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Cómo Tomar Decisiones
Selección de ContraPeso.info
1 agosto 2012
Sección: EDUCACION, NEGOCIOS, Sección: AmaYi
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La explicación es de James Martin, de una idea sobre cómo tomar decisiones y que tiene su origen en escritos del siglo 16. Ideas de San Ignacio de Loyola que son tan actuales hoy como en sus tiempos.

Todo comienza con una realidad, las personas actuamos y lo hacemos dando un paso previo, el tomar una decisión. Seleccionamos una de varias alternativas disponibles. Lo hacemos usando un proceso de análisis de las opciones. Existen muchos sistemas sobre cómo tomar decisiones correctas.

Pero esos sistemas suelen colocar toda su atención en los efectos externos de la decisión tomada, no en los internos. Este es el giro que da valor a la explicación de Martin, su atención en los efectos de la decisión tomada, en el estado de la persona.

La idea aquí reportada fue encontrada en Martin, J. (2010). The Jesuit Guide to (Almost) Everything: A Spirituality for Real Life. HarperOne, pp. 306-338. Una obra muy aconsejable por su lenguaje sencillo y comprensible.

El tema es el de la toma de decisiones, la selección de una entre varias opciones de acción personal. Entrar en él, necesita primero introducir un elemento vital, el de la indiferencia. Las decisiones son mejores cuando las anima la indiferencia.

Indiferencia entendida como libertad, como objetividad, como neutralidad. Es quitarse de encima los sesgos personales, la parcialidad. Lejos de significar desinterés, esta indiferencia es equilibrio e imparcialidad. En pocas palabras, es tomar la decisión con libertad.

Con lo anterior en mente, el primer análisis provee una inteligente clasificación de decisiones, a las que llama “tiempos”.

Las decisiones en el primer tiempo son ésas en las que no hay duda sobre qué alternativa tomar. Incluso antes de enfrentar la decisión se sabe qué hacer. La decisión ha sido tomada de antemano.

Las decisiones de segundo tiempo no son ya tan sencillas. Necesitan tiempo de deliberación y requieren pensarse más que las anteriores. No existe aquí la seguridad total que se tiene en las de primer tiempo.

Hay fuerzas que mueven en sentidos opuestos. La decisión no aparece con la claridad anterior. Hay que darle tiempo.

Se requieren ya aquí análisis de las opciones, determinando diferencias entre ellas. Pensando sobre todo la que tendría el mejor efecto, que es uno de paz, tranquilidad y gozo. Por el contrario, una mala opción es la que causaría desolación, inquietud y desconsuelo.

Es aconsejable usar la imaginación pensando en escenarios: la vida propia bajo cada una de las opciones, durante un buen tiempo, para saber más sobre las que causarían tranquilidad propia u las que provocarían inquietudes.

Comienza ya a verse la gran idea de Martin al explicar este tema. La idea de las consecuencias en la persona misma, en su estado. La toma de decisiones suele estudiarse examinando efectos de las alternativas disponibles y analizando los efectos de cada una en el exterior de la persona. De lo que habla el autor es del interior de la persona.

Las decisiones de tercer tiempo son las más difíciles. En ellas existen varias alternativas y ninguna es transparente. Las opciones son buenas todas y no es sencillo seleccionar una de ellas. La complejidad de la decisión ha aumentado mucho.

Para tomar estas decisiones más difíciles que las anteriores, hay dos métodos jesuitas, que el autor explica a continuación.

Pero antes, una aclaración importante. Una decisión de este tipo es una que presenta dos o más opciones, todas buenas. Una decisión que presentara la alternativa de un acto bueno y la de un acto malo, es de primer tiempo. No se piensa siquiera. Antes de enfrentarla ya se sabe qué se debe hacer.

Las decisiones de tercer tiempo son frecuentes. Las opciones que presentan son buenas todas, pero ninguna presenta una superioridad clara. Conviene tener alguna forma de enfrentarlas. El autor presenta dos.

El primer método es uno en el que se usa la razón y propone enfrentar la decisión en pasos consecutivos. Lo primero que debe hacerse en ponerse frente a la decisión misma y sus opciones, para definirla y comprenderla. Se trata de hacerla inteligible.

A continuación se trata de definir la meta que se persigue con tal decisión. No objetivos parciales o momentáneos, sino la meta mayor, la última y más grande. Conforme más vital sea la decisión, más elevada será esa meta. Por ejemplo, para un creyente, como el autor, esa meta es complacer a Dios.

Conociendo la decisión y sabiendo la meta mayor de ella, sigue un paso de reflexión. En términos religiosos esto es igual a orar pidiendo a Dios que ilumine la decisión. Para un no creyente, quizá esto sea una etapa de reflexión pausada.

El paso siguiente es hacer una lista de las opciones que se tienen y las consecuencias buenas y malas de cada una. El mérito de hacer esto es reconocer de manera abierta que toda opción tiene desventajas, que ninguna es perfecta.

Sigue otra etapa de meditación, ahora con más conocimiento. Para Martin, es una fase de oración volviendo s solicitar a Dios ayuda, pero también un momento de uso de la razón que permita ver la opción que lleve a la decisión que más consuelo, paz y gozo produce.

Las cinco etapas anteriores parecerían indicar un resultado ya claro, la de decidir una de las varias opiniones, pero aún falta un paso más. Martin señala que debe haber una confirmación, algo que suceda y que permita revalidar la decisión tomada, la que en verdad lleve a un estado personal de paz interior y no a uno de desolación.

El segundo método es uno que necesita de más imaginación que el anterior. Son tres posibles formas de imaginar situaciones personales que están destinadas a arrojar más luz sobre la decisión a tomar.

Imaginar que un desconocido acude a nosotros en busca de consejos. Nos presenta la decisión que tiene frente a sí, que es la misma decisión nuestra, y a continuación le damos los mejores consejos de los que somos capaces.

Imaginar otra posibilidad, la de estar uno a punto de morir. Sabiendo eso, imaginar que se recuerda el momento pasado en el que se tomó la decisión que se enfrenta y preguntarnos cuál de las opciones deberíamos haber tomado.

Y, finalmente, imaginar un momento después de la muerte. Está uno frente a Dios, en el momento del Juicio Final y uno debe explicar el por qué de la decisión tomada.

Ahora es ya absolutamente claro en gran valor que lo escrito por Martin tiene. Ha puesto toda su atención en las decisiones tomadas por las personas y los efectos que ellas tienen en quien decide. Sí, las decisiones tienen efectos externos, pero la atención de Martin es en la persona misma.

Es usual que los sistemas que se recomiendan para tomar decisiones coloquen toda su atención en los efectos externos y sobre ellos valoren la calidad de la opción decidida. El mérito del autor es recordar la otra parte, los efectos en la persona que decide. Por eso distingue entre las decisiones que causan tranquilidad y paz, y las que producen inquietud y desasosiego.

Hay más en todo este proceso de discernimiento, de toma de decisiones. Debe verse el espíritu que anima a la decisión, su bondad o maldad, su salud o enfermedad, su corrección o desviación. Para el religioso, es un asunto de distinguir entre una decisión de Dios o una decisión del mundo.

Para determinar eso que está detrás de la decisión, el autor expone varios principios o aspectos que deben ser considerados.

• Aceptar que una mala decisión anterior lleva a tomar decisiones posteriores también malas, como una especie de incentivo en la misma dirección de la decisión anterior. Si ella ha sido buena, la siguiente tenderá a serlo también; y lo opuesto, incluso dando una apariencia de placer.

• Suspender el tomar decisiones en momentos de inquietud o desolación, cuando es probable que un mal espíritu se imponga y lleve a una decisión mala.

• Aprender a reconocer esas malas influencias en los momentos de la toma de decisiones. Los malos ánimos se aparecen de muy diversas maneras.

Los malos espíritus tienen la conducta propia de un niño caprichoso, que adquiere fuerza frente a la debilidad, pero se torna débil frente a la fortaleza.

También, los malos espíritus suelen comportarse como un amante falso. Uno que engaña, intranquiliza, crea dudas y quiere mantenerse en secreto.

También, las decisiones pueden estar afectadas por ánimos que se comportan como generales de un ejército. Un militar que piensa estratégicamente, reconociendo los terrenos, preparado para atacar en momentos de debilidad y en los flancos descuidados.

E, incluso, los malos ánimos pueden tomar la apariencia de benignidad y bondad, engañando a quien toma la decisión.

• Aceptar que la decisión tiene consecuencias y aspectos que no son todos placenteros. No hay una decisión ideal, en la que pueden reunirse todas las ventajas y rehuirse todas las desventajas. Una vez tomada la decisión, debe existir pleno conocimiento de aceptar sus desventajas.

Lo que ha hecho el autor es en primera apariencia algo de utilidad práctica, presentar un sistema para la toma de decisiones buenas. Un sistema tomado de los escritos de san Ignacio de Loyola y que se practica en la orden por él fundada.

Pero visto de manera más profunda es un sistema distinto al usual. Los usuales estudian las consecuencias externas de las decisiones y así determinan si fue una decisión acertada o no. El sistema explicado por Martin es desacostumbrado: pone atención en las consecuencias internas de quien toma las decisiones.

Su atención está en la persona que decide, las consecuencias internas de las decisiones y, muy notablemente, en la naturaleza humana. Incluso para quienes no son religiosos, el sistema tiene un valor extraordinario.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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