Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cuestión de Sortilegios
Eduardo García Gaspar
3 febrero 2012
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Todo empezó con un recuerdo de hace muchos años. Encontré a una persona, un ejecutivo que regresaba de Cuba.

Había allí hablado de realizar inversiones con gente del gobierno. Y vino lo sorprendente.

Me habló de Fidel Castro. “Es un visionario”, me dijo, “alguien admirable que ve más que el resto de nosotros”.

Me impresionó escucharlo decir eso. Como también me tomó de sorpresa otra persona que me narró un encuentro con Luis Echeverría, cuando era presidente de México.

No recuerdo sus palabras exactas, pero de él se expresó con admiración y reverencia.

Otra sorpresa del mismo género. También fui víctima de lo mismo hace ya tiempo, cuando dos o tres veces traté con uno de los personajes legendarios de la política mexicana.

Después de cada reunión, debo aceptarlo, salía yo con una opinión en extremo favorable del hombre. Verlo cara a cara, escuchar sus intervenciones en las reuniones, hasta intercambiar una broma personal, me provocaba admiración y reverencia.

Terminaba uno por sentir simpatía y si acaso hubiera habido votaciones en ese momento, mi voto habría ido con él.

En los tres casos hay un común denominador muy claro: el trato personal, siquiera breve y momentáneo, con uno de esos personajes de la política, tiene un efecto importante en la persona común. Quizá podría incluso llamársele un embrujo siquiera momentáneo.

El mero contacto con esa persona genera admiración y hasta devoción. Hace olvidar lo que la persona es para fijarse en la impresión que nos deja.

Es un fenómeno curioso. Posiblemente sea similar al de conocer a una celebridad artística. Estrechar la mano a un cantante muy popular, seguro nos lleva a comprar varios de sus discos y, por supuesto, tratar de persuadir a los amigos sobre la gran persona que en realidad es, no importa cuál sea la realidad.

El hecho es que ver cara a cara a un gobernante, en una situación cercana, produce un encantamiento no muy diferente a los narrados en los cuentos de hadas y brujas.

Un político de carrera, viejo lobo, sabe esto y cultiva su cualidad. Conoce los trucos para hechizar a la gente, para encantarla y persuadirla de la grandeza de su persona.

No hay argumentos sólidos, no hay análisis de pensamiento, no hay examen de posiciones, no hay consideración de opiniones. Todo es una impresión abrumadora, un deslumbramiento inusual, que logra ese embrujo.

La persona afectada termina fascinada sin gran motivo, pero con un convencimiento a prueba de fuego. El sortilegio funciona y funciona bien.

Es un aspecto poco examinado del político, visto no como gobernante, sino como mago con un libro secreto para realizar encantamientos, para hacer de las personas sus sirvientes. No es exagerado de acuerdo con mi experiencia.

Lo he visto y me han contado instancias similares. En todas esas historias, el común denominador es la oportunidad de uno de esos lobos políticos en trato directo con una o más personas, en una situación que parece de confianza e intimidad.

El político da la impresión de estarse abriendo cándidamente, de haber dejado atrás su cara pública y estar ahora entre amigos con los que se puede hablar sin tapujos. Así comienza el encantamiento.

A partir de allí, el político habla y quienes están junto a él le creen todo, absolutamente todo. Comienzan a verlo con admiración agradeciendo su confianza. Con una sutileza de maestro, el político dice lo que los otros quieren oír.

A partir de este punto, la verdad no le importa al político. A los pocos segundos tampoco les importa a quienes le escuchan. Han caído en su red y, sin necesidad de darles órdenes, las personas se convierten en sus promotores.

Si en el futuro las declaraciones a los medios del político contradicen lo que les dijo en privado, a ellos no les importa. Pensarán que es sólo una postura pública, que a ellos les dijo lo que en verdad piensa. Sus neuronas han sido anuladas. No hay dato ni evidencia que les convenza de lo contrario, su admiración por el político es incondicional.

Todo esto bien vale una segunda opinión para conocer el por qué de conductas inexplicables de personas repentínamente convertidas en fans de algunos políticos. Todo lo que les ha sucedido es eso, haber estado en contacto directo con alguno de ellos, y caído en las garras del hechicero.

Post Scriptum

Desde mi experiencia con ese personaje, que prefiero no nombrar, decidí que debía evitar en lo posible el tratar directamente con gobernantes hasta donde me fuera posible. Que para conocerlos lo mejor que podía hacer era leer sus escritos propios y así conocerlos. La manera de evitar su hechicería.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Electorado, donde se examinan conductas de votantes y opinión pública.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.



1 comentario en “Cuestión de Sortilegios”
  1. Jesus Dijo:

    Hay una buena dosis de razón en esta opinión, y es que es increíble la forma en que uno puede caer fácilmente cautivado por la impresión de las personas dedicadas al espectáculo, sea político este o artístico. He tenido la oportunidad varias veces de visitar Cuba, pero en congruencia con mis principios, no lo haré hasta que exista un verdadero cambio en el trato hacia su gente.
    En otra ocasión me encontraba en España, en Barcelona para ser mas precisos, ahí le dedican un día completo a la venta de libros con la respectiva firma de los autores, había leído uno de los primeros libros de Coelho, “El Alquimista”, y en esa ocasión presentaba su nuevo libro, “Ser como el Rio que Fluye”, y me presenté precisamente con el afán de ser “embrujado” con ese encantamiento que tienen las personalidades que han alcanzado esos niveles de éxito. Debo decir que a pesar de la admiración que sentía y que se confirmo al hablar con él, no pasó a convertirse en reverencia, solo constatar que existe una congruencia entre su discurso “escrito” y su desempeño personal. Entonces bien se dice, cuando no hay una congruencia entre la persona y su desempeño como tal, se debe de recurrir a este tipo de argucias para seguir vendiendo sus “espejitos”.





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