Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Caridad Imprudente
Eduardo García Gaspar
15 agosto 2012
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: , ,


Es una combinación fatal. Fatal porque engaña al más talentoso y porque lleva a fracasos seguros.

Es una combinación nefasta, una mezcla fatídica.

Es lo que creado cuando se entretejen las buenas intenciones con la imprudencia.

Hemos vivido un caso de estos por décadas.

Me refiero al caso de lo que puede llamarse caridad precipitada, compasión alocada, piedad imprudente, o como quiera usted.

Parte ella de una idea positiva, la inquietud por ayudar a otros que se encuentran en una mala situación. Es un buen punto de arranque, una motivación válida y fuerte, que impulsa a la acción. Nada malo hay en ella, al contrario.

Y, sin embargo, si esa inquietud se alimenta sólo de sentimientos y emociones, ella se desvía corriendo riesgos sin necesidad. Se convierte en caridad imprudente.

Fundada sólo en turbaciones y agitación, nubla la mente, y lleva a la temeridad. Fracasa por eso, pero produce una satisfacción personal considerable, lo que la hace aún más peligrosa.

La caridad imprudente satisface al que la realiza, lo llena de emociones positivas al creer que está haciendo caridad, no importa qué exactamente, con tal de hacerla.

Seamos claros, la caridad imprudente es pura emoción personal, mera satisfacción gozada por quien la realiza. Y eso es erróneo.

Llego así a lo que creo merece una segunda opinión.

La caridad imprudente es un ejemplo de las combinaciones fatales. Buenas intenciones combinadas con falta de previsión y razón. La caridad sabia puede causar satisfacción personal de quien la realiza, pero su objetivo es ayudar al otro. Hacerlo mejor, ennoblecerlo, realizarlo como ser humano.

El sentimiento personal importa muy poco comparado con la mejora real en el otro.

La caridad imprudente satisface a quien la realiza. La caridad sabia satisface a quien la recibe. Y, es desafortunado que la caridad haya sido desvirtuada en este sentido.

Si no me cree, vea la soberbia con la que los gobiernos citan números y cifras en sus programas de ayuda, con nula referencia al ennoblecimiento del que la recibe.

La caridad sabia, más aún, usa la razón. Llama a pensar en cómo realmente podemos ayudar a los otros, en cómo evitar causarles daños sin intención.

La caridad sabia arranca con buenos sentimientos, pero camina con la mente y con prudencia. No busca convertirse en motivo de orgullo de quien la realiza, persigue hacer mejor al otro. Seamos aún más claros.

La vieja historia de que es mejor enseñar a pescar que regalar pescado ilustra lo que digo que se olvida. La caridad imprudente es la que regala pescados y tiene el terrible efecto de hacer sentir orgulloso al que los regala.

Es lo que hacen los gobernantes: presumen su justicia social y su servicio a la comunidad regalando ayudas, becas, pensiones, subsidios (sin usar su dinero siquiera). La caridad sabia es la que enseña a pescar, a fabricar cañas y redes y barcos.

Las dos arrancan del mismo lugar, esa inquietud que mueve a la acción de ayudar a otros. Pero la caridad imprudente se pierde en medio de sentimientos, precipitación y soberbia. En cambio, la caridad sabia es guiada por la razón, la humildad, la consideración de los otros, pero tiene un defecto importante.

En tiempos de demasiada televisión y escasa razón, la caridad imprudente suele ser mejor recibida.

La hacen más atractiva sus sentimentalismos, sus atrevimientos y su capacidad para ser tema de discursos y campañas de relaciones públicas. Incluso gente que entiende la lección de no regalar pescado, sucumbe a la idea de hacerlo de inmediato, aprisa, sin considerar al otro.

La caridad imprudente llega a convertirse en una adicción que busca más y más la satisfacción personal incluso a pesar del daño que en otros causa esa caridad.

Si no me cree, vea la irreflexión con la que los gobiernos realizan programas sociales y cómo los presumen en sus discursos. No les importa ennoblecer a los otros, les importa dar la apariencia que el electorado quiere.

La cosa empeora por otra razón.

La persona que se ha acostumbrado a que sea el gobierno quien hace caridad, suele olvidar que él debe hacerla también. Y deja de hacerla porque razona que es el gobierno quien tiene el monopolio de la caridad. Ese ciudadano se satisface reclamando al gobierno que debe hacer algo.

Post Scriptum

La idea de Gregory Jensen en Overcoming the Merely Therapeutic: Human Excellence and the Moral Life, me sirvió de punto de partida para esta columna.

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