Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cristianismo Disecado
Selección de ContraPeso.info
13 diciembre 2012
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea del Rev. Robert A. Sirico. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

La idea central del escrito es mostrar al Cristianismo amputado que sufren demasiadas comunidades religiosas que en la ayuda a los pobres han olvidado al primer motivo que debe moverlas.

Una vez le preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta cómo podía resistir día tras día, año tras año cuidando a los enfermos, moribundos y desahuciados y ofrecerles tanto cuidado y cariño.

“No es difícil”, dijo. “Sucede que en cada uno de ellos veo el rostro de Cristo en uno de sus aspectos más angustioso”.

Resulta importante destacar esta dimensión cristológica de la caridad cristiana porque muchas agencias cristianas e incluso comunidades religiosas de hombres y mujeres consagradas, que originalmente fueron fundadas siguiendo esta original inspiración cristiana, parecen haber adoptado un tipo de caridad cristiana que en su núcleo más íntimo es meramente secular.

Estas comunidades religiosas, sin darse cuenta, se han dejado guiar por una especie de marco conceptual materialista, en su ayuda a los pobres.

Esos grupos harían bien en entender que las palabras de la Madre Teresa no son expresión de un mero sentimentalismo o de una actitud piadosa pasada de moda.

Ellas son el reflejo de una idea central al cristianismo, una que ha inspirado a los contingentes de misioneros que a lo largo de la historia fueron en busca de “los perdidos” —con el fin de atender sus necesidades materiales, es cierto, pero también para compartir la buena noticia de la vida eterna en Cristo.

Estos misioneros no eran simples trabajadores sociales, ellos eran los portadores de la eterna Buena Noticia.

Los misioneros llevaban la buena noticia a grupos de personas que eran vistas como algo más que un mero conjunto de necesidades insatisfechas. Estos misioneros tenían la convicción de que los pobres a los que servían poseían almas eternas mucho más valiosas que cualquiera de las posesiones más valiosas que pudieran tener los ricos.

El escritor inglés C.S. Lewis ha capturado el espíritu de la visión antropológica que guiaba la acción de estos misioneros señalando una imagen impactante: “Aparte del Santísimo Sacramento, el objeto más sagrado que se presenta a tus sentidos es tú prójimo”.

Cuando las instituciones cristianas intentan mitigar o atenuar el sentido genuino de su misión —frecuentemente como resultado de las presiones políticas—, se terminan transformando en pálidas sombras de lo que alguna vez fueron.

En efecto, frecuentemente lo que sucede es que la pasión por la Fe es reemplazada por otra pasión, de raíces más dudosas: una apasionada agenda política que intenta traer a la tierra el reino de los cielos a través de una agenda política.

Estos cristianos son capaces expresar su rechazo respecto de cualquier parte del Credo de Nicea pero no están dispuestos a aceptar bajo ningún concepto que se cuestione ni una coma de textos legislativos que supongan un recorte presupuestario del Estado de Bienestar. Para su mentalidad ello sería una auténtica herejía.

Sin duda las razones que están detrás de la secularización de las instituciones religiosas son numerosas, entre ellas, uno puede identificar la pérdida de confianza en el mensaje del Evangelio a la luz del desarrollo secular contemporáneo de las ciencias sociales.

En el imaginario popular uno ve un reflejo de esta actitud en el trabajo de Harvey Cox, The Secular City (1965), al que le siguieron otras obras que presentaban una versión deformada de la ortodoxia cristiana, que asumieron las premisas ideológicas comunes, por ejemplo, a la Teología de la Liberación o a la Teología Feminista.

Estos movimientos han puesto en tela de juicio la forma en que se ha hecho la teología durante los últimos dos mil años, introduciendo un espíritu crítico y de fuerte escepticismo respecto de la fe tradicional, que según sus adherentes debía ser corregida mediante la introducción de las categorías del análisis social marxista o las críticas feministas al presunto “patriarcado” de la Iglesia.

El elemento característico que estuvo a la base de estas tendencias era la convicción de que, de algún modo, la religión debía asumir estos cambios a fin de que pudiera seguir teniendo algo que decir a la luz de las transformaciones en la cultura contemporánea.

La decadencia de las comunidades más importantes en el seno del protestantismo se hizo evidente durante la década del ’90 —tal como ha sido documentada por Thomas Reeves en su trabajo The Empty Church.

Es una amarga ironía que hayan sido justamente las iglesias más preocupadas por estar a la moda o por ofrecer un nuevo contenido más compatible con los cánones culturales contemporáneos, las que hayan sufrido de modo más dramático la pérdida de fieles, especialmente entre los jóvenes.

Las comunidades episcopalianas, las presbiterianas y las metodistas, ampliamente conocidas por su interés por estar “a la moda” apenas han logrado retener el 50% de los niños y jóvenes cuando llegan a la edad adulta. La situación no ha mejorado en estos últimos años.

En lugar de ello, el declive se ha extendido a otras Iglesias, entre ellas, destaca la Iglesia Católica. En este caso, la asistencia regular a misa ha pasado de ser de más del 60% en 1960 a menos del 30% en la actualidad. Alrededor del 10% de los ciudadanos norteamericanos son ex-católicos.

Estas cifras son de interés no sólo para los creyentes, el declive del sentido religioso ha tenido un efecto negativo sobre toda el resto de la cultura estadounidense.

Al mismo tiempo que la mayoría de las religiosas y sacerdotes estaban abandonando el uso de sus hábitos, cuando explícitas menciones al cristianismo fueron eliminadas de varias organizaciones religiosas cristianas —en un intento por “no escandalizar a nadie”— y cuando muchos religiosos comenzaron a poner más atención en causas políticas progresistas en lugar de concentrarse en la predicación del Evangelio, con su mensaje de arrepentimiento y salvación, una decadencia cultural de envergadura se extendió por todo el país.

Esta decadencia estuvo marcada por una acentuada agresividad contra la autoridad familiar, política y religiosa, un aumento en el consumo de estupefacientes, un aumento dramático en el número de divorcios y un aumento en el número de niños nacidos fuera del matrimonio.

Lo que me parece más destacable es que esta tendencia no debería sorprender a nadie. En el corazón de una sana cultura judeocristiana se encuentra un núcleo de ideas unificadoras que sostienen e inspiran el respeto por lo divino y por las creaturas creadas a su imagen y semejanza, los seres humanos.

Si este eje central de convicciones es puesto en tela de juicio o secularizado, el contexto cultural, tarde o temprano, también se transformará.

Esta decadencia ha sido particularmente difícil para las personas más pobres de Estados Unidos. Salir y mantenerse fuera de la pobreza implica una dosis de buena fortuna, ciertamente, pero también requiere una dosis no menor de esperanza y confianza, junto con un sentido de responsabilidad, una ética del trabajo, honestidad, templanza y un amplio abanico de virtudes que potencian el desarrollo de las personas.

Esto no significa afirmar que no hay pobres que sean duros trabajadores o personas virtuosas. Por supuesto que las hay, yo he crecido en contacto con muchos de ellos.

Sin embargo, cuando las instituciones que deberían enseñar, modelar y reforzar la importancia de estas virtudes se debilitan o desaparecen, entonces, resulta más fácil caer en la pobreza y más difícil salir de ella.

Nota del Editor

Este artículo ha sido tomado del nuevo libro del Padre Robert A. Sirico, Defending the Free Market: The Moral Case for a Free Economy (Regnery, mayo 2012).

La idea de Sirico es realmente notable. La secularización ha entrado incluso dentro de organizaciones religiosas, disecándolas, volviéndolas materiales, quitando de ellas el elemento más importante de sus labores, llevar el mensaje evangélico. El Evangelio ha sido puesto de lado, sustituido por agendas políticas establecidas en leyes que son los nuevos dogmas.

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