electorado mexicano, en buena parte, se ilusiona cada sexenio creyendo que la clave está en encontrar al personaje mitológico que sea capaz de hacer del país un paraíso en la tierra. Eso no es cambiar, al contrario, eso es mantener una fantasía política imposible.

Esquemáticamente, el cambio tiene dos facetas.

1. Cambio de caras. Nuevos políticos y nuevos partidos llegan al poder haciendo creer que eso es realmente un cambio cuando no lo es. El caso del candidato López Obrador es un clásico de esta faceta: sus fans creen que cambiando una cara por otra y un partido por otro las cosas cambiarán realmente. López Obrador no es más que un cambio de cara con la apariencia de cambio real.

2. Cambio de políticas. Con las mismas caras o con otras, el gobierno modifica sus acciones, cambia sus políticas, les da un giro. Implanatr las reformas estructurales es un ejemplo clásico de cambio real.

El texto en inglés de esa poesía es el siguiente:

And it isn’t the thing that you do, my dear,

It’s the thing that you leave undone

Which gives you a bit of a heartache

At the setting of the sun.

La expresión “abrocharse el cinturón” para lo que viene, es de la película All About Eve, en la que el personaje de Bette Davis, Margo Channing, dice, “Fasten your seatbelts, it’s going to be a bumpy night!”

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