Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad, Corazón, Cabeza
Eduardo García Gaspar
26 diciembre 2012
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Ninguna de las opciones deja satisfecho, cuando se piensan.

La solución a la disyuntiva de “darle o no darle” es resbalosa.

Me refiero a atender la solicitud del mendigo que en la calle solicita limosna.

Lo que sea que se haga, eso lleva a dudas.

Si le doy, puede ser que fomente sus vicios, pero puede ser que le ayude a conseguir la primera comida en días.

Si no le doy, quizá quede con la inquietud de no haber ayudado, pero puede ser que haya sido mejor para no fomentar esa costumbre de pedir sin merecer.

Un caso curioso de estos, en los que no había ya dudas, fue el de un mendigo en Chicago.

A un lado de restaurantes concurridos, en la calle Rush, este hombre de mediana edad y sucio, pedía una “contribución para la Fundación Jack Daniels”. La gracia de su petición detenía a algunos pasantes y pocos de ellos premiaban su honestidad con respecto al uso del dinero pedido.

Para mí, la decisión fue clara, no le daría nada a este hombre para fomentar su alcoholismo.

¿Qué hacer con una mujer miserable con un niño en brazos que se acerca al auto y pide para comer? ¿O con el que pide para regresar a su pueblo porque se le acabó el dinero y parece honesto al pedir?

No tengo respuesta para eso, pero sí tengo un principio que trato de seguir. La inmensa mayoría de las veces no doy limosna en la calle. La situación del mendigo debe ser excepcional para que lo haga.

Otras personas actúan de manera opuesta, dando casi sin excepción a quien sea que le pide una limosna.

Una persona que conozco asigna un presupuesto diario: acumula monedas en su automóvil, las que reparte a quienes va encontrando en su camino. Estoy seguro de que tanto él, como yo haciendo lo contrario, nos sentimos satisfechos por haber tomado la decisión correcta.

Son soluciones distintas al dilema del Buen Samaritano. ¿Dar o no dar? Por supuesto, depende del caso particular de ambas personas, del que da y del que recibe.

Quizá haya una solución razonable y general que sirva de guía. Vayamos paso por paso para intentar encontrarla.

Primero, el caso del que da a todos los mendigos. Si lo hace es porque siente que es lo correcto y se siente satisfecho con sus dádivas.

Segundo, el caso del que no da a los mendigos y que actúa así porque cree que es lo correcto, lo que le ocasiona satisfacción.

Al primero, me parece, lo mueve el corazón y las emociones. No está mal. Es quizá la motivación más común de la caridad.

Pero, si se tiene un corazón que late por los pobres, como escribió, el Rev. Robert A. Sirico, también debemos tener “una cabeza para los pobres”. Un cerebro que piense, no solamente un corazón que se conmueva.

Y este es precisamente ese principio que debe orientarnos. El corazón debe alterar nuestra conciencia para ayudar a otros en necesidad, pero la mente debe también afectar a nuestra conciencia para hacerlo con inteligencia.

No está mal la combinación de sentimientos con raciocinio. Mezcla a los elementos humanos.

Ante todo, creo, se trata de evitar el síndrome de satisfacción hueca. El sentirse contento por haber dado un dinero a un pobre sin considerar los efectos del acto en ese pobre.

Porque la caridad no se hace para sentirse un satisfecho, sino para realmente ayudar al otro. Y sólo cuando la ayuda es real y efectiva es que puede surgir la satisfacción.

Es aquí cuando las cosas se ponen interesantes, porque se trata de ayudar a las personas en situación de necesidad. Son personas, iguales a nosotros, a quienes debe ayudarse como tales. Atender sus necesidades físicas no está mal, pero es insuficiente.

Y, más aún, ellas tienen dignidad que una caridad mal dada puede lastimar. La real compasión por otro, por tanto, es la que le ayuda a ser persona, no sólo a recibir.

Es ese el peligro real de la caridad mal orientada, el de poder enseñar a las personas sólo a pedir, reclamar y a recibir.

Es esto precisamente lo que produce la caridad gubernamental: instruye en los modos de pedir, acostumbra en los hábitos de reclamar, capacita en las formas de pedir. Anula los esfuerzos personales, inhabilita las virtudes del trabajo y el ahorro, incapacita las responsabilidades.

La lección de la caridad es clara. Sí, debemos realizarla, es una obligación imperativa. Pero debemos ser cautos, prudentes y razonables cuando la hacemos.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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