Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Defensa del Escepticismo
Eduardo García Gaspar
15 marzo 2012
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una de las posturas más sanas que pueden tenerse. Un buen hábito intelectual.

Me refiero al escepticismo.

Una costumbre especialmente valiosa en tiempos electorales.

De lo que se trata, al final de cuentas es de dudar, dudar sanamente. Me explico.

Es común confundir al escéptico con un tipo que niega todo lo que escucha. Su posición es negativa y rechaza, por sistema, lo que sea que otros digan.

Eso no es escepticismo, el que simplemente duda con una actitud positiva, la de querer saber más.

Es una variante dura de la curiosidad.

Un gran resumen del buen escepticismo es eso de ser veloces para hacer preguntas y lentos para aceptar respuestas.

Por ejemplo, escucha usted que un candidato a presidente, como en las elecciones pasadas y en éstas, dice que creará millones de empleos. No es una mala meta. Pero, el buen escéptico de inmediato interrogará sobre lo obvio, sobre la manera en la que se crearán.

No es negar que se crearán esos empleos. Después de todo tenemos buena idea de cómo hacerlo. Todo lo que se quiere sabe es más sobre el modo que el candidato cree que puede hacerlo. Eso es todo.

Y, debo confesarlo, es una de las actitudes que más molestan a la mayoría de las personas. Nada tan fastidioso como enfrentar a un escéptico.

El clásico ejemplo del escéptico, que recuerdo, es el de Sócrates. Un tipo que se pasaba su tiempo preguntando cosas a la gente, interrogándolas sobre lo que le decían. Un real engorro tener que responder a un tipo que quiere saber más y que duda sobre lo que se le dice. Es la curiosidad llevada al extremo.

Recuerdo un caso ilustrativo de hace años. Una cierta persona había dicho que nada de lo que sabemos puede ser en realidad cierto. Le comenté, por mera diversión, que si lo que decía era cierto, entonces lo que decía era falso.

Su afirmación pretendía ser ser cierta, pero al mismo tiempo negaba que hubiera conocimiento cierto. Sus respuestas no las puedo repetir en esta columna. Basta decir que sufrí un gran ataque maternal.

Un buen escéptico hace preguntas profundas, que ponen a pensar a la otra persona. Y eso es bueno, pues añade conocimiento.

La mejor forma de no avanzar en lo que sabemos es dejar de hacer preguntas, tener una cohorte de aduladores que a todo lo que dice su amo dicen que sí. Me lleva de nuevo esto a las elecciones en México.

Tome usted a un candidato cualquiera y que por todas partes presume de la maravilla que sería el país en caso de que él fuese el elegido.

A su alrededor flota una cohorte de aduladores que no se atreverán a cuestionarlo jamás. Lo que diga su candidato es palabra revelada y divina. Ahora, imagine que usted, que es un escéptico, llega a hacer preguntas sobre las palabras del candidato.

Usted será visto de inmediato como un enemigo del candidato. Todo por hacer preguntas sobre lo que el candidato propone. Si él dice que reducirá los precios de las gasolinas, usted preguntará, por ejemplo, cómo se financiará la diferencia de precios.

Es sólo curiosidad, pero será vista como un ataque. Es el riesgo de ser escéptico, y es al final de cuentas, un buen riesgo.

Y eso que no se trata de un escepticismo radical, sino de uno en versión ligera, la de ser curioso, la de querer respuestas a dudas razonables. Es el intentar usar la razón y tratar de examinar lo que dicen los candidatos, lo que es importante.

Después de todo, alguno de ellos puede llegar a ser presidente y hacernos la vida imposible. Entramos así en un terreno lamentable.

El campo del marketing político. Es la aplicación de una serie de técnicas e instrumentos que intentan persuadir a la gente de votar por un candidato. No está mal en sí mismo.

El problema surge cuando ese marketing impide la curiosidad, frena las preguntas, impide las dudas, ahoga la petición de pruebas. Esto sí es malo en sí mismo, muy malo.

No creo que haya nada tan valioso en tiempos electorales que ese escepticismo sano, el curioso y preguntón. No importa qué le digan a usted que es un enemigo de tal o cual candidato.

Todo con tal de evitar la vergüenza de ser uno de esos cándidos y ingenuos que creen que cierto candidato es lo mejor que le puede pasar al país. En verdad, pocas situaciones son tan penosas como las del incondicional que apoya a tal o cual candidato, diga lo que diga.

Post Scriptum

Una conversación sobre el tema, hace poco, llevó a una persona a preguntarme cómo era posible que siendo un escéptico creyera en Dios. Lo lógico, me dijo, sería el no creer en Dios si se es escéptico. Le repliqué que al contrario, que por ser escéptico en serio, también tenía que dudar de mis dudas y buscar saber más.

Un buen escéptico, si es congruente, duda también de sus propias dudas.

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