Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dos Hermanos, un Campesino
Eduardo García Gaspar
12 julio 2012
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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La historia es la de un par de hermanos que habían pasado toda su vida en la ciudad.

Nada, absolutamente nada sabían del campo, pero tenían, los dos, títulos universitarios.

Los dos jóvenes, por esa razón, decidieron un día satisfacer esa curiosidad.

Irían al campo a ver cómo se vivía allí.

Por fin, un día salieron de la ciudad y se dirigieron al campo.

Caminando, el segundo día, descubrieron a un campesino que araba la tierra. Lo observaron durante largas horas.

Desconcertado, uno de ellos dijo, “No entiendo qué hace, ha caminado todo el día de ida y venida abriendo la tierra en surcos. Destruyó todo el bonito y plano prado en el que podría haber crecido césped”. El otro hermano estuvo de acuerdo.

Al día siguiente, fueron la mismo lugar desde el que volvieron a espiar al campesino. Lo vieron durante muchas horas. “¿Qué hace ahora ese tonto?, se maravilló uno.

Dijo el otro, “Es un tipo que merece estar en el manicomio. Ha tomado trigo que se veía bueno y lo ha arrojado a esos surcos como si se tratara de basura”.

“Esto es demasiado para mí”, dijo uno de los hermanos, “me voy de regreso a la ciudad”. El otro estuvo de acuerdo al ver tanta locura en el campo y regresaron ambos.

Pero la curiosidad les picó de nuevo y, semanas después, decidieron regresar para ver que había sucedido con el campesino loco.

Y eso hicieron. Desde el mismo lugar, vieron al campesino que ahora estaba descansando y viendo lo que estaba sucediendo en el campo. “¿Qué serán esas cosas verdes?”, preguntó uno de ellos.

Sin saberlo bien, los dos pensaron que se trataba de un nuevo parque como los que ellos tenían en la ciudad. “Seguramente pondrán algunos juegos y la gente vendrá a pasear”, concluyeron.

Regresaron a la ciudad y pasó más tiempo. Un cierto día, pensaron que sería bueno ir a pasear al parque que habían descubierto en el campo y eso hicieron. Volvieron al mismo lugar y desde allí se maravillaron ante lo que veían, un terreno cubierto de cosas altas y amarillas o doradas.

No estaba mal, se dijeron, quizá se tratara de un nuevo estilo de jardín.

Pero luego sucedió algo que casi los hizo gritar. “¿Qué hace ese idiota ahora cortando lo que tanto trabajo le costó producir?”.

El otro se unió a la sorpresa, “Ahora sabemos que está loco. ¡Mira que cortar esas plantas con esa cosa que tiene en la mano!”. Ya no pudieron soportar el espectáculo y decidieron regresar a la ciudad.

Fue así como a todas sus amistades, esos hermanos contaron su aventura en el campo. “Están locos los campesinos, son unos trastornados. Hacen cosas inexplicables. No se puede vivir así. No nos explicamos las cosas tan disparatadas que hacen”. Y muchos en la ciudad les creyeron.

La historia de los dos hermanos y sus visitas al campo, según he leído, es de origen judío. Pretende ilustrar la fe que debe tenerse en Dios.

Porque, al año siguiente, uno de los hermanos regresó al mismo campo y pudo ver lo que el campesino hacía con esas plantas que había cortado. Vio cómo separaban al grano y cómo lo molían y cómo se convertía en harina y cómo con ella se hacía pan y también otras delicias.

Viendo sólo unas partes del mundo nos parecen ellas que no tienen sentido. Peor aún, nos parecen locuras inexplicables que no se acomodan a nuestras ideas. Es sólo cuando se intuye el todo, sin prejuicios, que se comprende la fe, esa confianza en que las cosas que esperamos sean verdaderas.

Algún sentido tenía que tener todo eso que hacía el campesino a pesar de no entenderlo en su totalidad.

Pero la historia también puede usarse para ilustrar los casos en los que algunos no entienden bien la realidad.

Tome usted al político que promete gastar y gastar para cumplir promesas y más promesas. Se comporta como esos hermanos que sólo veían una parte. Sin ver el todo, será difícil explicarle a ese político que hay otro componente, el de los ingresos y que no puede gastarse lo que no se tiene.

O tome usted al que viendo la venta de un bien, sólo ve el ingreso del empresario creyendo que sólo él se beneficia, sin darse cuenta de que ese bien representa un beneficio también al que lo ha comprado.

O lo que piensa el que cree que las importaciones hacen salir dinero del país, sin darse cuenta que también ellas han puesto satisfactores en manos de los nacionales.

Post Scriptum

La historia la encontré en Bennett, W. J. (1993). The Book of Virtues: A Treasury of Great Moral Stories (1 ed.). Simon & Schuster. Le hice algunos cambio a ese original.

Claramente es una historia con intenciones religiosas, específicamente la de tener fe: aceptar que hay cosas que en apariencia no tienen sentido esperando que ellas lo tengan. Eso eso de “los caminos de Dios no son los caminos de los hombres”.

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