Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Diálogo Como Solución
Eduardo García Gaspar
7 diciembre 2012
Sección: DIPLOMACIA, Sección: Una Segunda Opinión
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La persona habló de varios conflictos. El de Siria, el de Palestina e Israel.

Los de quienes protestan contra la presidencia de Peña Nieto, o que quieren la independencia de Cataluña y muchos otros.

Lo interesante no fue la enumeración de tanto conflicto, muchos de pronóstico serio, como en Egipto.

O menores, como el del árbol de Navidad en Bruselas.

Lo interesante fue la sugerencia clara de un remedio a todas o muchas de esas luchas, desacuerdos, o como quiera usted llamarles. La persona enfatizó con fuerza que se solucionarían por medio del diálogo entre las partes.

Si ellas se sentaran en una mesa de diálogo, dijo, las desavenencias desaparecerían. La idea que está detrás de esto es una hipótesis ocasionalmente mencionada.

Se da por supuesto que un mayor conocimiento mutuo de las partes antagónicas da como resultado un intercambio de opiniones que, como resultado final, lleva a una solución.

Por ejemplo, poner en una mesa frente a frente a Mohamed Morsi, el presidente egipcio, y sus opositores, bastaría para evitar las manifestaciones callejeras, dejando contentos a todos.

Este tipo de propuesta es sugerida una y otra vez, con buenas intenciones sin duda. Sin embargo, me parece, parte de una idea aventurada, la de que el entendimiento mutuo de las posiciones es suficiente como para lograr acuerdos que lleven a terminar el conflicto.

No lo creo, y puede ser exactamente lo contrario: entender la posición del otro puede servir para continuar el conflicto.

Una forma ilustrativa de entender esto es la de entender que, por ejemplo, la Pax Romana no fue precisamente el resultado de “intensas sesiones de terapia” entre quienes terminaron abrazándose al final sin tener ya diferencias (Goldberg, J. (2012). The Tyranny of Cliches: How Liberals Cheat in the War of Ideas. Sentinel HC.).

Incluso es posible que quienes “mejor se entienden entre sí tengan los peores conflictos”.

En un ejemplo extremo: el diálogo no pareció dar resultados cuando Chamberlain trató de calmar a Hitler. Conocerse mutuamente, explicarse sus posiciones e ideas, no necesariamente es un mecanismo que lleve a la suspensión de animosidades.

Por eso es un tanto apresurado el suponer que el diálogo con mutuo entendimiento producirá resultados pacíficos.

En nuestro mundo de mucha televisión y poco raciocinio, se enseña esto llamándole “diálogo democrático”. La idea central es el acercamiento de las partes y la oportunidad de cada una para justificarse, para que al final los dos se entiendan mutuamente y el asunto se arregle.

No es precisamente realista esta expectativa. Sucede sí, pero es más la excepción que la regla.

Un ejemplo reciente, en México. Las elecciones presidenciales fueron sometidas a voto, como sucede en una democracia. Participar en ellas implica la aceptación de las reglas del juego.

Sin embargo, uno de los perdedores decidió no seguir aceptando las reglas. No creo que diálogo alguno con él pueda lograr un arreglo. Esta situación nos lleva al asunto de fondo.

Existen ciertas reglas, no siempre claras y obvias, pero sí conocidas en principio. Si las partes se someten a ellas, las probabilidades de un arreglo son mayores. Esto sucede o debe suceder en las discusiones entre legisladores de un congreso diverso.

Pero cuando las reglas no son reconocidas, las probabilidades de solución son muy lejanas. Por ejemplo, quien viola la regla de no ser violento, como recién sucedió en la capital mexicana, será difícil que acepte sentarse a conversar.

Porque sentarse a dialogar es una de las reglas y si otras de ellas no se respetan, no será probable que se encuentre una solución de mutuo acuerdo. Cuando mucho podrá llegarse a un muy débil acuerdo de suspensión de violencia.

En fin, mi punto queda claro en el sentido de no considerar al diálogo como la solución infalible de todo conflicto. No es realista sugerir eso como gran remedio universal.

Podría ser una probable solución cuando las partes respetan ciertas reglas en las que concuerdan, especialmente en el no ser el primero que use la violencia ni el engaño. Es decir, entre las dos partes debe existir algo como un “desacuerdo leal” que abra la oportunidad de llegar a compromisos negociados.

Y eso no siempre sucede. El mundo, en otras palabras, no es perfecto.

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