Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dominio y Control
Leonardo Girondella Mora
18 septiembre 2012
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Se ha dicho por parte de creyentes —y de no creyentes también— que los Diez Mandamientos contenidos en la Biblia son un gran resumen de preceptos morales que guían a la conducta humana.

Pero también ha sido dicho que ellos son un exceso que limita a la libertad humana sin sentido —normas sustentadas en dogmas que son inaceptables en la modernidad.

La discusión presenta una oportunidad valiosa para examinar el contenido de esos mandamientos y tener un acercamiento mayor —un mejor conocimiento de su esencia y naturaleza.

Ese es mi propósito, entrar al significado de los Diez Mandamientos —lo que hago en orden inverso, comenzando en esta columna con los dos últimos. Ambos tienen similitudes interesantes. En otras columnas intentaré explorar el resto de ellos.

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Esos últimos dos mandamientos dicen lo siguiente:

10. No codiciarás los bienes ajenos.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Ambos tienen un objetivo común, que se dirige a la misma arena —van al interior de la persona, a su fuero más íntimo, al origen de sus intenciones antes de que se conviertan en actos visibles.

Son llamados a la corrección de la voluntad —con un claro propósito de alcanzar limpieza interna, pureza de propósitos. Con esa pureza interior pueden corregirse y evitarse acciones posteriores que sean malas.

Esto hace a esos mandamientos valiosos en dos aspectos. Primero, resultan una especie de condensación del resto de ellos. Segundo, resultan también lógicos y razonables en el sentido de acudir al germen mismo de las acciones humanas, el punto en el que nacen las decisiones de acciones futuras.

Esto tiene congruencia absoluta con el pensamiento cristiano que concibe a Dios como capaz de ver el interior mismo de la persona —y persuadirle que permanezca limpio en sus intenciones y deseos, antes de que se conviertan en actos. Un interior pulcro, más aún, llevará a realizar actos buenos en sí mismos.

Y también, tiene congruencia con una idea meramente laica: antes de ser acciones, dentro de la persona existe un proceso de pensamiento y decisión —proceso al que estos dos mandamientos se dirigen.

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En específico, el décimo mandamiento establece que no deben codiciarse los bienes de otros —lo que al mismo tiene tiene dos facetas, la de los actos a los que se opone y, por inferencia los actos que considera buenos.

Este mandamiento se mueve en el campo de lo material y físico —de los bienes, riquezas, objetos, que quiere mantener en su justa perspectiva. Deben estas cosas ser dominadas por la persona como su dueña y evitar que sean las cosas las que se adueñen de las personas.

Es clara su oposición a la codicia —el desear lo ajeno, el envidiar lo de otros. Va contra actos de venganza y, por extensión, se opone al materialismo, es decir, la dependencia personal en bienes físicos. Va contra la alegría que puede causar el sufrimiento ajeno.

Del otro lado, favorece la honestidad y la decencia. Llama a colocar a lo material en un plano correcto, inferior a la persona —con lo que exalta a lo espiritual y más elevado. Fomenta virtudes de desprendimiento y caridad.

Desde el interior mismo de la persona, este mandamiento rechaza la contaminación que producen las malas intenciones, los pensamientos que llevan a actos reprobables en los otros mandamientos.

No veo posibilidad de poder argumentar en contra de lo que establece este mandamiento.

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Es específico, el noveno mandamiento establece lo indeseable de pensamientos, intensiones, ansias y pasiones que son “impuros” —un calificativo que se explica y define en su significado.

Es clara su oposición a lo que es llamado “concupiscencia de la carne” y que se refiera a pasiones de los sentidos, apetitos sexuales —en general a los placeres que vienen de lo físico y material.

Del otro lado, favorece la pureza interna manifestada en modestia, discreción, simplicidad, reserva y respeto hacia los demás. Lo hace con fuertes connotaciones de inocencia, pudor y castidad.

Desde el interior mismo de la persona, el noveno mandamiento quiere limpiar el interior de la persona de pasiones desbordadas —especialmente las dependencias de placeres de los sentidos. Reprueba, por tanto, por ejemplo, actos de un comer o beber desmedidos.

Igualmente, reprueba los placeres sexuales fuera del control personal —un asunto en el que se enfrenta a una mentalidad contraria, la de la liberación sexual, que considera al sexo como un placer a ejercer con pocas limitaciones o ninguna.

La esencia del noveno puede ser entendida a la luz del materialismo indeseable que trata el décimo —considera reprensible el tratar al propio cuerpo y al de otros como objetos materiales que satisfacen placeres físicos. Las personas son mucho más que objetos de placer.

Tampoco veo posibilidad de argumentar en contra de lo que dice este mandamiento que llama al control personal como el anterior.

Sin embargo, debo agregar una breve observación sobre una mentalidad cuyo origen inmediato son los años 60 y la revolución sexual —una manera de pensar que desprecia y se burla de palabras como castidad, modestia y pudor, es decir, se mofa de la visión humana que valora ser dueño de la propia voluntad y ser dueño de sí mismo.

La revolución sexual, en última instancia, presupone a un ser humano bajo, vulgar, sin capacidades ni poder —alguien que no tiene más ruta que el dejarse llevar por sus emociones olvidando ambiciones elevadas.

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Estos dos mandamientos recuerdan la teoría del vidrio roto: cuidar pequeños detalles, como reparar un vidrio roto en un edificio, hace visible un orden urbano y frena en su primera escala el avance de conductas criminales futuras.

En estos dos mandamientos se intenta lo mismo: incluso los pequeños detalles que pueden parecer exagerados y fuera de proporción, tienen importancia —mucha más de la que suele pensarse pues son el primer escalón de posibles actos futuros indebidos.

Me parece claro que poseen una alta visión del ser humano al que le mandan tener control sobre sí mismo —ser libre y autónomo, dueño de su voluntad. Aunque, por supuesto, reconoce la posibilidad de perder el control propio supone que es posible enmendar y corregir.

El lector juzgará por sí mismo —de mi parte, no tengo duda en afiliarme a la idea de un ser humano que tiene dominio sobre sus ánimos y acciones. Es una visión más alta y elevada que la opuesta.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Virtudes y Vicios. Las columnas que tratan el tema concreto están en ContraPeso.info: Diez Mandamientos.

Me parece fascinante lo escrito por Girondella cuando asocia a esos dos mandamiento bajo la idea del control personal, lo que incluye tanto al favorecer la honestidad y evitar la codicia, como al controlar los instintos y pasiones, sea el exceso al comer, o el sucumbir al sexo incontrolado.

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